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Así fue la vida de Steve Jobs, el hombre que transformó los hábitos de varias generaciones
Steve Jobs murió a los 55 años el miércoles 4 de octubre de 2011
Steve Paul Jobs, cofundador y presidente de Apple Computer, uno de los mayores innovadores en la industria informática, ha fallecido hoy después de transformar los hábitos de consumo de varias generaciones con productos como el iPod, el iPhone o el iPad.

Jobs revolucionó el mundo de los ordenadores con el lanzamiento del Macintosh y en el siglo XXI la industria de consumo con tres de los aparatos electrónicos más exitosos de la historia: el iPod, el iPhone y el iPad.

Nacido el 24 de febrero de 1955 en Los Altos (California, EU), fue adoptado a los pocos meses de vida por Paul y Clara Jobs.

Tras terminar el bachillerato en el instituto Homestead de Mountain View, ingresó en el Reed College en Portland, Oregón, pero abandonó los estudios universitarios un semestre más tarde.

En esa época, se interesó por la filosofía y la contracultura, llegando a viajar a la India en busca de iluminación espiritual.

Después de unas prácticas en 1974 en la empresa Hewlett-Packard en Palo Alto, fue contratado por Atari Inc. como diseñador de videojuegos.

En compañía del ingeniero Steve Wozniak, un viejo amigo del instituto con quien compartía su pasión por la electrónica y la mística religiosa, y de Ronald Gerald Wayne, se volcó desde 1974 en el desarrollo de una computadora dirigida a usuarios sin grandes conocimientos informáticos.

La capacidad visionaria de Jobs y la preparación técnica de Wozniak dieron sus frutos en 1976 con la creación en un garaje del Apple I, que consistía en un teclado combinado a un microprocesador y con conexión a un monitor. Ese año fundaron Apple Computer.

El Apple II, sucesor del I, se convirtió en el primer ordenador de consumo masivo, los pedidos llovieron y Apple pasó a ser la empresa de mayor crecimiento en EEUU, facturando en 1983 2.000 millones de dólares.

Tras el Apple II, Jobs y Wozniak revolucionaron el mundo de la industria informática con el lanzamiento en 1984 del "Macintosh", considerado el primer ordenador que responde al concepto de PC (ordenador personal).

El nombramiento en 1983 del ex presidente de Pepsi-Cola, John Sculley, como máximo ejecutivo de la empresa, trajo las primeras desavenencias entre Jobs y la compañía de la manzana.

Además los roces con su antiguo compañero y amigo, Steve Wozniak, tuvieron como resultado la salida en 1985 de Apple de este último, el mismo año en que Jobs presentó su dimisión.

Tras abandonar Apple, creó en 1986 los Estudios de Animación Pixar, fundados sobre la división de animación de "Lucas Film" comprados a George Lucas por 50 millones de dólares. En 1989 la nueva empresa consiguió el Óscar a la mejor película de animación con el cortometraje "Tin Toy" y en 1996 el segundo con "Toy Story", el primer largometraje realizado íntegramente por ordenador.

En 2005 vendió Pixar a Disney por 7.400 millones de dólares, lo que le convirtió en el mayor accionista de Disney.

Su otra aventura empresarial, NeXTComputer, fue menos exitosa y cerró su división de máquinas en 1993, tras lanzar su primer ordenador en 1989.

Steve Jobs volvió a Apple en diciembre de 1996 con el cargo de asesor interino y mas tarde como presidente con el sueldo de 1 dólar, lo que le hizo pasar al libro Guiness de los Records como el ejecutivo peor pagado.

En agosto de 1997 anunció un acuerdo con su hasta entonces rival Microsoft, que invirtió 150 millones de dólares en Apple.

El lanzamiento en 1998 del iMac, un PC de diseño vanguardista y ordenador multimedia completo, levantó a la compañía, un éxito de ventas que revalorizó un 50% las acciones de Apple.

El Imac tuvo en el Ibook su continuación en el mercado de los ordenadores portátiles.

La consolidación de Apple como marca de referencia de la electrónica de consumo empezó en 2001 con el lanzamiento del Ipod, un reproductor de música y contenidos multimedia del que se han vendido más de 220 millones de unidades hasta 2009.

Su siguiente paso para convertir los productos de la compañía de la manzana en iconos del consumo más sofisticado y fetichista fue el Iphone, un teléfono inteligente de pantalla táctil con conexión a internet, que se lanzó en 2007 y del que se vendieron 50 millones de unidades hasta abril de 2010.

Del Ipad, un ordenador tipo tableta con conexión inalámbrica a internet, se vendieron más tres millones de unidades en todo el mundo en los primeros tres meses en el mercado.

Steve Jobs, que ya había sufrido un cáncer de páncreas, anunció el 14 de enero de 2009 su retirada temporal, al empeorar su salud. Tras recibir un trasplante de hígado y experimentar una mejoría retomó su trabajo el 29 de junio de 2009, aunque el 17 de enero de 2011 anunció de nuevo su baja temporal.

Abandonó el cargo de consejero delegado de la compañía el 25 de agosto de 2011, aunque se reservó la presidencia de la junta directiva.

