Sabanalarga - Atlántico - Colombia
'Nacimos' en el siglo XX, seguimos 'creciendo' en el siglo
XXI
Un Periódico con
identidad, con una misión y una visión.
Así fue la
vida de Steve Jobs, el hombre que transformó los hábitos
de varias generaciones Steve
Jobs murió a los 55 años el miércoles 4 de octubre de
2011
Steve Paul Jobs, cofundador y presidente de Apple
Computer, uno de los mayores innovadores en la industria
informática,
ha fallecido hoy después de transformar los hábitos de
consumo de varias generaciones con productos como el
iPod, el iPhone o el iPad.
Jobs revolucionó el mundo
de los ordenadores con el lanzamiento del Macintosh y en
el siglo XXI la industria de consumo con tres de los
aparatos electrónicos más exitosos de la historia: el
iPod, el iPhone y el iPad.
Nacido el 24 de febrero de
1955 en Los Altos (California, EU), fue adoptado a los
pocos meses de vida por Paul y Clara Jobs.
Tras terminar el
bachillerato en el instituto Homestead de Mountain View,
ingresó en el Reed College en Portland, Oregón, pero
abandonó los estudios universitarios un semestre más
tarde.
En esa época, se interesó
por la filosofía y la contracultura, llegando a viajar a
la India en busca de iluminación espiritual.
Después de unas prácticas
en 1974 en la empresa Hewlett-Packard en Palo Alto, fue
contratado por Atari Inc. como diseñador de videojuegos.
En compañía del ingeniero
Steve Wozniak, un viejo amigo del instituto con quien
compartía su pasión por la electrónica y la mística
religiosa, y de Ronald Gerald Wayne, se volcó desde 1974
en el desarrollo de una computadora dirigida a usuarios
sin grandes conocimientos informáticos.
La capacidad visionaria de
Jobs y la preparación técnica de Wozniak dieron sus
frutos en 1976 con la creación en un garaje del Apple I,
que consistía en un teclado combinado a un
microprocesador y con conexión a un monitor. Ese año
fundaron Apple Computer.
El Apple II, sucesor del
I, se convirtió en el primer ordenador de consumo
masivo, los pedidos llovieron y Apple pasó a ser la
empresa de mayor crecimiento en EEUU, facturando en 1983
2.000 millones de dólares.
Tras el Apple II, Jobs y
Wozniak revolucionaron el mundo de la industria
informática con el lanzamiento en 1984 del "Macintosh",
considerado el primer ordenador que responde al concepto
de PC (ordenador personal).
El nombramiento en 1983
del ex presidente de Pepsi-Cola, John Sculley, como
máximo ejecutivo de la empresa, trajo las primeras
desavenencias entre Jobs y la compañía de la manzana.
Además los roces con su
antiguo compañero y amigo, Steve Wozniak, tuvieron como
resultado la salida en 1985 de Apple de este último, el
mismo año en que Jobs presentó su dimisión.
Tras abandonar Apple, creó
en 1986 los Estudios de Animación Pixar, fundados sobre
la división de animación de "Lucas Film" comprados a
George Lucas por 50 millones de dólares. En 1989 la
nueva empresa consiguió el Óscar a la mejor película de
animación con el cortometraje "Tin Toy" y en 1996 el
segundo con "Toy Story", el primer largometraje
realizado íntegramente por ordenador.
En 2005 vendió Pixar a
Disney por 7.400 millones de dólares, lo que le
convirtió en el mayor accionista de Disney.
Su otra aventura
empresarial, NeXTComputer, fue menos exitosa y cerró su
división de máquinas en 1993, tras lanzar su primer
ordenador en 1989.
Steve Jobs volvió a Apple
en diciembre de 1996 con el cargo de asesor interino y
mas tarde como presidente con el sueldo de 1 dólar, lo
que le hizo pasar al libro Guiness de los Records como
el ejecutivo peor pagado.
En agosto de 1997 anunció
un acuerdo con su hasta entonces rival Microsoft, que
invirtió 150 millones de dólares en Apple.
El lanzamiento en 1998 del
iMac, un PC de diseño vanguardista y ordenador
multimedia completo, levantó a la compañía, un éxito de
ventas que revalorizó un 50% las acciones de Apple.
El Imac tuvo en el Ibook
su continuación en el mercado de los ordenadores
portátiles.
La consolidación de Apple
como marca de referencia de la electrónica de consumo
empezó en 2001 con el lanzamiento del Ipod, un
reproductor de música y contenidos multimedia del que se
han vendido más de 220 millones de unidades hasta 2009.
Su siguiente paso para
convertir los productos de la compañía de la manzana en
iconos del consumo más sofisticado y fetichista fue el
Iphone, un teléfono inteligente de pantalla táctil con
conexión a internet, que se lanzó en 2007 y del que se
vendieron 50 millones de unidades hasta abril de 2010.
Del Ipad, un ordenador
tipo tableta con conexión inalámbrica a internet, se
vendieron más tres millones de unidades en todo el mundo
en los primeros tres meses en el mercado.
Steve Jobs, que ya había
sufrido un cáncer de páncreas, anunció el 14 de enero de
2009 su retirada temporal, al empeorar su salud. Tras
recibir un trasplante de hígado y experimentar una
mejoría retomó su trabajo el 29 de junio de 2009, aunque
el 17 de enero de 2011 anunció de nuevo su baja
temporal.
