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¿A dónde van a parar los celulares
robados?
Los tres millones de celulares
robados en 2010 en Colombia terminaron en complejas
redes
internacionales.
El aparato más popular en
Colombia es el que más se roban: en el país hay cerca de
45 millones de
celulares
y solo el año pasado se llevaron tres millones. Nada de
raro, pues, que el delito más denunciado en el país sea
el hurto de teléfonos móviles.
Nueve de cada diez
colombianos tienen uno: hay registrados 44.725.636
usuarios activos de líneas celulares, según el más
reciente reporte de la Superintendencia de Industria y
Comercio (SIC), que tiene datos del último trimestre de
2010.
Pero esta abultada cifra
tiene una paradójica contrapartida: según estimativos de
la Policía, solo el año pasado fueron robados tres
millones de celulares, y este delito ocupa de lejos el
primer lugar entre los más denunciados. El negocio
criminal es tan sustancioso como sofisticado.
Cerca del 40 por ciento de
esos hurtos ocurrieron en Bogotá, y el delito ha crecido
de manera acelerada. El más reciente informe conocido de
la Asociación de Empresas de Telefonía Celular (Asocel)
dice que en 2009 fueron robados 2,1 millones de móviles,
cifra que, de acuerdo con los registros policiales,
aumentó en 900.000 para 2010.
La dimensión de este
delito ha causado un impacto directo sobre la percepción
de inseguridad, y no solo en la capital. Son varias, y
muy diversas, las razones que explican por qué hoy día
el robo de celulares se ha convertido en una rentable
industria ilegal transnacional para los delincuentes.
Un primer factor tiene que
ver con un vacío en la legislación penal. Una persona
capturada en flagrancia por la Policía robando un
celular no pasa más de 24 horas detenida, en el mejor de
los casos. En el proyecto del nuevo Código de Policía,
en discusión en el Congreso, se propone castigarlo con
una pena de seis meses de prisión. Mientras eso ocurre,
la Policía y los ladrones juegan al gato y al ratón, y
los delincuentes llevan las de ganar, pues no existe un
factor disuasivo, como la cárcel, que los obligue a
desistir, o por lo menos a pensar el raponazo dos veces.
Las millonarias cifras que
mueve el negocio han convertido a esta actividad en una
verdadera mafia con grandes márgenes de utilidad. Un
BlackBerry comprado legalmente cuesta alrededor de
700.000 pesos. El ladrón, en cambio, lo vende en los
diferentes sitios de acopio, los cuales son bastante
conocidos en todas las ciudades del país, por un precio
que va de los 50.000 a los 80.000 pesos. Ese mismo
aparato es revendido por cerca de 300.000 pesos, lo cual
le da un margen de ganancia al vendedor ilegal de 400 o
500 por ciento.
Una vez el cliente reporta
a su operador el robo, en teoría el aparato es
bloqueado. Incluso, desde hace dos años, por disposición
de la Superintendencia, las empresas de celulares deben
intercambiar entre sí los datos de los móviles hurtados,
para evitar que sean nuevamente activados en una empresa
distinta. Sin embargo, por solo 10.000 pesos y mediante
un programa de Internet, el vendedor del celular robado
abre las bandas y vuelve a funcionar.
Como con algunos teléfonos
no es posible realizar esta operación, el negocio pasa
las fronteras. Esos celulares que en Colombia no se
pueden poner a funcionar son enviados en grandes
cantidades a mercados clandestinos en Ecuador y
Venezuela, principalmente, en donde si pueden ser
activados. A su vez, de esos países llegan al mercado
colombiano millares de celulares robados para recibir el
mismo procedimiento en el país.
Lo grave es que el asunto
no parece tener solución a corto plazo, pues es un
negocio en el que muchos ganan, no hay castigo y el
único que pierde es el dueño del aparato.

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