La respuesta de los mercados ante las bajas médicas y su abandono de las responsabilidades en la misma han dejado claro lo íntimamente ligado que está el nombre de Steve Jobs al futuro de Apple. EFE


Célebre Discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford
Sin duda uno de los discursos más famosos de la historia es el que diera Steve Jobs en la Universidad de Stanford en el 2005.  En este discurso Steve nos cuenta 3 interesantes e imperdibles historias, una de ellas relacionada con la muerte.

 

Debajo del video encontrarás la trascripción del discurso

Gracias.

Tengo el honor de estar hoy aquí con vosotros en vuestro comienzo en una de las mejores universidades del mundo. La verdad sea dicha, yo nunca me gradué.

A decir verdad, esto es lo más cerca que jamás he estado de una graduación universitaria.

Hoy os quiero contar tres historias de mi vida. Nada especial. Sólo tres historias.

La primera historia versa sobre “conectar los puntos”.

Dejé la Universidad de Reed tras los seis primeros meses, pero después seguí vagando por allí otros 18 meses, más o menos, antes de dejarlo del todo. Entonces, ¿por qué lo dejé?

Comenzó antes de que yo naciera.

Mi madre biológica era una estudiante joven y soltera, y decidió darme en adopción. Ella tenía muy claro que quienes me adoptaran tendrían que ser titulados universitarios, de modo que todo se preparó para que fuese adoptado al nacer por un abogado y su mujer.

Solo que cuando yo nací decidieron en el último momento que lo que de verdad querían era una niña.

Así que mis padres, que estaban en lista de espera, recibieron una llamada a medianoche preguntando:

“Tenemos un niño no esperado; ¿lo queréis?”

“Por supuesto”, dijeron ellos.

Mi madre biológica se enteró de que mi madre no tenía titulación universitaria, y que mi padre ni siquiera había terminado el bachillerato, así que se negó a firmar los documentos de adopción. Sólo cedió, meses más tarde, cuando mis padres prometieron que algún día yo iría a la universidad.

Y 17 años más tarde fui a la universidad. Pero de forma descuidada elegí una universidad que era casi tan cara como Stanford, y todos los ahorros de mis padres, de clase trabajadora, los estaba gastando en mi matrícula.

Después de seis meses, no le veía propósito alguno. No tenía idea de qué quería hacer con mi vida, y menos aún de cómo la universidad me iba a ayudar a averiguarlo.

Y me estaba gastando todos los ahorros que mis padres habían conseguido a lo largo de su vida. Así que decidí dejarlo, y confiar en que las cosas saldrían bien.

En su momento me dio miedo, pero en retrospectiva fue una de las mejores decisiones que nunca haya tomado.

En el momento en que lo dejé, ya no fui más a las clases obligatorias que no me interesaban y comencé a meterme en las que parecían interesantes. No era idílico. No tenía dormitorio, así que dormía en el suelo de las habitaciones de mis amigos, devolvía botellas de Coca Cola por los 5 céntimos del envase para conseguir dinero para comer, y caminaba más de 10 Km los domingos por la noche para comer bien una vez por semana en el templo de los Hare Krishna.

Me encantaba.

Y muchas cosas con las que me fui topando al seguir mi curiosidad e intuición resultaron no tener precio más adelante.

Os daré un ejemplo.

En aquella época la Universidad de Reed ofrecía la que quizá fuese la mejor formación en caligrafía del país. En todas partes del campus, todos los póster, todas las etiquetas de todos los cajones, estaban bellamente caligrafiadas a mano.

Como ya no estaba matriculado y no tenía clases obligatorias, decidí atender al curso de caligrafía para aprender cómo se hacía.

Aprendí cosas sobre el serif y tipografías sans serif, sobre los espacios variables entre letras, sobre qué hace realmente grande a una gran tipografía.

Era sutilmente bello, histórica y artísticamente, de una forma que la ciencia no puede capturar, y lo encontré fascinante. Nada de esto tenía ni la más mínima esperanza de aplicación práctica en mi vida. Pero diez años más tarde, cuando estábamos diseñando el primer ordenador Macintosh, todo eso volvió a mí.

Y diseñamos el Mac con eso en su esencia. Fue el primer ordenador con tipografías bellas. Si nunca me hubiera dejado caer por aquél curso concreto en la universidad, el Mac jamás habría tenido múltiples tipografías, ni caracteres con espaciado proporcional. Y como Windows no hizo más que copiar el Mac, es probable que ningún ordenador personal los tuviera ahora. Si nunca hubiera decidido dejarlo, no habría entrado en esa clase de caligrafía y los ordenadores personales no tendrían la maravillosa tipografía que poseen.

Por supuesto, era imposible conectar los puntos mirando hacia el futuro cuando estaba en clase, pero fue muy, muy claro al mirar atrás diez años más tarde.

Lo diré otra vez: no puedes conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes hacerlo hacia atrás. Así que tenéis que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro. Tienes que confiar en algo, tu instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea.

Esta forma de actuar nunca me ha dejado tirado, y ha marcado la diferencia en mi vida.