Abandonó el cargo de
consejero delegado de la compañía el 25 de agosto de
2011, aunque se reservó la presidencia de la junta
directiva.
La respuesta de los
mercados ante las bajas médicas y su abandono de las
responsabilidades en la misma han dejado claro lo
íntimamente ligado que está el nombre de Steve Jobs al
futuro de Apple. EFE
Célebre Discurso de Steve Jobs en la Universidad de
Stanford
Sin duda uno de los discursos más famosos de la historia
es el que diera Steve Jobs en la Universidad de Stanford
en el 2005. En este discurso Steve nos cuenta 3
interesantes e imperdibles historias, una de ellas
relacionada con la muerte.
Debajo del video
encontrarás la trascripción del discurso
Gracias.
Tengo el honor de estar
hoy aquí con vosotros en vuestro comienzo en una de las
mejores universidades del mundo. La verdad sea dicha, yo
nunca me gradué.
A decir verdad, esto es lo
más cerca que jamás he estado de una graduación
universitaria.
Hoy os quiero contar tres
historias de mi vida. Nada especial. Sólo tres
historias.
La primera historia versa
sobre “conectar los puntos”.
Dejé la Universidad de
Reed tras los seis primeros meses, pero después seguí
vagando por allí otros 18 meses, más o menos, antes de
dejarlo del todo. Entonces, ¿por qué lo dejé?
Comenzó antes de que yo
naciera.
Mi madre biológica era una
estudiante joven y soltera, y decidió darme en adopción.
Ella tenía muy claro que quienes me adoptaran tendrían
que ser titulados universitarios, de modo que todo se
preparó para que fuese adoptado al nacer por un abogado
y su mujer.
Solo que cuando yo nací
decidieron en el último momento que lo que de verdad
querían era una niña.
Así que mis padres, que
estaban en lista de espera, recibieron una llamada a
medianoche preguntando:
“Tenemos un niño no
esperado; ¿lo queréis?”
“Por supuesto”, dijeron
ellos.
Mi madre biológica se
enteró de que mi madre no tenía titulación
universitaria, y que mi padre ni siquiera había
terminado el bachillerato, así que se negó a firmar los
documentos de adopción. Sólo cedió, meses más tarde,
cuando mis padres prometieron que algún día yo iría a la
universidad.
Y 17 años más tarde fui a
la universidad. Pero de forma descuidada elegí una
universidad que era casi tan cara como Stanford, y todos
los ahorros de mis padres, de clase trabajadora, los
estaba gastando en mi matrícula.
Después de seis meses, no
le veía propósito alguno. No tenía idea de qué quería
hacer con mi vida, y menos aún de cómo la universidad me
iba a ayudar a averiguarlo.
Y me estaba gastando todos
los ahorros que mis padres habían conseguido a lo largo
de su vida. Así que decidí dejarlo, y confiar en que las
cosas saldrían bien.
En su momento me dio
miedo, pero en retrospectiva fue una de las mejores
decisiones que nunca haya tomado.
En el momento en que lo
dejé, ya no fui más a las clases obligatorias que no me
interesaban y comencé a meterme en las que parecían
interesantes. No era idílico. No tenía dormitorio, así
que dormía en el suelo de las habitaciones de mis
amigos, devolvía botellas de Coca Cola por los 5
céntimos del envase para conseguir dinero para comer, y
caminaba más de 10 Km los domingos por la noche para
comer bien una vez por semana en el templo de los Hare
Krishna.
Me encantaba.
Y muchas cosas con las que
me fui topando al seguir mi curiosidad e intuición
resultaron no tener precio más adelante.
Os daré un ejemplo.
En aquella época la
Universidad de Reed ofrecía la que quizá fuese la mejor
formación en caligrafía del país. En todas partes del
campus, todos los póster, todas las etiquetas de todos
los cajones, estaban bellamente caligrafiadas a mano.
Como ya no estaba
matriculado y no tenía clases obligatorias, decidí
atender al curso de caligrafía para aprender cómo se
hacía.
Aprendí cosas sobre el
serif y tipografías sans serif, sobre los espacios
variables entre letras, sobre qué hace realmente grande
a una gran tipografía.
Era sutilmente bello,
histórica y artísticamente, de una forma que la ciencia
no puede capturar, y lo encontré fascinante. Nada de
esto tenía ni la más mínima esperanza de aplicación
práctica en mi vida. Pero diez años más tarde, cuando
estábamos diseñando el primer ordenador Macintosh, todo
eso volvió a mí.
Y diseñamos el Mac con eso
en su esencia. Fue el primer ordenador con tipografías
bellas. Si nunca me hubiera dejado caer por aquél curso
concreto en la universidad, el Mac jamás habría tenido
múltiples tipografías, ni caracteres con espaciado
proporcional. Y como Windows no hizo más que copiar el
Mac, es probable que ningún ordenador personal los
tuviera ahora. Si nunca hubiera decidido dejarlo, no
habría entrado en esa clase de caligrafía y los
ordenadores personales no tendrían la maravillosa
tipografía que poseen.
Por supuesto, era
imposible conectar los puntos mirando hacia el futuro
cuando estaba en clase, pero fue muy, muy claro al mirar
atrás diez años más tarde.
