|

Puntos de
quiebre: la vida de alias ‘Juanchi’
http://www.elheraldo.co/nacional/puntos-de-quiebre-la-vida-de-alias-juanchi-10747
Es una noticia insignificante, que aparece extraviada,
entre grandes titulares, en el extremo inferior de una
página congestionada, en el periódico de un día
cualquiera, de un mes cualquiera hace seis años.
“Muere
obrero al caer de construcción”, anuncia el titular,
seguido de apenas 80 palabras. Quizá para el periodismo
sea una lección de concisión. Para la muerte, en cambio,
es otra evidencia de cuán baladíes pueden llegar a ser
sus cotidianos zarpazos. Como en efecto no hay mayores
detalles, solo aprendemos que Juan Gregorio Guerrero
León, 36 años, murió al caer del sexto piso, mientras
trabajaba en una construcción en la vía 40. Lo
verdaderamente relevante, lo que haría significativa en
el tiempo a esta gacetilla de cumplimiento, está en el
último párrafo: el obrero deja cinco hijos.
Uno de esos cinco hijos
está hoy en los periódicos esposado, mientras mira como
si no quisiera mirar, con ojos de rata asustada, a la
sociedad, bajo grandes titulares, en calidad de
coprotagonista de la hirviente noticia de la semana. En
la audiencia inicial, el jueves pasado por la mañana, es
presentado como Juan Carlos Guerra Silva, alias Juanchi,
uno de los dos forajidos que en la madrugada del
miércoles mataron a la turista española Irene Cortés
Lucas en la Plaza de la Cerveza, el hecho que en un
principio avergonzó a Barranquilla en pleno precarnaval
y que luego derivó hacia un encendido intercambio de
acusaciones por larga distancia, el viudo de la víctima
en una orilla, una vociferante familia de gitanos
malagueños, en la otra.
La granja de los sicarios,
donde el futuro constituye privilegio de pocos, es el
sector de la ciudad en que la sociedad ve sembrar a sus
malhechores. Los niños a los que en esta tarde de marzo
del 2011 vemos corretear de un lado para otro, gozando
jubilosos con juguetes hechizos, están en el almácigo
perverso de una huerta fatal. Alguien los está
cultivando con esmero. Antes de la adolescencia, muy
seguramente serán trasplantados fríamente a la tierra
abonada del vicio y pronto se convertirán en plantas
adultas, que atracarán cristianos desprevenidos en las
calles del barrio, asaltarán buses, robarán todo lo que
encuentren mal puesto, y —con el suficiente arrojo y la
dosis indicada de drogas— se trasladarán como especies
carnívoras a los sectores de la ciudad afortunada, donde
más brillan las luminarias, donde los celulares son de
mejor marca y los bolsos, acaso con un golpe de suerte
—como el de Irene Cortés Lucas — estén repletos de
fabulosos papeles llamados “euros”.
El sobrenombre de Juanchi
no fue siempre el alias perverso que el mundo ahora
recibe con horror. “Así lo llamamos desde niño”, cuenta
un familiar. Fue siempre un infante silencioso y
taciturno, mucho menos activo y locuaz que esos que
ahora vemos jugar en el crepúsculo luminoso de marzo.
Suponen quienes lo conocen que fue el más afectado de
los cinco hermanos cuando se produjo la separación de
sus padres. ¿Por qué se separaron? Nadie quiere
contarlo. El hecho es que el padre —siempre un hombre
laborioso hasta el mismo día en que cayó desnucado
mientras pintaba con carburo la fachada de una bodega—
se quedó con las tres hijas, y la madre se quedó con
Juan Carlos y su hermano. En casa del padre nada faltó
jamás. Juan Gregorio se le medía a cualquier oficio,
procuraba por los tres hijos de los que se
responsabilizó, y aunque era parco para dar consejos,
encarnaba un ejemplo que hoy le agradecen: poco trago,
leche y pan oportunos, y la convicción aplicada de que
sus pequeños no pasarían hambre.
Murió cuando Juanchi, mal
criado por su madre, iniciaba el tránsito azaroso por la
pubertad y emprendía una inestable carrera escolar.
Odiaba el estudio y hasta cuarto de bachillerato, cuando
finalmente decidió no volver a las aulas, estuvo en por
lo menos cuatro colegios diferentes. De la madre pocos
quieren hablar. En sus declaraciones iniciales, Juanchi
alcanzó a decir entre dientes que ella “salía de noche”,
pero calló de inmediato – como siempre ha callado – y
dejó la versión inconclusa y en el aire, como para que
los investigadores sacaran sus conclusiones. El caso es
que a principios de 2010, en un arranque de año que para
la disfuncional familia estuvo también ambientado con la
armonía desafinada de Carnaval y tragedia, ella murió
por complicaciones asociadas con el VIH.
Quien me está
suministrando toda la información es un pariente
preocupado. Esa persona me advierte que no puede ser
identificada, porque corre peligro. No estoy autorizado
para revelar si es hombre o mujer, viejo o joven. Solo
digo que relata la vida perdida de este jovencito con
una voz apagada, casi inaudible, en el interior de un
vehículo oscuro, cuando ya el sol vespertino le ha
entregado su lugar a las sombras. Estamos muy cerca de
los sectores de El taconazo y Cuchilla de Villate, quizá
la zona más caliente de la ciudad. Me cuenta que hace
seis meses tuvieron la primera evidencia de que Juanchi
andaba en malos pasos, luego de que una noche, en un
parque, durante una requisa de oficio, la policía le
hallara una navaja en el bolsillo. Tiempo después, una
amiga de la casa llegó despavorida a contar que Juanchi
la había atracado a ella y a una amiga a plena luz del
día. ¿Cómo se forjó la vida de uno de los dos jovencitos
que en la madrugada del miércoles asesinaron a una
exconvicta española? Todo comenzó en la granja del
crimen, uno de los sectores donde el delito se cultiva
con esmero.