Mi segunda historia es sobre el amor y la pérdida.

Tuve suerte — supe pronto en mi vida qué era lo que más deseaba hacer. Woz y yo creamos Apple en la cochera de mis padres cuando tenía 20 años. Trabajamos mucho, y en diez años Apple creció de ser sólo nosotros dos a ser una compañía valorada en 2 mil millones de dólares y 4.000 empleados.

Hacía justo un año que habíamos lanzado nuestra mejor creación — el Macintosh — un año antes, y hacía poco que había cumplido los 30.

Y me despidieron.

¿Cómo te pueden echar de la empresa que tú has creado?

Bueno, mientras Apple crecía contratamos a alguien que yo creía muy capacitado para llevar la compañía junto a mí, y durante el primer año, más o menos, las cosas fueron bien. Pero luego nuestra perspectiva del futuro comenzó a ser distinta y finalmente nos apartamos completamente. Cuando eso pasó, nuestra Junta Directiva se puso de su parte.

Así que a los 30 estaba fuera. Y de forma muy notoria.

Lo que había sido el centro de toda mi vida adulta se había ido y fue devastador.

Realmente no supe qué hacer durante algunos meses. Sentía que había dado de lado a la anterior generación de emprendedores, que había soltado el testigo en el momento en que me lo pasaban. Me reuní con David Packard [de HP] y Bob Noyce [Intel], e intenté disculparme por haberlo fastidiado tanto. Fue un fracaso muy notorio, e incluso pensé en huir del valle [Silicon Valley].

Pero algo comenzó a abrirse paso en mí — aún amaba lo que hacía. El resultado de los acontecimientos en Apple no había cambiado eso ni un ápice. Había sido rechazado, pero aún estaba enamorado. Así que decidí comenzar de nuevo.

No lo vi así entonces, pero resultó ser que el que me echaran de Apple fue lo mejor que jamás me pudo haber pasado.

Había cambiado el peso del éxito por la ligereza de ser de nuevo un principiante, menos seguro de las cosas. Me liberó para entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida. Durante los siguientes cinco años, creé una empresa llamada NeXT, otra llamada Pixar, y me enamoré de una mujer asombrosa que se convertiría después en mi esposa.

Pixar llegó a crear el primer largometraje animado por ordenador, Toy Story, y es ahora el estudio de animación más exitoso del mundo. En un notable giro de los acontecimientos, Apple compró NeXT, yo regresé a Apple y la tecnología que desarrollamos en NeXT es el corazón del actual renacimiento de Apple. Y Laurene y yo tenemos una maravillosa familia.

Estoy bastante seguro de que nada de esto habría ocurrido si no me hubieran echado de Apple. Creo que fue una medicina horrible, pero supongo que el paciente la necesitaba. A veces, la vida te da en la cabeza con un ladrillo. No perdáis la fe. Estoy convencido de que la única cosa que me mantuvo en marcha fue mi amor por lo que hacía. Tenéis que encontrar qué es lo que amáis. Y esto vale tanto para vuestro trabajo como para vuestros amantes.

El trabajo va a llenar gran parte de vuestra vida, y la única forma de estar realmente satisfecho es hacer lo que consideréis un trabajo genial. Y la única forma de tener un trabajo genial es amar lo que hagáis. Si aún no lo habéis encontrado, seguid buscando.

No os conforméis.

Como en todo lo que tiene que ver con el corazón, lo sabréis cuando lo hayáis encontrado. Y como en todas las relaciones geniales, las cosas mejoran y mejoran según pasan los años. Así que seguid buscando hasta que lo encontréis.

No os conforméis.

Mi tercera historia es sobre la muerte.

Cuando tenía 17 años, leí una cita que decía algo como: “Si vives cada día como si fuera el último, algún día tendrás razón”. Me marcó, y desde entonces, durante los últimos 33 años, cada mañana me he mirado en el espejo y me he preguntado: “Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy?” Y si la respuesta era “No” durante demasiados días seguidos, sabía que necesitaba cambiar algo.

Recordar que voy a morir pronto es la herramienta más importante que haya encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones de mi vida.

Porque prácticamente todo, las expectativas de los demás, el orgullo, el miedo al ridículo o al fracaso se desvanece frente a la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante.

Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay razón para no seguir tu corazón.

Hace casi un año me diagnosticaron cáncer.

Me hicieron un chequeo a las 7:30 de la mañana, y mostraba claramente un tumor en el páncreas. Ni siquiera sabía qué era el páncreas. Los médicos me dijeron que era prácticamente seguro un tipo de cáncer incurable y que mi esperanza de vida sería de tres a seis meses. Mi médico me aconsejó que me fuese a casa y dejara zanjados mis asuntos, forma médica de decir: prepárate a morir.

Significa intentar decirle a tus hijos en unos pocos meses lo que ibas a decirles en diez años. Significa asegurarte de que todo queda atado y bien atado, para que sea tan fácil como sea posible para tu familia. Significa decir adiós.

Viví todo un día con ese diagnóstico.

