Gossaín
hace eco de
denuncias sobre
contaminación en
la bahía de
Cartagena y en
Buenaventura.
El alcatraz que
vuela entre mis
sueños lleva en
su enorme pico
una quimera...
(Walt Whitman,
Hojas de
hierba).
Una
mañana de mayo
pasado, los
viejos
madrugadores del
pueblo de
Marytown,
perdido en las
costas que
bordean el
sudeste de los
Estados Unidos,
se levantaron
como todos los
días a echarles
unas migajas de
pan a los
pájaros marinos
que merodean con
mansedumbre por
los patios y que
se han ido
convirtiendo en
sus amigos.
Lo que vieron
los dejó
espantados: las
gaviotas de
cabeza negra,
que son tan
bellas, también
tenían negro el
plumaje. Del
pico les goteaba
una mancha
babosa. No
podían levantar
el vuelo de la
arena, con las
patas hundidas
en una masa de
chapapote
pastoso, como el
asfalto cuando
se derrite. Una
de las gaviotas
miró a la gente
pidiendo ayuda.
Según cuentan
los testigos,
más allá de la
playa, cerca del
río, tres garzas
morenas habían
muerto con los
ojos
despepitados. El
guiso espantoso
que navegaba
corriente abajo,
matando todo lo
que se le
atravesara, era
la mezcolanza de
petróleo crudo
de la empresa
British, que
cayó pocos días
antes a las
aguas del Golfo
de México.
A esa misma hora
los alcatraces
de la bahía de
Santa Marta, al
norte de
Colombia,
desayunaban su
ración cotidiana
de buñuelos de
carbón. El
periodista
Antonio José
Caballero,
grabadora en
mano, esperaba
en la playa el
regreso de los
pescadores que
habían salido a
trabajar
temprano.
Mientras
aguardaba, la
cámara de su
teléfono celular
retrató la pala
enorme de un
barco carbonero
que arrojaba al
mar el polvo
negro que sobró
en las bodegas.
A esa misma
hora, en las
playas
legendarias de
Juanchaco y
Ladrilleros,
cerca de
Buenaventura,
los lancheros de
cabotaje que
llevan carga y
pasajeros por
los pueblos que
se arraciman en
las orillas del
Pacífico
limpiaban sus
motores
preparándose
para un nuevo
día de trabajo.
Como si fuera la
cosa más natural
del mundo,
arrojaban al mar
el contenido de
unos tanques
repletos de
residuos de
gasolina,
queroseno y
diésel. Un
langostino
magnífico, que
medía un jeme,
iniciaba el día
tomándose su
primera taza de
combustible.
Cuando vi la
fotografía en El
País de Cali me
dieron ganas de
echarme a
llorar.
A esa misma
hora, en la zona
industrial de
Cartagena de
Indias, abierta
sobre la bahía
del Caribe
resplandeciente,
los trabajadores
de una compañía
empacadora se
sentaron a
desayunar en los
comedores de su
empresa. En ese
momento
volvieron a ver,
como venía
sucediendo en
las mañanas más
recientes, que
una nata de
tizne cubría la
superficie del
café con leche,
y que una
mermelada negra,
tan semejante al
betún de limpiar
zapatos, se
había pegado al
pan y al queso
blanco.
Entonces, no
aguantaron más.
Se levantaron
todos, sin que
nadie los
hubiera
convocado, y
comenzaron a
golpear los
platos contra
los mesones. La
algarabía se oyó
en media ciudad.
Las autoridades
ambientales
ordenaron el
cierre de un
muelle vecino,
que se dedica a
cargar carbón a
cielo raso, sin
mayores
precauciones ni
cuidados, sin
tubos cerrados
ni conductores
protegidos. Seis
días después el
muelle fue
reabierto.
A esa misma
hora, en la
región acuática
de La Mojana,
que cubre un
gigantesco
territorio
húmedo de los
departamentos de
Bolívar, Sucre y
Antioquia,
bajaban
resoplando los
ríos Cauca y san
Jorge, que se
desbordan en
caños y
ciénagas. El
apóstol Ordóñez
Sampayo, que se
ha gastado la
vida defendiendo
de la
contaminación a
campesinos,
cosechas y
animales,
apareció en la
plaza de
Guaranda con el
dictamen médico
en la mano: los
doctores
certificaban que
los tres niños
que nacieron
deformes tenían
mercurio en el
sistema
sanguíneo.
