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La
embriaguez al volante: un acto criminal
Por Fernando Rey
Valderrama* www.semana.com
Parecieran inútiles y perdidos los esfuerzos para atajar
la irresponsabilidad de quienes se
empeñan
en beber alcohol antes de subirse a manejar un carro.
El Fondo de Prevención
Vial Nacional, entre las importantes campañas que buscan
reducir sustancialmente la accidentalidad en Colombia,
adelanta actualmente una muy importante: dictar
seminarios a distintas Universidades con experiencias,
conferencias y estadísticas sobre las varias causas que
originan de la accidentalidad: deficientes diseños y
malas construcciones viales, pésima señalización, el
efecto conductor, pobre mantenimiento de los vehículos y
el alcoholismo, etc.
A los seminarios son
invitados expertos de talla internacional y nacional en
la prevención de accidentes; es el escenario propicio
donde estudiantes y profesionales analizan las causas,
los comportamientos y los efectos desastrosos de la
accidentalidad, pandemia que en Colombia dejó el año
pasado 5.000 muertos e innumerables heridos y
discapacitados.
Son eventos que tienen
como propósito inculcar en los estudiantes el concepto
de la seguridad en las vías y la responsabilidad en la
conducción de los vehículos, además de servir de efecto
multiplicador en una sociedad que cada vez se muestra
más indiferente ante la cantidad de muertos que quedan
tendidos en los pavimentos por culpa de la estupidez de
conductores dipsomaníacos.
Parecieran
inútiles y perdidos los esfuerzos para atajar la
irresponsabilidad de quienes se empeñan en beber alcohol
antes de subirse a manejar un carro. Hay historias que
superan el absurdo como la de aquella muchacha tan ebria
que rodó con alguien más al canal de aguas de la Calle
127 en Bogotá dentro del vehículo e intentó reanudar su
marcha cuando la despertaron en medio de la noche y de
botellas de trago. O aquel chofer de una buseta que,
borracho, se llevó por delante un auto con tres personas
que murieron al instante y por poco no rescatan los
cadáveres de entre las latas. Ejemplos como estos, que a
diario reportan todas las noticias, nos muestran que en
Bogotá desgraciadamente hay un fallecimiento diario por
accidente con orígenes en el consumo de alcohol.
La doctora María del
Carmen del Río Gracia, investigadora del Departamento de
Farmacología y Terapéutica de la Facultad de Medicina de
la Universidad de Valladolid, en una reciente
investigación demuestra que son tan desastrosos los
efectos del alcohol en el cerebro que vale la pena
citarlos: “produce una depresión no selectiva del
sistema nervioso central, deteriora la función
psicomotora, modifica el comportamiento de la persona,
la ubicación y la capacidad para seguir objetos
visualmente se deteriora, se reduce y se altera la
visión periférica y se retrasa la recuperación de la
visión después de un deslumbramiento”.
El alcohol produce un
efecto de hipervaloración y seguridad que, sumado al
deterioro de las funciones descritas, hace que el chofer
no sea consciente y origine mayores riesgos de una
tragedia; además el alcohol puede alterar la
personalidad y bajo sus efectos presentarse reacciones
de euforia, agresividad y conductas temerarias como la
alta velocidad, entre otras.
La ingesta de trago ataca
la capacidad del individuo a reaccionar a determinadas
situaciones y, como lo sostiene la investigadora, “el
alcohol produce desastrosos efectos sobre la
coordinación de ambas manos, sobre la atención y la
resistencia a la monotonía.” El problema es además grave
porque, una vez pasadas las primeras horas de la
embriaguez, los efectos continúan y en el enguayabado
persisten los problemas psicosomáticos del ebrio.
Por todo lo descrito, da
grima, pesar y vergüenza leer las razones que adujeron
algunos parlamentarios, quienes ahogaron un proyecto de
Ley que incrementaba drásticamente las penas a aquellos
matones dipsomaníacos al volante, con razones baladíes y
faltas de sindéresis; he aquí algunas perlas:
“En ese tema en Colombia
hay un exceso de legislación y que penalizar a quien
está en estado de embriaguez me parece extremo". (¿??)
"Nunca he creído que
aumentar penas aisladas sea una política adecuada en
materia criminal y por ello me opongo al proyecto. Es
mejor esperar que los estudiosos de esa política traigan
recomendaciones al Congreso”.
“La iniciativa estaba bien
intencionada, pero hay que madurarla y que nuevos tipos
penales no arreglan el problema de los conductores
ebrios.”
Una saludable medicina
para tan despistados legisladores, es recomendarles la
lectura juiciosa de las normas que prevén los Estados
Unidos o Europa para los causantes de estas terribles
tragedias. Aunque allí también se tienen esas excusas
propias de nuestra idiosincrasia como: “es que voy de
afán”, “es que fue solo traguito”, “es que usted no sabe
quién soy yo”, argumentos para evadir el comparendo
según lo relata el periodista Pirry, son el preámbulo de
muchas de las muertes violentas en las carreteras y en
las calles de nuestras ciudades.
Si alguien es enfermo por
el trago e incapaz de dejar de beber así tenga que
conducir, haga un inmenso sacrificio y favor a quienes
aún estamos vivos: deje el carro en casa o entregue las
llaves; recuerde que una actitud irresponsable no tiene
por qué causar heridas o discapacidades de por vida o
matar a inocentes personas. No sea el causante de tanto
dolor ajeno, conténtese con saber que con su actitud
también contribuye a un sepelio: el suyo, como víctima
segura de una imparable cirrosis.