Luego, a última hora de la tarde, me hicieron una biopsia, metiéndome un endoscopio por la garganta, a través del estómago y el duodeno, pincharon el páncreas con una aguja para obtener algunas células del tumor. Yo estaba sedado, pero mi esposa, que estaba allí, me dijo que cuando vio las células al microscopio el médico comenzó a llorar porque resultó ser una forma muy rara de cáncer pancreático que se puede curar con cirugía.

Me operaron, y ahora estoy bien. Esto es lo más cerca que he estado de la muerte, y espero que sea lo más cerca que esté de ella durante algunas décadas más. Habiendo vivido esto, ahora os puedo decir esto con más certeza que cuando la muerte era un concepto útil, pero puramente intelectual:

Nadie quiere morir.

Ni siquiera la gente que quiere ir al cielo quiere morir para llegar allí. Y sin embargo la muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y así tiene que ser, porque la Muerte es posiblemente el mejor invento de la Vida. Es el agente de cambio de la Vida. Retira lo viejo para hacer sitio a lo nuevo.

Ahora mismo lo nuevo sois vosotros, pero dentro de no demasiado tiempo, de forma gradual, os iréis convirtiendo en lo viejo, y seréis apartados. Siento ser tan dramático, pero es bastante cierto. Vuestro tiempo es limitado, así que no lo gastéis viviendo la vida de otro.

No os dejéis atrapar por el dogma que es vivir según los resultados del pensamiento de otros.

No dejéis que el ruido de las opiniones de los demás ahogue vuestra propia voz interior.

Y lo más importante, tened el coraje de seguir a vuestro corazón y vuestra intuición.

De algún modo ellos ya saben lo que tú realmente quieres ser.

Todo lo demás es secundario.

Cuando era joven, había una publicación asombrosa llamada The Whole Earth Catalog [Catálogo de toda la Tierra], una de las biblias de mi generación. La creó un tipo llamado Stewart Brand no lejos de aquí, en Menlo Park y la trajo a la vida con su toque poético. Eran los últimos años 60, antes de los ordenadores personales y la autoedición, así que se hacía con máquinas de escribir, tijeras, y cámaras Polaroid. Era como Google con tapas de cartulina, 35 años de que llegara Google, era idealista, y rebosaba de herramientas claras y grandes conceptos. Stewart y su equipo sacaron varios números del The Whole Earth Catalog, y cuando llegó su momento, sacaron un último número.

Fue a mediados de los 70, y yo tenía vuestra edad.

En la contraportada de su último número había una fotografía de una carretera por el campo a primera hora de la mañana, la clase de carretera en la que podrías encontrarte haciendo autoestop si sois aventureros. Bajo ella estaban las palabras:

“Sigue hambriento. Sigue alocado”.

Era su último mensaje de despedida. Sigue hambriento. Sigue alocado.

Y siempre he deseado eso para mí. Y ahora, cuando os graduáis para comenzar de nuevo, os deseo eso a vosotros.

Seguid hambrientos. Seguid alocados.

Muchísimas gracias a todos.


Descanse en paz Steve Jobs
SOCIEDAD / Tomás Alfaro
Es difícil decir algo sobre Steve Jobs, unos días después de su muerte, tras los ríos de tinta que han corrido.

Yo quiero, no obstante, aportar mi pequeño grano de arena. Y lo voy a hacer tras volver a ver, por enésima vez, su discurso a los graduados de la Universidad de Stanford en 2005, hace poco más de seis años. Imagino que todo el que lea estas líneas lo habrá visto, pero si alguien no lo ha hecho, que no deje de hacerlo.

Su discurso no fue un discurso académico. Empezó manifestando públicamente, y no sin cierto orgullo, que él jamás se había graduado. Había en su tono un cierto desprecio por la institución universitaria. Desprecio que comparto. Porque, lamentablemente, la Universidad –en general, con honrosas excepciones– se ha convertido en una institución que vende saber enlatado, pero no pensamiento, técnicas orientadas a un supuesto éxito inmediato, pero no hacia la vida. En algún punto de la historia le ha pasado lo que decía el poeta T. S. Elliot: “¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo, dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento, dónde el conocimiento que hemos perdido en la información?” Por eso, su discurso fue sobre la vida. Sobre su vida. Contó tres sencillas pero profundas historias.

A la primera le dio el título de “connecting dots”. Los que nacimos en los años ´50 –él nació en el 55, yo en el 51– recordamos, seamos españoles o americanos, esos pasatiempos en los que aparecían unos puntos numerados. Si, con un utensilio antediluviano llamado lápiz, los uníamos siguiendo el orden, iba apareciendo poco a poco, de una manera casi mágica, la imagen de un águila o de un león. Pero sólo al final del proceso veías lo que se había formado.