Lo diré otra vez: no
puedes conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes
hacerlo hacia atrás. Así que tenéis que confiar en que
los puntos se conectarán alguna vez en el futuro. Tienes
que confiar en algo, tu instinto, el destino, la vida,
el karma, lo que sea.
Esta forma de actuar nunca
me ha dejado tirado, y ha marcado la diferencia en mi
vida.
Mi segunda historia es
sobre el amor y la pérdida.
Tuve suerte — supe pronto
en mi vida qué era lo que más deseaba hacer. Woz y yo
creamos Apple en la cochera de mis padres cuando tenía
20 años. Trabajamos mucho, y en diez años Apple creció
de ser sólo nosotros dos a ser una compañía valorada en
2 mil millones de dólares y 4.000 empleados.
Hacía justo un año que
habíamos lanzado nuestra mejor creación — el Macintosh —
un año antes, y hacía poco que había cumplido los 30.
Y me despidieron.
¿Cómo te pueden echar de
la empresa que tú has creado?
Bueno, mientras Apple
crecía contratamos a alguien que yo creía muy capacitado
para llevar la compañía junto a mí, y durante el primer
año, más o menos, las cosas fueron bien. Pero luego
nuestra perspectiva del futuro comenzó a ser distinta y
finalmente nos apartamos completamente. Cuando eso pasó,
nuestra Junta Directiva se puso de su parte.
Así que a los 30 estaba
fuera. Y de forma muy notoria.
Lo que había sido el
centro de toda mi vida adulta se había ido y fue
devastador.
Realmente no supe qué
hacer durante algunos meses. Sentía que había dado de
lado a la anterior generación de emprendedores, que
había soltado el testigo en el momento en que me lo
pasaban. Me reuní con David Packard [de HP] y Bob Noyce
[Intel], e intenté disculparme por haberlo fastidiado
tanto. Fue un fracaso muy notorio, e incluso pensé en
huir del valle [Silicon Valley].
Pero algo comenzó a
abrirse paso en mí — aún amaba lo que hacía. El
resultado de los acontecimientos en Apple no había
cambiado eso ni un ápice. Había sido rechazado, pero aún
estaba enamorado. Así que decidí comenzar de nuevo.
No lo vi así entonces,
pero resultó ser que el que me echaran de Apple fue lo
mejor que jamás me pudo haber pasado.
Había cambiado el peso del
éxito por la ligereza de ser de nuevo un principiante,
menos seguro de las cosas. Me liberó para entrar en uno
de los periodos más creativos de mi vida. Durante los
siguientes cinco años, creé una empresa llamada NeXT,
otra llamada Pixar, y me enamoré de una mujer asombrosa
que se convertiría después en mi esposa.
Pixar llegó a crear el
primer largometraje animado por ordenador, Toy Story, y
es ahora el estudio de animación más exitoso del mundo.
En un notable giro de los acontecimientos, Apple compró
NeXT, yo regresé a Apple y la tecnología que
desarrollamos en NeXT es el corazón del actual
renacimiento de Apple. Y Laurene y yo tenemos una
maravillosa familia.
Estoy bastante seguro de
que nada de esto habría ocurrido si no me hubieran
echado de Apple. Creo que fue una medicina horrible,
pero supongo que el paciente la necesitaba. A veces, la
vida te da en la cabeza con un ladrillo. No perdáis la
fe. Estoy convencido de que la única cosa que me mantuvo
en marcha fue mi amor por lo que hacía. Tenéis que
encontrar qué es lo que amáis. Y esto vale tanto para
vuestro trabajo como para vuestros amantes.
El trabajo va a llenar
gran parte de vuestra vida, y la única forma de estar
realmente satisfecho es hacer lo que consideréis un
trabajo genial. Y la única forma de tener un trabajo
genial es amar lo que hagáis. Si aún no lo habéis
encontrado, seguid buscando.
No os conforméis.
Como en todo lo que tiene
que ver con el corazón, lo sabréis cuando lo hayáis
encontrado. Y como en todas las relaciones geniales, las
cosas mejoran y mejoran según pasan los años. Así que
seguid buscando hasta que lo encontréis.
No os conforméis.
Mi tercera historia es
sobre la muerte.
Cuando tenía 17 años, leí
una cita que decía algo como: “Si vives cada día como si
fuera el último, algún día tendrás razón”. Me marcó, y
desde entonces, durante los últimos 33 años, cada mañana
me he mirado en el espejo y me he preguntado: “Si hoy
fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que
voy a hacer hoy?” Y si la respuesta era “No” durante
demasiados días seguidos, sabía que necesitaba cambiar
algo.
Recordar que voy a morir
pronto es la herramienta más importante que haya
encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones
de mi vida.
Porque prácticamente todo,
las expectativas de los demás, el orgullo, el miedo al
ridículo o al fracaso se desvanece frente a la muerte,
dejando sólo lo que es verdaderamente importante.
Recordar que vas a morir
es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de
pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No
hay razón para no seguir tu corazón.
Hace casi un año me
diagnosticaron cáncer.
Me hicieron un chequeo a
las 7:30 de la mañana, y mostraba claramente un tumor en
el páncreas. Ni siquiera sabía qué era el páncreas. Los
médicos me dijeron que era prácticamente seguro un tipo
de cáncer incurable y que mi esperanza de vida sería de
tres a seis meses. Mi médico me aconsejó que me fuese a
casa y dejara zanjados mis asuntos, forma médica de
decir: prepárate a morir.
