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En las zona inundadas,
los perros también son grandes damnificados
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En Campo de la Cruz solo queda agua y
perros flacos muriendo por todos lados; peleándose
pellejos de
vacas
en charcos negros, olfateando y tambaleando entre pies
de soldados, intentando reproducirse en bulevares
convertidos en islas de cemento, mirando a ninguna parte
desde techos abandonados, o esperando una llanta que
terminé su agonía en la carretera Oriental.
100, 200, 300. La cantidad es incierta, pero adonde se
mire, allí están. Símbolos de lealtad reducidos a
espectros decadentes.
Muchos vivos, algunos ya muertos. Los negros, marrones,
veteados, o de melenas blancas manchadas. Varios tienen
collares, que se les van quedando anchos, colgando de
los huesos.
Callejeros o dejados atrás por sus dueños en el momento
de correr, todos igualados, como los últimos habitantes
del paisaje apocalíptico. La incontenible inundación
sacó a flote una verdad incómoda sobre ese dicho de que
“el perro es el mejor amigo del hombre”: el hombre no es
el mejor amigo del perro. “Son los de todo el
pueblo, los que sobrevivieron”, dice María del Carmen
Díaz, 16 años, mirando a unos 30 apiñados y asustados en
una jardinera rodeada de agua. A ella se le ahogaron dos
cuando se hundió su barrio, Blas de Lezo. La Policía la
acaba de acompañar a su casa en una lancha, a reventar
el techo y sacar el televisor, el equipo de sonido y un
par de lámparas que había alzado al cielo raso.
A los perros nadie llega a sacarlos. Van muriendo,
lento, como algunas vacas y burros encalambrados que se
ven en las vías alrededor de Campo. Moscas los
revolotean, y se les oye chillar cada cierto tiempo por
una pisada o un mordisco.
Se convierten en el bastimento de esa sopa de
infecciones, que poco a poco va subiendo hasta los
techos de las casas. Otro ingrediente son las aguas de
las alcantarillas de Suan, protegido de las inundaciones
por un anillo de muros de contención. Con motobombas sus
habitantes vierten en la caldera del desbordado Canal
del Dique las aguas negras que empiezan a brotar en las
calles, debido a su taponamiento protectivo.
Los que están perdiendo todo se rehúsan a su destino,
hunden sus pies en esa sopa con tal de rescatar algo.
Carlos Arturo Mejía se cortó el pie, por intentar sacar
una cama de su hija. Lo atienden en un hospital inflable
instalado en la estación de gasolina a la entrada de
Campo de la Cruz. A diario llegan unos 20 pacientes, 15
de ellos con enfermedades de la piel, y otros 5 con
gastroenteritis.
“Vienen con los pies inflamados, y con rasquiña”,
explica el médico José Hereira. En la puerta del
Hospital inflable, hay un guardián con un palo de escoba
para ahuyentar a los perros que se acercan . I.B.M.


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