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Desdén y
tecnología, amenazas para el español
Por Jairo Cala Otero –
Periodista especializado en lengua
española
http://redmultimedia.ning.com/profile/JairoCalaOtero
Lo que hoy
le hacen muchas personas al español no es una caricia a
su esplendor. Al contrario, es un a tentado
contra su belleza, su funcionalidad y su incuestionable
utilidad como idioma de grande e ilimitada estructura
comunicacional. Lo más triste es que las personas
desdeñosas frente a su idioma natal, parecen desestimar
la «autoflagelación» que se infligen al escribir y
hablar mal. Es, ni más ni menos, su imagen personal la
que queda por el suelo cuando eso sucede. El idioma
sigue orondo, pero la persona que lo usa mal enfrenta la
crítica mordaz y hasta el marginamiento de diversos
tipos de oportunidades.
Hace unos días setenta y
dos maestros de colegios de San José de Cúcuta se
sentaron a escuchar mis reflexiones sobre la amenaza de
la tecnología (Internet y telefonía celular) para
nuestro idioma. Habían sido convocados por el periódico
La Opinión, a instancias de su programa pedagógico
Prensa-escuela, con el que se inculca amor y respeto por
el español, entre docentes y estudiantes. Después de
tres horas, durante las que les mostré claros ejemplos
de la amenaza, y les advertí que si no hacemos un frente
común contra las desviaciones del idioma podremos vernos
enfrentados a una segunda Torre de Babel, los docentes
tomaron vivo interés en volverse escuderos del idioma.
¿Cuántos colombianos más
estarán en disposición de unirse a la misma causa?
Creo
que esta pregunta la puede responder cada ciudadano que
tenga consciencia de la mayúscula importancia que el
idioma tiene en todos los ámbitos de nuestra vida
cotidiana. Si se lo contempla como una herramienta vital
para la comunicación interpersonal y empresarial, pero
también como instrumento insustituible del que se
derivan todas las demás ocupaciones, pensamientos y
decisiones de los seres humanos, entonces podemos
confiar en su vitalidad para construir horizontes y
vidas más positivos. De él, del idioma, se derivan
muchos otros factores que tienen directa incidencia en
la vida de las personas, sin duda alguna. Por eso, es
preciso emplearlo bien; eso es prenda de garantía para
una comunicación eficaz, con ella se allana el camino de
la excelencia en otros campos.
Efectos
contraproducentes
En siete años de campaña en favor del uso correcto del
español, he conocido muchos episodios en relación con la
influencia del idioma en nuestro devenir. Cito aquí solo
tres:
Una aspirante a un puesto
de secretaria en una empresa periodística perdió esa
oportunidad, porque en su hoja de vida había escrito que
era «afixionada» al tenis. Vi cuando el jefe que
auscultaba las hojas de vida, tiró la de aquella chica
al cesto de la basura; y, en seguida, comentó: «No es
apta para este puesto, que siga jugando tenis».
En la Facultad de Medicina
de la Universidad Industrial de Santander uno de los
docentes no les califica trabajos -se los devuelve- a
los futuros médicos, si aquellos presentan errores de
ortografía. Es un poco benévolo, en verdad, porque
apenas se fija en la ortografía, no en la sintaxis, las
concordancias, la semántica y otros factores
gramaticales. De hacerlo, seguramente ningún alumno
aprobaría su materia. Aun así esa exigencia ha hecho que
los estudiantes de medicina se esmeren en escribir
correctamente.
En el periódico El País,
uno de los más influyentes de España, no contratan a
ningún periodista sin que previamente presente un examen
escrito sobre aptitud en redacción. Aquellos aspirantes
que tengan problemas con la gramática y, por ende,
escriban con errores notorios, pueden dar por sentado
que no pertenecerán a la plantilla de redactores de
aquel diario. Se impone así un nivel superior de
calidad, que garantiza un excelente producto
periodístico. Por eso, El País tiene aclamación entre
millares de españoles. Otros ejemplos semejantes cunden
en otros países, por supuesto.
Colombia,
indiferente
Entre tanto, no ocurre lo mismo en Colombia. La calidad
de la redacción está condenada a las mazmorras del
desdén general. En todos los escenarios laborales se
encuentran fallas; muchas de ellas son elementales, pero
no por ello dejan de ser perturbadoras de la excelencia.
Por mi experiencia, puedo atribuir esas fallas a:
desinterés por conocer a fondo el idioma, ausencia de
campañas pedagógicas de las autoridades educativas,
bajos niveles de lectura (piedra angular para fomentar
el interés por el español), creencia supina de que se
puede escribir «como me pega la real gana», en vez de
hacerlo como indica la Real Academia Española, e
influencia de voces y grafías foráneas, que se cuelan en
las mentes desatentas por las autopistas del
ciberespacio.