Significa intentar decirle
a tus hijos en unos pocos meses lo que ibas a decirles
en diez años. Significa asegurarte de que todo queda
atado y bien atado, para que sea tan fácil como sea
posible para tu familia. Significa decir adiós.
Viví todo un día con ese
diagnóstico.
Luego, a última hora de la
tarde, me hicieron una biopsia, metiéndome un endoscopio
por la garganta, a través del estómago y el duodeno,
pincharon el páncreas con una aguja para obtener algunas
células del tumor. Yo estaba sedado, pero mi esposa, que
estaba allí, me dijo que cuando vio las células al
microscopio el médico comenzó a llorar porque resultó
ser una forma muy rara de cáncer pancreático que se
puede curar con cirugía.
Me operaron, y ahora estoy
bien. Esto es lo más cerca que he estado de la muerte, y
espero que sea lo más cerca que esté de ella durante
algunas décadas más. Habiendo vivido esto, ahora os
puedo decir esto con más certeza que cuando la muerte
era un concepto útil, pero puramente intelectual:
Nadie quiere morir.
Ni siquiera la gente que
quiere ir al cielo quiere morir para llegar allí. Y sin
embargo la muerte es el destino que todos compartimos.
Nadie ha escapado de ella. Y así tiene que ser, porque
la Muerte es posiblemente el mejor invento de la Vida.
Es el agente de cambio de la Vida. Retira lo viejo para
hacer sitio a lo nuevo.
Ahora mismo lo nuevo sois
vosotros, pero dentro de no demasiado tiempo, de forma
gradual, os iréis convirtiendo en lo viejo, y seréis
apartados. Siento ser tan dramático, pero es bastante
cierto. Vuestro tiempo es limitado, así que no lo
gastéis viviendo la vida de otro.
No os dejéis atrapar por
el dogma que es vivir según los resultados del
pensamiento de otros.
No dejéis que el ruido de
las opiniones de los demás ahogue vuestra propia voz
interior.
Y lo más importante, tened
el coraje de seguir a vuestro corazón y vuestra
intuición.
De algún modo ellos ya
saben lo que tú realmente quieres ser.
Todo lo demás es
secundario.
Cuando era joven, había
una publicación asombrosa llamada The Whole Earth
Catalog [Catálogo de toda la Tierra], una de las biblias
de mi generación. La creó un tipo llamado Stewart Brand
no lejos de aquí, en Menlo Park y la trajo a la vida con
su toque poético. Eran los últimos años 60, antes de los
ordenadores personales y la autoedición, así que se
hacía con máquinas de escribir, tijeras, y cámaras
Polaroid. Era como Google con tapas de cartulina, 35
años de que llegara Google, era idealista, y rebosaba de
herramientas claras y grandes conceptos. Stewart y su
equipo sacaron varios números del The Whole Earth
Catalog, y cuando llegó su momento, sacaron un último
número.
Fue a mediados de los 70,
y yo tenía vuestra edad.
En la contraportada de su
último número había una fotografía de una carretera por
el campo a primera hora de la mañana, la clase de
carretera en la que podrías encontrarte haciendo
autoestop si sois aventureros. Bajo ella estaban las
palabras:
“Sigue hambriento. Sigue
alocado”.
Era su último mensaje de
despedida. Sigue hambriento. Sigue alocado.
Y siempre he deseado eso
para mí. Y ahora, cuando os graduáis para comenzar de
nuevo, os deseo eso a vosotros.
Seguid hambrientos. Seguid
alocados.
Muchísimas gracias a
todos.
Descanse
en paz Steve Jobs
SOCIEDAD / Tomás Alfaro
Es difícil decir algo sobre Steve Jobs, unos días
después de su muerte, tras los ríos de tinta que han
corrido.
Yo quiero, no obstante,
aportar mi pequeño grano de arena. Y lo voy a hacer tras
volver a ver, por enésima vez, su discurso a los
graduados de la Universidad de Stanford en 2005, hace
poco más de seis años. Imagino que todo el que lea estas
líneas lo habrá visto, pero si alguien no lo ha hecho,
que no deje de hacerlo.
Su discurso no fue un
discurso académico. Empezó manifestando públicamente, y
no sin cierto orgullo, que él jamás se había graduado.
Había en su tono un cierto desprecio por la institución
universitaria. Desprecio que comparto. Porque,
lamentablemente,
la Universidad –en general, con honrosas excepciones– se
ha convertido en una institución que vende saber
enlatado, pero no pensamiento, técnicas orientadas a un
supuesto éxito inmediato, pero no hacia la vida.
En algún punto de la historia le ha pasado lo que decía
el poeta T. S. Elliot: “¿Dónde está la vida que hemos
perdido viviendo, dónde está la sabiduría que hemos
perdido en el conocimiento, dónde el conocimiento que
hemos perdido en la información?” Por eso, su discurso
fue sobre la vida. Sobre su vida. Contó tres sencillas
pero profundas historias.
A la primera le
dio el título de “connecting dots”.
Los que nacimos en los años ´50 –él nació en el 55, yo
en el 51– recordamos, seamos españoles o americanos,
esos pasatiempos en los que aparecían unos puntos
numerados. Si, con un utensilio antediluviano llamado
lápiz, los uníamos siguiendo el orden, iba apareciendo
poco a poco, de una manera casi mágica, la imagen de un
águila o de un león. Pero sólo al final del proceso
veías lo que se había formado.