Así veía su vida Steve Jobs. Desde ese momento del 2005, hasta antes de su nacimiento. Efectivamente, Jobs fue hijo de una joven estudiante preuniversitaria. Fue lo que hoy llamaríamos un hijo no deseado. Si en vez de correr el año 1955, esto hubiese ocurrido en nuestros días, Jobs hubiese tenido una altísima probabilidad de haber sido abortado. Y estoy seguro de que entre los millones de niños no deseados que acaban hoy cada año en el cubo de la basura de alguna clínica abortista hay bastantes Steves Jobs en el campo de la empresa, la política, el arte, la ciencia y otras muchas disciplinas. Imaginad un mundo con veinte Jobs más, pintores o músicos, veinte más, empresarios, veinte más, políticos, veinte más, científicos. Todos ellos líderes positivos en sus respectivos campos. El mundo sería más rico con ellos. Pero no están, los hemos condenado a las cloacas y somos mucho más pobres. Lloremos hoy también sobre sus cadáveres.

Pero, más adelante, ya en la universidad, dejó toda carrera reglada y se dedicó a estudiar, a su aire, cosas tan aparentemente inútiles como caligrafía. Gracias a eso, nos dice, cuando fundó Apple, se empeñó en que los tipos de letra fuesen bellos y abríó esa senda para los que le copiaron después. E imagino que también le llevó a que, además de tipos agradables de leer, el manejo fuese amigable, fácil, con iconos intuitivos. Si no hubiese sido por ello, hoy en día habría sólo dos millones de ordenadores relegados tan sólo para el uso de expertos. Y eligió estudiar caligrafía, porque amaba ese estudio. Y aprendió con ello que todo había que hacerlo con amor. Confiad –decía, más o menos, a los alumnos de Stanford– en que si hacéis las cosas con amor los puntos que conectéis tendrán sentido. Y textualmente: “Tenéis que confiad en algo, ya sea en vuestro Dios, en el destino, en la vida, en el karma, en lo que sea”. Ahí es donde discrepo respetuosamente de Jobs, porque si tengo que confiar en que algo ha preparado los puntos de mi vida para que una vez conectados tengan sentido, prefiero hacerlo en alguien más que en algo. Y en alguien que sea todopoderoso, sabio, bueno y que me quiera. Mejor eso que en un ciego destino, o en la misma vida que estoy intentando construir o en un karma ciego escrito por un ente impersonal que no sabe lo que es el amor. Más aún, en un alguien que cuando me cargo el dibujo uniendo los puntos mal unidos, si le dejo –sólo si le dejo– rediseña todo para que, a pesar de mi desaguisado pueda volver a construir un dibujo nuevo. Y ese alguien todopoderoso, sabio, bueno y que me quiere, en el que creo que puedo confiar, es el Dios encarnado en Jesucristo. Y a ese continuo rediseño de nuestros puntos, le llamamos Providencia. No azar, ni destino, ni avatares de la vida ni karma. Providencia.

La segunda historia de Jobs a los alumnos de Stanford hablaba del amor y la pérdida. Del amor al trabajo con el que creó Apple y de la pérdida que sufrió cuando le echaron de la empresa fundada por él. Pensó en dejarlo todo, pero lo que le mantuvo es que se dio cuanta de que, a pesar de lo que había pasado, aún amaba lo que hacía. Y volvió a empezar de cero, sin las seguridades a las que había empezado a acostumbrarse. Y desde esa falta de seguridades empezó la fase más creativa de su vida. Fundó dos empresas y una familia. Y se dio cuenta de que cuando se encuentra aquello que se ama, sea trabajo o familia, si se persevera en ese amor, las cosas mejoran con los años. Efectivamente, años después, los puntos se conectaron y esa creatividad nacida de la pérdida de Apple, le llevó a crear dos empresas. Una de ellas, con una tecnología revolucionaria, fue comprada por Apple poco después, y Jobs volvió a tomar el timón de su antigua compañía. Nada de eso hubiera sido posible –decía Jobs– si no me hubieran echado de Apple. “A veces la vida te da con un ladrillo en la cabeza: No perdáis la fe” –afirma Jobs. ¿Qué fe nos puede ayudar en esos momentos –me pregunto yo– a creer que los puntos de la vida tienen sentido? ¿La fe en el destino, en la vida, en el karma? ¿O la fe en un Dios más fuerte y sabio que todas esas cosas y que nos ama hasta compartir la vida con nosotros?

La tercera historia de Jobs versaba sobre la muerte. Un diagnóstico parcialmente falso de un cáncer de páncreas, le hizo creer que le quedaban sólo unas semanas de vida. Entonces se acordó de una frase que oyó siendo aún adolescente: “Si uno vive cada día como si fuese el último de su vida, algún día, tendrá razón”. “Todos los días –afirmaba en su discurso –me miraba al espejo y me preguntaba: si éste fuese el último día de mi vida, ¿haría lo que voy a hacer hoy? Y si me contestaba que no varios días seguidos, sabía que tenía que cambiar algo”. Pero eso no le llevó a dejar sus amores, trabajo, familia, para hacer vaya usted a saber qué idioteces, sino a reafirmarse en su vocación. Porque eso es lo que significa vocación, hacer aquello que es el más profundo anhelo de tu corazón. Decía: “Tened el valor de seguir a vuestro corazón y a vuestro instinto. Ellos saben lo que realmente queréis ser”. ¿Lo saben –me pregunto yo? Si, lo saben. Pero tener un consejero, alguien que sea sabio y que nos quiera, no es mala cosa para ayudarnos a discernir con libertad entre la avalancha de cosas que tan a menudo nos desorientan. Efectivamente, él vivió cada día como si fuese el último y eso, entre otras cosas, le hizo grande. Y eso nos hará grandes a nosotros también.