Hoy en muchas empresas hay
«profesionales de cartón», henchidos de orgullo, que
arrollan con su vanagloria a sus subalternos. Pero lejos
están de ser verdaderos profesionales, pues tienen
deficiencias. Redactar un par de párrafos es una tarea
tortuosa para ellos. Alguno, en confianza, me confesó un
día, tras solicitar mis servicios para que le redactara
un documento: «Yo de esa joda no sé un culo». Otro, más
sensato y con aire de remordimiento, me dijo: «Lamento
no haberle parado bolas a la gramática, cuando yo era un
muchacho». Aunque tardías, son verdades que muestran los
vacíos que a muchos les falta superar.
En muchos periódicos
colombianos a los jefes, propietarios y editores no les
interesa el mejoramiento de la redacción. Generalmente,
porque las personas que ocupan esos cargos también
escriben de modo descuidado. ¿Cómo puede corregir
errores, o exigir excelencia, quien también recorre la
misma senda de las equivocaciones continuas? En la
mayoría de las empresas periodísticas nacionales el
interés que prima es el económico: que la pauta
publicitaria esté al máximo, ese es el objetivo central.
Desde luego, esa meta no es mala; pero se puede
conseguir con mucha más facilidad: capacitando a los
redactores de noticias, jefes de redacción y editores
para transformar el producto deficiente en un producto
de máxima calidad. Los anunciantes, lectores ocasionales
y suscriptores no esperarían a que los convocasen; la
buena calidad del medio los atraería por fuerza natural.
Luego las ventas aumentarían, los ingresos crecerían.
¡Hasta podrían pagarles mejores salarios a sus
periodistas!
En desarrollo de mi empeño
porque se use bien y se respete la normativa del
español, he encontrado gentes arrogantes. Se declaran al
margen del asunto, y desdeñan seguir las normas. Cinco
periodistas me han confesado ser transgresores
intencionales del idioma, pero no me han dado ningún
argumento válido, a la luz de la lingüística, para
hacerlo. Es una salida cantinflesca y pueril, sin duda,
que los autocondena por su condición de «comunicadores»,
oficio que les impone no simplemente emborronar papel,
sino escribir con excelente calidad.
Otros, muy pocos
ciertamente, me condenan porque creen -supina y
tontamente- que yo impongo normas; o que invento giros
idiomáticos y los quiero ver aplicados por ellos. Ese es
el extremo de la ignorancia crasa. Siendo esta una
materia básica, elemental, inherente a la actividad
laboral del periodista, no hay argumentaciones válidas
para que no la conozcan y la usen correctamente; o para
hacerle el quite olímpicamente. Es la «soberbia
egocéntrica» -como la bauticé- la que no los deja
pensar, reflexionar, aprender y aplicar enmiendas. Si lo
hicieran, los primeros beneficiados serían esos
contumaces redactores que se niegan a crecer
profesionalmente. Pero como no lo hacen, por su
terquedad y soberbia, también son los primeros en
quedarse rezagados y hasta ridiculizados por sus faltas
persistentes.
A pesar de todo, el
español sigue expandiéndose por otras latitudes. Varios
países lo han acogido como su segunda lengua, y ya se
aproxima a 500 millones el número de personas que lo
hablamos y escribimos. Muy probablemente no desaparezca
en el futuro inmediato. Pero vale alertar sobre esos
sistemas grotescos con que se lo usa hoy, por «gracia»
de los llamados cibernautas, que escriben sin un ápice
de regulación lingüística; y por el grave descuido de
muchos educadores, que no exigen de sus educandos
respeto por las normas de su idioma.
Valga la fecha consagrada
a la exaltación del idioma castellano para exhortar a
todos los colombianos a voltear la mirada hacia este
instrumento de excelsa condición para comunicarnos;
darle la importancia que él tiene y usarlo en debida
forma. Con seguridad no solo se obtendrá mayor brillo al
escribir y hablar, sino más y mejores perspectivas
profesionales y laborales. De lo contrario, estaremos
ante nuevas generaciones de mediocres que, para
comunicarse y entenderse, tendrán que apelar a las
señales de humo; o a los gestos y otros esfuerzos
empleados en la antigua Torre de Babel.
«La sabiduría es hija de
la experiencia y siempre pide consejo al que sabe
corregirse a sí mismo». (Leonardo Da Vinci -1452-1519).
«Dichoso el que halla
sabiduría, el que tiene inteligencia; porque son más
provechosas que la plata y rinden mayores beneficios que
el oro». (Proverbios 3, 13,14).
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