Así veía su vida Steve
Jobs. Desde ese momento del 2005, hasta antes de su
nacimiento. Efectivamente, Jobs fue hijo de una joven
estudiante preuniversitaria. Fue lo que hoy llamaríamos
un hijo no deseado. Si en vez de correr el año 1955,
esto hubiese ocurrido en nuestros días, Jobs hubiese
tenido una altísima probabilidad de haber sido abortado.
Y estoy seguro de que entre los millones de niños no
deseados que acaban hoy cada año en el cubo de la basura
de alguna clínica abortista hay bastantes Steves Jobs en
el campo de la empresa, la política, el arte, la ciencia
y otras muchas disciplinas. Imaginad un mundo con veinte
Jobs más, pintores o músicos, veinte más, empresarios,
veinte más, políticos, veinte más, científicos. Todos
ellos líderes positivos en sus respectivos campos. El
mundo sería más rico con ellos. Pero no están, los hemos
condenado a las cloacas y somos mucho más pobres.
Lloremos hoy también sobre sus cadáveres.
Pero, más adelante, ya en
la universidad, dejó toda carrera reglada y se dedicó a
estudiar, a su aire, cosas tan aparentemente inútiles
como caligrafía. Gracias a eso, nos dice, cuando fundó
Apple, se empeñó en que los tipos de letra fuesen bellos
y abríó esa senda para los que le copiaron después. E
imagino que también le llevó a que, además de tipos
agradables de leer, el manejo fuese amigable, fácil, con
iconos intuitivos. Si no hubiese sido por ello, hoy en
día habría sólo dos millones de ordenadores relegados
tan sólo para el uso de expertos. Y eligió estudiar
caligrafía, porque amaba ese estudio. Y aprendió con
ello que todo había que hacerlo con amor. Confiad
–decía, más o menos, a los alumnos de Stanford– en que
si hacéis las cosas con amor los puntos que conectéis
tendrán sentido. Y textualmente: “Tenéis que confiad en
algo, ya sea en vuestro Dios, en el destino, en la vida,
en el karma, en lo que sea”. Ahí es donde discrepo
respetuosamente de Jobs, porque si tengo que confiar en
que algo ha preparado los puntos de mi vida para que una
vez conectados tengan sentido, prefiero hacerlo en
alguien más que en algo. Y en alguien que sea
todopoderoso, sabio, bueno y que me quiera. Mejor eso
que en un ciego destino, o en la misma vida que estoy
intentando construir o en un karma ciego escrito por un
ente impersonal que no sabe lo que es el amor. Más aún,
en un alguien que cuando me cargo el dibujo uniendo los
puntos mal unidos, si le dejo –sólo si le dejo– rediseña
todo para que, a pesar de mi desaguisado pueda volver a
construir un dibujo nuevo. Y ese alguien todopoderoso,
sabio, bueno y que me quiere, en el que creo que puedo
confiar, es el Dios encarnado en Jesucristo. Y a ese
continuo rediseño de nuestros puntos, le llamamos
Providencia. No azar, ni destino, ni avatares de la vida
ni karma. Providencia.
La segunda historia de Jobs
a los alumnos de Stanford
hablaba del amor y la pérdida. Del amor al trabajo con
el que creó Apple y de la pérdida que sufrió cuando le
echaron de la empresa fundada por él. Pensó en dejarlo
todo, pero lo que le mantuvo es que se dio cuanta de
que, a pesar de lo que había pasado, aún amaba lo que
hacía. Y volvió a empezar de cero, sin las seguridades a
las que había empezado a acostumbrarse. Y desde esa
falta de seguridades empezó la fase más creativa de su
vida. Fundó dos empresas y una familia. Y se dio cuenta
de que cuando se encuentra aquello que se ama, sea
trabajo o familia, si se persevera en ese amor, las
cosas mejoran con los años. Efectivamente, años después,
los puntos se conectaron y esa creatividad nacida de la
pérdida de Apple, le llevó a crear dos empresas. Una de
ellas, con una tecnología revolucionaria, fue comprada
por Apple poco después, y Jobs volvió a tomar el timón
de su antigua compañía. Nada de eso hubiera sido posible
–decía Jobs– si no me hubieran echado de Apple. “A veces
la vida te da con un ladrillo en la cabeza: No perdáis
la fe” –afirma Jobs. ¿Qué fe nos puede ayudar en esos
momentos –me pregunto yo– a creer que los puntos de la
vida tienen sentido? ¿La fe en el destino, en la vida,
en el karma? ¿O la fe en un Dios más fuerte y sabio que
todas esas cosas y que nos ama hasta compartir la vida
con nosotros?