El terrible mal
de Minata, como
lo saben los
japoneses,
porque las
empresas en
cualquier parte
del mundo, en
Tokio o en
Majagual,
arrojan
porquerías
químicas a las
corrientes, y
primero se
pudren las
aguas, y después
nacen
degenerados los
peces y los
camarones, y
después nacen
sin ojos los
niños cuyas
madres, en
aquellos
caseríos
extraviados de
la mano de Dios,
consumen esa
agua y esos
pescados.
En las cabeceras
de ambos ríos,
las compañías
mineras, que
buscan oro entre
la tierra, hacen
sus excavaciones
con un sancocho
de mercurio y
ácidos. Arroyos
y acequias se
llevan el
mazacote. Los
bocachicos
mueren con la
boca abierta en
los playones.
Las espigas de
arroz no
volvieron a
crecer.
En medio del
desastre causado
por las
inundaciones, y
como si fuera
poco, las yucas
harinosas de
antes florecen
ahora con un
hongo químico a
manera de
cresta. El
hambre campea
entre los pocos
ranchos que no
se ha llevado el
invierno. Las
emanaciones de
las lagunas
huelen a lo
mismo que huele
un laboratorio
de detergentes.
Hay que decir,
también, que los
empresarios
mineros se
defienden
diciendo que
Ordóñez Sampayo
está loco. Claro
que está loco:
ningún hombre
cuerdo expone su
pellejo ni
dedica su vida
entera a
defender a un
ruiseñor, una
mojarra, un
plátano pintón,
una mazorca de
maíz o a una
mujer embarazada
que carga un
fenómeno en el
vientre.
Epílogo
Aquella mañana,
cuando los
pescadores de
Santa Marta
regresaron a la
playa, el
periodista
Caballero los
acompañó en su
tarea de
descamar y
abrirles el
buche a los
escasos pescados
que traían.
-¿Qué es eso?
-preguntó,
intrigado, al
ver unas bolas
negras en el
estómago de un
bagre.
-Carbón, amigo
-le contestó uno
de ellos,
levantando el
animal-. Pelotas
de carbón. Eso
es lo que comen
ahora.
Caballero tomó
más fotografías
y se las llevó a
algunos
funcionarios de
la industria
carbonera.
-No se preocupe
-le contestó el
gerente-. Vamos
a construir un
nuevo muelle de
última
generación.
-No lo dudo
-dijo el
reportero, con
una mueca de
dolor que
parecía
sonrisa-. No lo
dudo: será la
última
generación.
El día que
Caballero me
contó esa
historia, y me
enseñó sus
fotografías, ya
no sentí ganas
de echarme a
llorar, como la
vez aquella del
langostino
bañado en
combustible. Lo
que sentí ahora
fue rabia.
Cuando ya no
quede una sola
hoja de acacia,
cuando el último
pulpo haya
muerto
atragantado con
ácido sulfúrico
y cuando
nuestros nietos
nazcan con un
tumor de carbón
endurecido en la
barriga,
entonces será
demasiado tarde.
Dispondremos de
computadores
infrarrojos de
última
generación, pero
ya no habrá agua
para beber; los
celulares de
rayos láser se
podrán comprar
en las boticas,
pero el sol no
volverá a salir;
los niños
encontrarán el
algoritmo de 28
a la quinta
potencia con
solo cerrar los
ojos, pero
dentro de 20
años no sabrán
de qué color era
una golondrina.
Los invito a
todos a ponerse
de pie antes de
que se marchite
el último
pétalo. Usen el
arma prodigiosa
del Internet
para protestar.
Hagan oír su
voz. Que el
correo
electrónico de
los colombianos
sirva para algo
más que mandar
chistes y
felicitaciones
de cumpleaños.
Porque, si
seguimos así, el
día menos
pensado no
quedará nadie
que cumpla años.
Ni quién envíe
felicitaciones.
JUAN GOSSAÍN
CARTAGENA DE
INDIAS