“Nadie quiere morir. Ni siquiera los que quieren ir al cielo desean morir, y sin embargo, ese es el destino común de todos nosotros” –afirma en su discurso. Cierto, nadie quiere morir, pero saber que, cuando nos llegue ese destino común de todos los hombres, ese Dios que ha dibujado los puntos de nuestra vida, que ha vivido una vida como la nuestra y que ha hecho de ida y vuelta el camino de la muerte, nos acompañará en ese duro tránsito que no deseamos, es muy consolador.

“La vida es corta –dice Jobs. No perdáis el tiempo viviendo la vida de otros, no os dejéis atrapar por el dogma, que es vivir según los resultados de la vida de otros”. Muy cierto. Cuando el dogma es algo que nos viene de fuera, que nos es impuesto, que asumimos sin convicción, es una trampa que nos atrapa y empobrece nuestra vida. Pero cuando, aunque lo hayan pensado antes otros –nada hay nuevo bajo el sol–, es algo que entendemos, que hacemos nuestro, carne de nuestra carne y, sobre todo, que amamos porque vemos en él la garantía de que los puntos de nuestra vida tendrán sentido, entonces el dogma no es una trampa. Es alegría y libertad. Es confianza y esperanza ante la adversidad, ante los ladrillos con los que la vida nos golpea. Es lo que nos hace hacer cada día lo que haríamos si fuese el último día de nuestra vida. Es lo que hace nuestra vida grande.

Acaba Jobs su discurso con un consejo: “Stay hungry, stay foolish”. Si tradujese la palabra “foolish”, fuera de este contexto, la traduciría por estúpido, alocado, que es su significado corriente. Pero no creo que encaje con lo que quería decirles Steve Jobs a los alumnos de Stanford. Tal vez sería mejor algo así como “no-sensato” –libre de esa sensatez del sabemos perfectamente lo que queremos, que es diferente de insensato–, ingenuo[1] –como abierto a la posibilidad de que las cosas sean buenas. Así, este consejo podría ser: “manteneos hambrientos, manteneos ingenuos”. Me parece un excelente consejo, que querría aplicarme a mí mismo hasta el día de mi muerte.

Steve Jobs tampoco quería morir. En su discurso expresaba la confianza en tener por delante varias décadas más. Han sido sólo seis años. Al final, el día en que tenía razón al decir que viviría cada día de su vida como si fuese el último, le ha llegado. Descanse en paz. Benedicto XVI, en su último viaje a Alemania dijo en uno de sus discursos una frase muy controvertida: “Los agnósticos que [...] tienen deseo de un corazón puro, están más cercanos al Reino de Dios que los fieles rutinarios [...], sin que su corazón quede tocado por la fe”. No sé en qué creía o dejaba de creer Steve Jobs, pero por sus palabras, creo que era agnóstico. Pero no me parece que fuese un agnóstico instalado tranquilamente en su agnosticismo. Si él seguía los consejos que daba –y no me parece el tipo de persona que diese consejos en los que no creyrse–, estaba hambriento. Hambriento de saber, hambriento de encontrar. Hambriento de Verdad. Hambriento de Belleza, porque imagino que ese hambre no se pararía en la caligrafía. Y era ingenuo, en el sentido etimológico de la palabra. Creía en la posibilidad del Bien. Es decir, hambriento de Verdad, Bondad, Belleza. Hambriento de Dios que es LA Verdad, LA Bondad y LA Belleza, aunque no supiese exactamente de qué tenía hambre. Por eso creo que él estaba más cerca del Reino de Dios que muchos de los que aceptamos todos los dogmas de forma más o menos rutinaria, como el resultado de la vida de otros, sin el fuego de la fe. Por eso creo, también, y lo deseo con toda mi alma, que Dios le haya acogido en su seno. Y no sólo lo creo y lo deseo, sino que rezo por ello. Espero que desde el cielo inspire a muchos hombres y mujeres de empresa su liderazgo positivo. Espero que desde allí transmita a muchos la lección magistral de la Vida.

Descanse en paz Steve Jobs.

 Fuente--http://actualidadyanalisis.blogspot.com/

[1] La etimología de ingenuo es “nacido libre”, para distinguir a los nacidos libres de los libertos, nacidos esclavos y que habían conseguido la libertad. Los ingenuos no eran idiotas, pero tenían más fácil creer en la bondad que los libertos, con el colmillo más retorcido. 


Venda sus ideas como Steve Jobs
Aprenda cómo el expresidente de Apple, Steve Jobs, se preparaba para presentar sus ideas al público. En la versión digital de Businessweek, el presidente de Apple, reveló sus técnicas para prepararse cuando va a vender sus ideas. Unas técnicas sencillas y útiles que también le pueden servir a usted.

1. Planee sus presentaciones con papel y lápiz. Antes de crear la presentación, en un tablero, haga una lluvia de ideas de lo que va a contar. Todos los elementos de las historias que Jobs vende son premeditados, planeados y conectados antes de crear cualquier diapositiva.