Las alarmas se
encendieron. Los familiares le suplicaron al joven que
regresara al colegio, pero no quiso. Lograron que un
pariente, dueño de un carro de mula, le diera trabajo
como ayudante y Juanchi lo hizo solamente durante unos
cuántos días, hasta que terminó abandonando el oficio.
Ahora reflexiono, mientras
mi fuente habla con voz queda aunque decidida. Veo
tantos puntos de quiebre, tantos “hubieras” en la vida
de este jovencito: si sus padres le hubieran dado un
hogar estable; si su padre no hubiera muerto; si su
madre le hubiera dado un buen ejemplo; si algún colegio
lo hubiera entusiasmado…
Pero el verdadero gran
momento llega hace quince días. Preocupados por el curso
que llevaba la vida del muchacho, sus parientes hacen
una gran apuesta. Hablan con un primo, soldado, para que
lo presente ante el Ejército, a ver si una carrera de
soldado logra enderezar lo que ya parece torcido para
siempre. Para regocijo de todos, Juanchi acepta
presentarse. Parece arrepentido. Una pequeña y frágil
luz brilla para todos en la disgregada familia: quizá su
innata ferocidad del barrio pueda canalizarse en favor
del exterminio de la guerrilla. El primer paso es
sacarle al joven su cédula de ciudadanía, requisito
indispensable. Tan pronto llegan a la Registraduría
presentan el registro civil. Las irregularidades son
evidentes. Juanchi dice que nació el 26 de marzo, pero
en el documento reza que fue el 24 de julio. Al
verificar el número del registro, la Registraduría
concluye que corresponde a otra persona, en un pueblo
del Tolima. Los trámites sugeridos parecen imposibles de
cumplir. El entusiasmo por el Ejército se apaga.
Juanchi queda entonces a
merced del aparato criminal del bajo mundo. Sólo él,
dentro de un calabozo de la Cárcel Modelo, sabe qué pasó
en estos 15 días, el encuentro con Brayan Darío Blanco
Escorcia, la obtención del revólver calibre 32, la
ingestión del cóctel maldito de marihuana con el
tranquilizante Rivotril, el recorrido siniestro que –
ahora lo vemos en el video – deja más dudas que certezas
y una vendetta de gitanos en desarrollo.
Cinco horas después del
crimen, al filo de las siete de la mañana, cuando ya
Brayan Darío Blanco ha sido detenido en flagrancia y
Juanchi es el hombre más buscado de la ciudad, surge un
hecho que hasta ahora no se ha revelado y que podría ser
pieza clave en la investigación. A esa hora, cuando ya
el sol había asomado y las emisoras dan cuenta del
crimen de la turista española, dos hombres irrumpen con
violencia en la casa de Juanchi. En el sector se les
conoce como Luchito y el Mono Babillo. Son los
jardineros de la huerta sicarial en aquella Mesopotamia
del crimen. Preguntan por el arma y el dinero robado. Al
final dejan un mensaje para Juanchi. O aparece, o se
muere. Un investigador me explica. Son forajidos de
mayor nivel. Usan a los menores para cometer atracos,
les proporcionan el arma, les reciben todo lo robado, y
solo les dejan para comprar droga.
A lo largo del día
miércoles, entonces, Juanchi es objeto de una doble
cacería: la de la Policía, que lo busca como el chico
“más malo que la maldad” que disparó contra la turista,
y la de los dos cultores de la perversión, los mismos
que han sido vistos atracando a sangre y fuego a plena
luz en sectores transitados del barrio. Una hermana, de
las que fue criada por el padre, estudiante de
contabilidad, pregunta por él entre sus amigos. Pronto
le dicen dónde está escondido, muy cerca a la pendiente
que es hoy un cementerio de casas, el legado de un
trágico invierno. Lo encuentra entre un solar enmontado,
como un animal sucio y sudoroso. Ella le habla. Le dice
que entre dos caminos, el que conduce al hospital y el
que conduce a la cárcel, es mejor el segundo. El destino
ha hecho lo suyo con esta familia dividida. Aunque
asustado, Juanchi acepta reunirse con los
investigadores.
La hermana concierta
entonces una cita, ese mismo miércoles por la noche, en
casa de un familiar. Impedidos legalmente para
capturarlo, por no cumplirse el requisito de la
flagrancia, los policías lo persuaden. Ya en el video ha
quedado claro que no fue él quien disparó. Al
presentarse ante el Juez 7 Municipal, Juanchi confiesa
todo y termina vinculado al caso como coautor. Con los
beneficios a que se ha hecho acreedor, pagará 17 años,
acaso la mitad que Brayan.
Esa misma noche sucede lo
que 15 días atrás le hubiera podido cambiar el rumbo a
esta historia. La justicia se encarga de entregarle de
inmediato una cédula a Juanchi para que pueda ser
procesado. Ahora no sólo es un árbol oficialmente
torcido. También un delincuente cedulado.
Por Ernesto McCausland
Sojo
http://www.elheraldo.co/nacional/puntos-de-quiebre-la-vida-de-alias-juanchi-10747

|