
Yo estuve...
"En medio de la tragedia
invernal... y fui madre"
Por
Manuel Dueñas / Especial para El Espectador
Dayanis Domínguez, damnificada de manatí, atlántico, que
dio a luz pocas horas después de dejar su pueblo
inundado.
Nosotros no lo
imaginábamos. Pensábamos que el agua iba a pasar bajita,
rasita: que nunca iba a llegar al
techo
de la casa. Que iba a ser como la inundación del 84,
cuando (como me contaron mis abuelos) la corriente
apenas llegó a las calles. Pero estábamos equivocados.
El agua entró, y entró tal vez para quedarse. Y mi
familia y yo tuvimos que salir de Manatí, nuestro pueblo
al sur del Atlántico, con lo poco que pudimos coger.
Y yo estaba
embarazada: embarazada y a punto de parir.
La tarde de ese domingo buscábamos un lugar para
quedarnos. Por mi condición, no podía seguir en el
pueblo, pues con las aguas, me dijeron, venían las
enfermedades y las epidemias. Gracias a Dios, la familia
Villalba, que es de Sabanalarga y conocía a un tío
político, me acogió. Llegué por la noche y ya en la
madrugada tenía dolores de parto. Fui de urgencias a la
Clínica San Rafael y allí, en medio de la tragedia y
después de muchas horas, tuve a
Moisés,
mi hijo.
Allí también conocí a Patricia, la hija de Antonio
Cervantes, un periodista del pueblo que contó mi
historia. Gracias a él llegaron los medios, que me
hicieron muchas entrevistas, además de darme varias
ayudas. Mientras tanto, mi esposo volvió en su moto a
Manatí, a trabajar y a ayudar a sacar el agua del
pueblo. A hacer trincheras. Aunque no pudo hacer nada
más.
El niño me dio nueva vida y esperanza para seguir
adelante. Nunca en mi vida (tengo 20 años) había visto
algo como eso. Sólo en la televisión. Pero vivir la
inundación en carne propia fue impresionante. Y Moisés
fue una voz de aliento para vivir, para levantarme. A
pesar de los sentimientos encontrados (la felicidad por
tener mi bebé aquí y la tristeza por dejarlo casi todo),
él es una gran razón para luchar. Aunque a veces medito
y pienso y nunca imaginé estar aquí con él ni conocer a
una amiga como Tatiana, la hija de los Villalba (a
quien, por cierto, algún día tendré que llevar a Manatí,
un pueblo que ella inexplicablemente no conoce).
Esa familia, no sobra decirlo, me acogió con mucho
gusto. Y estoy muy agradecida con ellos. Los gestos
siempre fueron muy valiosos. Y hoy Tatiana, por ejemplo,
es casi una tía de Moisés. De alguna manera, esta
tragedia ha sido una forma de encontrar nuevas y bellas
personas que han estado ahí en los momentos más duros
sin hacer muchas preguntas, casi como si nos
conociéramos de toda una vida.
Y eso me hace sentir esperanza por el mañana. Y creer en
Dios, que todo lo puede. Tengo fe en que nuestro futuro
(el mío, el de mi bebé, el de mi esposo y el de todos
los míos) va a ser mejor. Además de eso, tengo la
convicción de que algún día volveré al pueblo, aunque
parezca difícil. Yo hubiera preferido que mi bebé
naciera en Manatí. Pero todo esto nunca pasó por mi
cabeza. Nunca esperamos esto.
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