2. Ponga una oración a cada idea. Piense que está creando una frase para escribir en su twitter, es decir, de máximo 140 caracteres. Un ejemplo es: “The world’s thinnest notebook” (El portátil más delgado del mundo)

3. Cree un villano. Esta figura permitirá que la audiencia gire alrededor del héroe (usted y su producto o servicio). No debe ser necesariamente su competidor, en cambio, use un problema que su producto esté solucionando.

4. Enfóquese en los beneficios. Su audiencia solamente necesita saber cómo lo que usted está ofreciendo mejora sus vidas. Cada uno de sus posibles clientes tiene unas necesidades y para usted deben ser lo más importante.

5. Presentaciones de tres partes. Según Jobs, así tenga una infinidad de cosas que decir sobre su idea, la audiencia sólo es capaz de retener tres o cuatro puntos de lo que usted diga. Diga lo más importante, pues lo demás lo olvidarán.

6. Venda sueños, no servicios. El presidente de Apple, no vende computadores, él vende la promesa de un mundo mejor. Cuando Jobs lanzó el iPod en 2001, dijo: “In our small way we’re going to make the world a better place” (De nuestra pequeña manera, haremos del mundo un lugar mejor).

7. Diseñe diapositivas visuales. En las presentaciones de Steve Jobs solo se verán fotografías e imágenes. Entre más simple la presentación, será mejor y la idea se quedará más fácil en la mente de sus posibles clientes.

8. Haga que los números se entiendan. Dentro de sus presentaciones, ponga las cifras grandes en un contexto relevante para su audiencia. Busque analogías y comparaciones para que la cifra tome relevancia para su audiencia.

9. Use términos sencillos. El lenguaje de uno de los hombres más influyente del mundo es simple. No use términos raros, sea claro y directo.

10. Practique, practique y practique. Jobs gasta horas ensayando cada fase de sus presentaciones. Piense que va a presentarse en una obra de teatro. El éxito de toda presentación depende de los esfuerzos que haga antes de hacerla.

Fuente: http://www.finanzaspersonales.com.co/trabajo-y-educacion/articulo/venda-ideas-como-steve-jobs/42407


El papá de Steve Jobs

Más de cincuenta años después de que el fundador de Apple fue dado en adopción, apareció su padre biológico. Esta es la historia de Abdulfattah 'John' Jandali, un inmigrante sirio que falló en su intento de contactar a su hijo.

Jandali nació en Siria y se trasladó a Estados Unidos en 1952.
Por esa época se enamoró de Joanne Schieble, quien quedó embarazada de Steve Jobs.

 Más de cincuenta años después de que el fundador de Apple fue dado en adopción, apareció su padre biológico. Esta es la historia de Abdulfattah 'John' Jandali, un inmigrante sirio que falló en su intento de contactar a su hijo.

A pesar de ser uno de los hombres más influyentes del mundo, Steve Jobs siempre se las arregló para mantener su vida privada alejada de la prensa. Rara vez daba entrevistas y nadie sabe a ciencia cierta cómo son sus hijos, pues en los medios no circulan imágenes de ellos. Mantuvo un perfil tan bajo que, de hecho, en una encuesta realizada por la organización Pew Research Center, solo el 41 por ciento de los estadounidenses lo identificaban como el creador de Apple.

 Como es natural, su muerte, el 5 de octubre, ha aumentado las especulaciones sobre su pasado. Aparte de las excentricidades que ya son casi leyenda, como su fama de jefe exigente o su costumbre de estacionar su Mercedes-Benz en espacios reservados para minusválidos, solo ahora empiezan a aparecer detalles de su familia biológica. Steve fue dado en adopción cuando nació y desde entonces perdió contacto con sus padres, Joanne Carole Schieble y Abdulfattah 'John' Jandali. Hace unos años, contrató a un detective privado para que diera con el paradero de su mamá y su hermana, Mona Simpson, pero jamás se preocupó por el de su papá.

 El diario The Wall Street Journal decidió ir a buscarlo y lo encontró en un casino de Reno, Nevada, donde trabaja como gerente. Era imposible no reconocerlo, pues guarda un impresionante parecido con Jobs. Hijo de una familia terrateniente, Jandali nació en 1931 en Homs, la tercera ciudad más grande de Siria. Cuando cumplió 21 años, se trasladó a Estados Unidos a cursar un doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Wisconsin, en Madison. Allí, conoció a Joanne, una estudiante de origen alemán con la que tenía planes de casarse.

 Sin embargo, el papá de ella nunca aprobó su relación. Por eso, cuando quedó embarazada la obligó a dar al niño en adopción para evitar un escándalo. Jandali asegura que ella nunca le contó y simplemente desapareció. La joven escapó a San Francisco, donde conoció a Paul y Clara Jobs, una pareja de armenios de clase media que no habían podido tener hijos. Aceptó entregarles su bebé, y aunque ninguno de los dos tenía un título profesional, le prometieron que lo matricularían en una universidad.