La tercera
historia de Jobs
versaba sobre la muerte. Un diagnóstico parcialmente
falso de un cáncer de páncreas, le hizo creer que le
quedaban sólo unas semanas de vida. Entonces se acordó
de una frase que oyó siendo aún adolescente: “Si uno
vive cada día como si fuese el último de su vida, algún
día, tendrá razón”. “Todos los días –afirmaba en su
discurso –me miraba al espejo y me preguntaba: si éste
fuese el último día de mi vida, ¿haría lo que voy a
hacer hoy? Y si me contestaba que no varios días
seguidos, sabía que tenía que cambiar algo”. Pero eso no
le llevó a dejar sus amores, trabajo, familia, para
hacer vaya usted a saber qué idioteces, sino a
reafirmarse en su vocación. Porque eso es lo que
significa vocación, hacer aquello que es el más profundo
anhelo de tu corazón. Decía: “Tened el valor de seguir a
vuestro corazón y a vuestro instinto. Ellos saben lo que
realmente queréis ser”. ¿Lo saben –me pregunto yo? Si,
lo saben. Pero tener un consejero, alguien que sea sabio
y que nos quiera, no es mala cosa para ayudarnos a
discernir con libertad entre la avalancha de cosas que
tan a menudo nos desorientan. Efectivamente, él vivió
cada día como si fuese el último y eso, entre otras
cosas, le hizo grande. Y eso nos hará grandes a nosotros
también.
“Nadie quiere morir. Ni
siquiera los que quieren ir al cielo desean morir, y sin
embargo, ese es el destino común de todos nosotros”
–afirma en su discurso. Cierto, nadie quiere morir, pero
saber que, cuando nos llegue ese destino común de todos
los hombres, ese Dios que ha dibujado los puntos de
nuestra vida, que ha vivido una vida como la nuestra y
que ha hecho de ida y vuelta el camino de la muerte, nos
acompañará en ese duro tránsito que no deseamos, es muy
consolador.
“La vida es corta –dice
Jobs. No perdáis el tiempo viviendo la vida de otros, no
os dejéis atrapar por el dogma, que es vivir según los
resultados de la vida de otros”. Muy cierto. Cuando el
dogma es algo que nos viene de fuera, que nos es
impuesto, que asumimos sin convicción, es una trampa que
nos atrapa y empobrece nuestra vida. Pero cuando, aunque
lo hayan pensado antes otros –nada hay nuevo bajo el
sol–, es algo que entendemos, que hacemos nuestro, carne
de nuestra carne y, sobre todo, que amamos porque vemos
en él la garantía de que los puntos de nuestra vida
tendrán sentido, entonces el dogma no es una trampa. Es
alegría y libertad. Es confianza y esperanza ante la
adversidad, ante los ladrillos con los que la vida nos
golpea. Es lo que nos hace hacer cada día lo que
haríamos si fuese el último día de nuestra vida. Es lo
que hace nuestra vida grande.
Acaba Jobs su discurso con
un consejo: “Stay hungry, stay foolish”. Si tradujese la
palabra “foolish”, fuera de este contexto, la traduciría
por estúpido, alocado, que es su significado corriente.
Pero no creo que encaje con lo que quería decirles Steve
Jobs a los alumnos de Stanford. Tal vez sería mejor algo
así como “no-sensato” –libre de esa sensatez del sabemos
perfectamente lo que queremos, que es diferente de
insensato–, ingenuo[1]
–como abierto a la posibilidad de que las cosas sean
buenas. Así, este consejo podría ser: “manteneos
hambrientos, manteneos ingenuos”. Me parece un excelente
consejo, que querría aplicarme a mí mismo hasta el día
de mi muerte.
Steve Jobs tampoco quería
morir. En su discurso expresaba la confianza en tener
por delante varias décadas más. Han sido sólo seis años.
Al final, el día en que tenía razón al decir que viviría
cada día de su vida como si fuese el último, le ha
llegado. Descanse en paz. Benedicto XVI, en su último
viaje a Alemania dijo en uno de sus discursos una frase
muy controvertida: “Los agnósticos que [...] tienen
deseo de un corazón puro, están más cercanos al Reino de
Dios que los fieles rutinarios [...], sin que su corazón
quede tocado por la fe”. No sé en qué creía o dejaba de
creer Steve Jobs, pero por sus palabras, creo que era
agnóstico. Pero no me parece que fuese un agnóstico
instalado tranquilamente en su agnosticismo. Si él
seguía los consejos que daba –y no me parece el tipo de
persona que diese consejos en los que no creyrse–,
estaba hambriento. Hambriento de saber, hambriento de
encontrar. Hambriento de Verdad. Hambriento de Belleza,
porque imagino que ese hambre no se pararía en la
caligrafía. Y era ingenuo, en el sentido etimológico de
la palabra. Creía en la posibilidad del Bien. Es decir,
hambriento de Verdad, Bondad, Belleza. Hambriento de
Dios que es LA Verdad, LA Bondad y LA Belleza, aunque no
supiese exactamente de qué tenía hambre. Por eso creo
que él estaba más cerca del Reino de Dios que muchos de
los que aceptamos todos los dogmas de forma más o menos
rutinaria, como el resultado de la vida de otros, sin el
fuego de la fe. Por eso creo, también, y lo deseo con
toda mi alma, que Dios le haya acogido en su seno. Y no
sólo lo creo y lo deseo, sino que rezo por ello. Espero
que desde el cielo inspire a muchos hombres y mujeres de
empresa su liderazgo positivo. Espero que desde allí
transmita a muchos la lección magistral de la Vida.
Descanse en paz Steve Jobs.
Fuente--http://actualidadyanalisis.blogspot.com/
[1] La etimología de ingenuo es “nacido libre”, para
distinguir a los nacidos libres de los libertos, nacidos
esclavos y que habían conseguido la libertad. Los
ingenuos no eran idiotas, pero tenían más fácil creer en
la bondad que los libertos, con el colmillo más
retorcido.
