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Algunos son pequeños campos de batalla
Drama en los
albergues
Por: Manuel Dueñas
Foto en Manatí www.elespectadoe.com.co
En 89 refugios,
turnándose por familias
el
uso del baño y la cocina, sobreviven 60 mil víctimas del
invierno en Atlántico. Crónica
En
principio, un albergue es una frase de Tolstoi (“todas
las familias dichosas se parecen entre sí, del mismo
modo que todas las desgraciadas tienen rasgos peculiares
comunes”) y una suma de circunstancias. Malas noticias.
Gente que lo perdió todo (o casi todo). Gente que, como
puede, intenta construir una cotidianidad, los retazos
fragmentados de una realidad pasada. Un albergue —los
colegios que la Gobernación del Atlántico dispuso para
que los damnificados por
el
último invierno pudieran vivir— es
el
reverso de la tragedia. La desesperanza (y la lucha) de
la vida diaria.
El
Instituto
Francisco de
Paula
Santander,
en
Sabanalarga
(Atlántico),
es exactamente eso. Y tal vez algo más: niños que juegan
y se divierten, y que corresponden a casi la mitad de la
población de este albergue. “Ellos no tienen tragedia”,
dice Orticia Polo, damnificada de Carreto y cocinera
comunal. La mirada de Polo es triste, cansada,
nostálgica. Contrasta con la algarabía de los niños que
juegan dominó. Que no tienen tragedia. Mientras explica
que acá se come poco, apenas arroz y huevos, y de vez en
cuando alguna otra cosa, y le dice a una trabajadora
social que necesitan más jabones.
El
gesto perdido de la señora Polo es su resignación. Las
ganas de llorar, aunque no haya ya fuerza para hacerlo.
Hay, en todo del
departamento, 89 albergues. Mujeres y hombres (60 mil,
estima la Gobernación) que sí tienen tragedia. En
general, funcionan con reglas básicas (horarios y turnos
por familia para usar baño y cocina) y son un ejemplo de
tolerancia y convivencia. Aunque son también los lugares
a los que
el
agua no llega y en los que la gente está a salvo. Aun
así se convierten, como en
el
caso de un albergue en Ponedera, en pequeños campos de
batalla y confrontación.
En
Sabanalarga,
en
el
albergue del Bachillerato Masculino, la vida está hecha
de pequeños eufemismos. Un cuarto es, en realidad, una
casa. La casa 20. En esa ficción, la puerta sirve para
anunciar
el
nombre de los habitantes. “Francia Nájera. Porfirio
Reales. Ricardo Reales”. A la clásica. Al frente de esa
casa —de esa puerta—, un hombre pule su barba con una
cuchilla Minora frente a un espejo. Y lo hace, también,
para darle otra cara a la tragedia. Una cara más pulcra,
en todo caso. Una cara que represente la dignidad. O que
haga saber que no pasó nada, o que lo que pasó no puede
tumbarlo. Una cara que nunca renuncie a sonreír. Y que
es posible ver en muchos albergues.
Cortesía
Foto: Manuel Dueñas
Los censos
oficiales son difíciles porque los refugios no son sólo
oficiales: mucha gente también acogió a los damnificados
en su casa. En
Sabanalarga
la historia de
Dayanis Domínguez es
conocida: parió a su hijo un día después de salir de
Manatí,
el
pueblo que terminó casi todo inundado. “Ya está saliendo
el
agua”, dice con alguna esperanza. Domínguez —ahora madre
feliz, de diminutas pocas palabras—
tuvo a
Moisés, su
hijo, en la casa de los Villalba, que la acogieron. “Uno
no puede darles la espalda a las personas”, explica Ana
Benítez, esposa y compañera de Antonio Villalba. Y sí:
uno no puede darles la espalda a las personas. Y menos a
los hijos de la tragedia. Cuando le preguntan por
el
padre, Domínguez es parca: “Está en Manatí, ayudando”.
Puede que Moisés lo sepa mucho después, pero valdría la
pena decirlo: su padre es uno de esos luchadores
anónimos que pone la cara a la tragedia. La esperanza de
muchos. La frase que por estos días escribió una niña
damnificada: “Nada será igual, todo será mejor”
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