 Paul, un operario de máquinas que ni siquiera se había graduado del colegio, le inculcó su fascinación por los objetos electrónicos; mientras que Clara, una contadora que no alcanzó a obtener el diploma, le enseñó a leer desde muy pequeño. Pese a las dificultades económicas de la época, Steve creció en un hogar estable en Mountain View, una ciudad cercana a Palo Alto, California. Empezó a estudiar en la universidad privada de Reed College, pero no duró mucho porque la matrícula era muy cara y todavía trataba de descubrir su vocación.

 Entre tanto, Joanne regresó a Madison y, poco después, murió su padre. Eso le dejó el camino libre para casarse con Jandali, quien la animó a empezar una vida nueva en Siria. Su objetivo era trabajar como diplomático, pero las cosas no resultaron según lo planeado. Consiguió empleo en una refinería de petróleos y Joanne se devolvió a Estados Unidos, donde tuvo a Mona. Jandali regresó meses más tarde para dictar clase en diferentes universidades del país, lo que le impedía pasar tiempo con su familia. La pareja finalmente se divorció en 1960 y a partir de ese momento él perdió contacto con su hija.

 Solo se reencontraron cuando Mona ya era una exitosa escritora y Jandali, un administrador de restaurantes. Ahora son buenos amigos y se ven un par de veces al año. Ella reconoce que el fantasma del padre que la abandonó la marcó por siempre y, de hecho, en 1993 publicó The Lost Father, una novela sobre una estudiante de Medicina que busca a su progenitor.

 Pese a que ya han pasado más de cincuenta años, Jandali aún vive con remordimientos e insiste en que de haber tenido una segunda oportunidad, seguramente habría hecho las cosas distintas. Recuerda que cuando descubrió que su hijo era Steve Jobs, en 2005, todos los días veía en YouTube sus célebres presentaciones de los productos Apple. Para esa época, al genio de la tecnología le acababan de diagnosticar cáncer de páncreas, por lo que Jandali tomó la iniciativa de escribirle por correo electrónico. "No sé por qué lo hice. Supongo que fue porque me sentía mal por su salud -confesó a The Wall Street Journal-. Él tenía su vida, yo tenía la mía, y no estábamos en contacto. Si hubiéramos hablado, no sé qué le habría dicho".

 Aún así siguió insistiendo. Le enviaba mensajes cortos con un "Feliz cumpleaños" o "Espero que te mejores pronto", que Steve apenas respondía con un simple "Gracias". Jandali sostiene que recibió el último correo seis semanas antes de su muerte. Cuando Jobs anunció su retiro de la compañía, en agosto pasado, el sirio dio entrevistas a varios medios británicos tal vez con la esperanza de que este aceptara verlo para tomarse un café "antes de que fuera demasiado tarde". Sin embargo, los esfuerzos resultaron en vano y Jobs nunca le dio el chance de conocerse, como sí lo hizo con su madre biológica y su hermana.

 Steve mencionó a Joanne en el famoso discurso que pronunció en la Universidad de Stanford, en junio de 2005, y, según varios allegados, solía invitarla a las reuniones familiares. También se volvió íntimo de Mona, a quien describía como una de sus "mejores amigas". Ella llegó a conocerlo tan bien que escribió el único libro que da una idea de su verdadera personalidad bajo el título de A Regular Guy, en 1997. Por culpa de esta novela, que cuenta la historia de un empresario de Silicon Valley llamado Tom Owens, Mona y Steve tuvieron una dura pelea, pues aunque parecía ficción, era evidente que estaba basada en la vida de él.

 
El genio de Apple encontró a su hermana, la escritora Mona Simpson, con la ayuda de un detective privado.

 
Ambos se volvieron muy buenos amigos y ella escribió una novela basada en su vida,
 que cuenta su batalla para aceptar a Lisa Brennan como su hija.

La obra narra la batalla legal que Jobs enfrentó durante varios años por negar a su hija mayor, Lisa Brennan. Llegó incluso a juramentar en un documento ante la Corte que era imposible que fuera su padre porque era infértil. No pudo sostener la mentira por mucho tiempo y, al final, aceptó que Lisa había sido fruto de su relación con Chris-Ann, su novia del bachillerato. Además, la teoría quedó desvirtuada cuando Steve se casó con Laurene Powell en 1991, con quien tuvo tres hijos: Reed, de 20 años; Erin, de 16, y Eve, de 13.

 Jandali no conoce a ninguno de sus nietos y hoy lleva una vida normal en Reno. Se enteró de la muerte de Jobs porque un desconocido lo llamó a ofrecerle condolencias minutos después de que la noticia estalló en los medios. Aunque sabe que la historia pudo haber sido otra, intenta no atormentarse. Luego de firmar los papeles de divorcio con su primera esposa, se casó de nuevo, enviudó y volvió al altar en 2006. De Mona conserva sobre su escritorio un portarretratos con una foto que descargó de internet. Y de Steve tiene todas sus creaciones: un portátil Mac, un iPad y un iPhone 4.

 Fuente: http://www.semana.com/gente/papa-steve-jobs/165796-3.aspx

  

 




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   Fecha de actualización   Jueves Mayo 03, 2012 12:14 


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