Venda sus
ideas como Steve Jobs Aprenda cómo el
expresidente de Apple, Steve Jobs, se preparaba para
presentar sus ideas al público. En la versión digital de
Businessweek, el presidente de Apple, reveló sus
técnicas para prepararse cuando va a vender sus ideas.
Unas técnicas sencillas y útiles que también le pueden
servir a usted.
1. Planee sus
presentaciones con papel y lápiz. Antes de crear la
presentación, en un tablero, haga una lluvia de ideas de
lo que va a contar. Todos los elementos de las historias
que Jobs vende son premeditados, planeados y conectados
antes de crear cualquier diapositiva.
2. Ponga una oración a
cada idea. Piense que está creando una frase para
escribir en su twitter, es decir, de máximo 140
caracteres. Un ejemplo es: “The world’s thinnest
notebook” (El portátil más delgado del mundo)
3. Cree un villano. Esta
figura permitirá que la audiencia gire alrededor del
héroe (usted y su producto o servicio). No debe ser
necesariamente su competidor, en cambio, use un problema
que su producto esté solucionando.
4. Enfóquese en los
beneficios. Su audiencia solamente necesita saber cómo
lo que usted está ofreciendo mejora sus vidas. Cada uno
de sus posibles clientes tiene unas necesidades y para
usted deben ser lo más importante.
5. Presentaciones de tres
partes. Según Jobs, así tenga una infinidad de cosas que
decir sobre su idea, la audiencia sólo es capaz de
retener tres o cuatro puntos de lo que usted diga. Diga
lo más importante, pues lo demás lo olvidarán.
6. Venda sueños, no
servicios. El presidente de Apple, no vende
computadores, él vende la promesa de un mundo mejor.
Cuando Jobs lanzó el iPod en 2001, dijo: “In our small
way we’re going to make the world a better place” (De
nuestra pequeña manera, haremos del mundo un lugar
mejor).
7. Diseñe diapositivas
visuales. En las presentaciones de Steve Jobs solo se
verán fotografías e imágenes. Entre más simple la
presentación, será mejor y la idea se quedará más fácil
en la mente de sus posibles clientes.
8. Haga que los números se
entiendan. Dentro de sus presentaciones, ponga las
cifras grandes en un contexto relevante para su
audiencia. Busque analogías y comparaciones para que la
cifra tome relevancia para su audiencia.
9. Use términos sencillos.
El lenguaje de uno de los hombres más influyente del
mundo es simple. No use términos raros, sea claro y
directo.
10. Practique, practique y
practique. Jobs gasta horas ensayando cada fase de sus
presentaciones. Piense que va a presentarse en una obra
de teatro. El éxito de toda presentación depende de los
esfuerzos que haga antes de hacerla.
Más de cincuenta años
después de que el fundador de Apple fue dado en
adopción, apareció su padre biológico. Esta es la
historia de Abdulfattah 'John' Jandali, un inmigrante
sirio que falló en su intento de contactar a su hijo.
Jandali
nació en Siria y se trasladó a Estados Unidos en 1952.
Por esa época se enamoró de Joanne Schieble, quien quedó
embarazada de Steve Jobs.
Más
de cincuenta años después de que el fundador de Apple
fue dado en adopción, apareció su padre biológico. Esta
es la historia de Abdulfattah 'John' Jandali, un
inmigrante sirio que falló en su intento de contactar a
su hijo.
A pesar de ser uno de los
hombres más influyentes del mundo, Steve Jobs siempre se
las arregló para mantener su vida privada alejada de la
prensa. Rara vez daba entrevistas y nadie sabe a ciencia
cierta cómo son sus hijos, pues en los medios no
circulan imágenes de ellos. Mantuvo un perfil tan bajo
que, de hecho, en una encuesta realizada por la
organización Pew Research Center, solo el 41 por ciento
de los estadounidenses lo identificaban como el creador
de Apple.
Como es natural, su
muerte, el 5 de octubre, ha aumentado las especulaciones
sobre su pasado. Aparte de las excentricidades que ya
son casi leyenda, como su fama de jefe exigente o su
costumbre de estacionar su Mercedes-Benz en espacios
reservados para minusválidos, solo ahora empiezan a
aparecer detalles de su familia biológica. Steve fue
dado en adopción cuando nació y desde entonces perdió
contacto con sus padres, Joanne Carole Schieble y
Abdulfattah 'John' Jandali. Hace unos años, contrató a
un detective privado para que diera con el paradero de
su mamá y su hermana, Mona Simpson, pero jamás se
preocupó por el de su papá.
El diario The Wall Street
Journal decidió ir a buscarlo y lo encontró en un casino
de Reno, Nevada, donde trabaja como gerente. Era
imposible no reconocerlo, pues guarda un impresionante
parecido con Jobs. Hijo de una familia terrateniente,
Jandali nació en 1931 en Homs, la tercera ciudad más
grande de Siria. Cuando cumplió 21 años, se trasladó a
Estados Unidos a cursar un doctorado en Ciencia Política
en la Universidad de Wisconsin, en Madison. Allí,
conoció a Joanne, una estudiante de origen alemán con la
que tenía planes de casarse.
Sin embargo, el papá de
ella nunca aprobó su relación. Por eso, cuando quedó
embarazada la obligó a dar al niño en adopción para
evitar un escándalo. Jandali asegura que ella nunca le
contó y simplemente desapareció. La joven escapó a San
Francisco, donde conoció a Paul y Clara Jobs, una pareja
de armenios de clase media que no habían podido tener
hijos. Aceptó entregarles su bebé, y aunque ninguno de
los dos tenía un título profesional, le prometieron que
lo matricularían en una universidad.
Paul, un operario de
máquinas que ni siquiera se había graduado del colegio,
le inculcó su fascinación por los objetos electrónicos;
mientras que Clara, una contadora que no alcanzó a
obtener el diploma, le enseñó a leer desde muy pequeño.
Pese a las dificultades económicas de la época, Steve
creció en un hogar estable en Mountain View, una ciudad
cercana a Palo Alto, California. Empezó a estudiar en la
universidad privada de Reed College, pero no duró mucho
porque la matrícula era muy cara y todavía trataba de
descubrir su vocación.
Entre tanto, Joanne
regresó a Madison y, poco después, murió su padre. Eso
le dejó el camino libre para casarse con Jandali, quien
la animó a empezar una vida nueva en Siria. Su objetivo
era trabajar como diplomático, pero las cosas no
resultaron según lo planeado. Consiguió empleo en una
refinería de petróleos y Joanne se devolvió a Estados
Unidos, donde tuvo a Mona. Jandali regresó meses más
tarde para dictar clase en diferentes universidades del
país, lo que le impedía pasar tiempo con su familia. La
pareja finalmente se divorció en 1960 y a partir de ese
momento él perdió contacto con su hija.
Solo se reencontraron
cuando Mona ya era una exitosa escritora y Jandali, un
administrador de restaurantes. Ahora son buenos amigos y
se ven un par de veces al año. Ella reconoce que el
fantasma del padre que la abandonó la marcó por siempre
y, de hecho, en 1993 publicó The Lost Father, una novela
sobre una estudiante de Medicina que busca a su
progenitor.
Pese a que ya han pasado
más de cincuenta años, Jandali aún vive con
remordimientos e insiste en que de haber tenido una
segunda oportunidad, seguramente habría hecho las cosas
distintas. Recuerda que cuando descubrió que su hijo era
Steve Jobs, en 2005, todos los días veía en YouTube sus
célebres presentaciones de los productos Apple. Para esa
época, al genio de la tecnología le acababan de
diagnosticar cáncer de páncreas, por lo que Jandali tomó
la iniciativa de escribirle por correo electrónico. "No
sé por qué lo hice. Supongo que fue porque me sentía mal
por su salud -confesó a The Wall Street Journal-. Él
tenía su vida, yo tenía la mía, y no estábamos en
contacto. Si hubiéramos hablado, no sé qué le habría
dicho".
Aún así siguió
insistiendo. Le enviaba mensajes cortos con un "Feliz
cumpleaños" o "Espero que te mejores pronto", que Steve
apenas respondía con un simple "Gracias". Jandali
sostiene que recibió el último correo seis semanas antes
de su muerte. Cuando Jobs anunció su retiro de la
compañía, en agosto pasado, el sirio dio entrevistas a
varios medios británicos tal vez con la esperanza de que
este aceptara verlo para tomarse un café "antes de que
fuera demasiado tarde". Sin embargo, los esfuerzos
resultaron en vano y Jobs nunca le dio el chance de
conocerse, como sí lo hizo con su madre biológica y su
hermana.
Steve mencionó a Joanne
en el famoso discurso que pronunció en la Universidad de
Stanford, en junio de 2005, y, según varios allegados,
solía invitarla a las reuniones familiares. También se
volvió íntimo de Mona, a quien describía como una de sus
"mejores amigas". Ella llegó a conocerlo tan bien que
escribió el único libro que da una idea de su verdadera
personalidad bajo el título de A Regular Guy, en 1997.
Por culpa de esta novela, que cuenta la historia de un
empresario de Silicon Valley llamado Tom Owens, Mona y
Steve tuvieron una dura pelea, pues aunque parecía
ficción, era evidente que estaba basada en la vida de
él.
La obra narra la batalla
legal que Jobs enfrentó durante varios años por negar a
su hija mayor, Lisa Brennan. Llegó incluso a juramentar
en un documento ante la Corte que era imposible que
fuera su padre porque era infértil. No pudo sostener la
mentira por mucho tiempo y, al final, aceptó que Lisa
había sido fruto de su relación con Chris-Ann, su novia
del bachillerato. Además, la teoría quedó desvirtuada
cuando Steve se casó con Laurene Powell en 1991, con
quien tuvo tres hijos: Reed, de 20 años; Erin, de 16, y
Eve, de 13.
Jandali no conoce a
ninguno de sus nietos y hoy lleva una vida normal en
Reno. Se enteró de la muerte de Jobs porque un
desconocido lo llamó a ofrecerle condolencias minutos
después de que la noticia estalló en los medios. Aunque
sabe que la historia pudo haber sido otra, intenta no
atormentarse. Luego de firmar los papeles de divorcio
con su primera esposa, se casó de nuevo, enviudó y
volvió al altar en 2006. De Mona conserva sobre su
escritorio un portarretratos con una foto que descargó
de internet. Y de Steve tiene todas sus creaciones: un
portátil Mac, un iPad y un iPhone 4.