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Se están
robando el país
Hoy es casi imposible ganar un contrato con el Estado en
forma honesta. Los carruseles de contratistas se tomaron
a Colombia.
La
corrupción ha existido siempre. Pero nunca antes el país
había estado tan aterrado como hoy por el calibre de los
escándalos y el tamaño de la 'mordida' de los recursos
públicos. La situación es tan dramática que aquella
frase del entonces presidente Julio César Turbay, tan
criticada en su momento, de que había que llevar la
corrupción a sus justas proporciones, comienza a parecer
una de las más lúcidas de la historia.
Los columnistas están
perplejos. Daniel Samper Pizano, quien desde hace 35
años les ha seguido el rastro a los escándalos del país,
escribió: "Sospecho cada vez con más firmeza que la
corrupción se chupó a este país, sobre todo ante los
escándalos de los últimos días". Y Alfonso Gómez Méndez,
quien como fiscal, procurador general y cabeza de uno de
los principales bufetes de abogados ha sido testigo de
excepción, nota el cambio: "Hoy se presentan, en forma
alarmante, dos 'modalidades' de impunidad (…) los
implicados no solo se pasean orondos e impúdicos, sino
que hasta osan erigirse como 'líderes de opinión' y
censores morales".
Lo que está ocurriendo es
muy preocupante. La más reciente encuesta de Gallup
muestra cómo 63 de cada 100 colombianos creen que en
materia de corrupción las cosas van por mal camino. Esta
percepción negativa se disparó en los últimos meses,
porque comenzaron a destaparse las ollas podridas del
gobierno anterior y del cartel de la contratación en
Bogotá. A eso se suma un estudio publicado hace poco por
el prestigioso semanario The Economist que no deja muy
bien parada a Colombia. De ocho países estudiados, este
quedó como el segundo en materia de fraude y una gran
mayoría de los ejecutivos encuestados en Colombia -el 88
por ciento en comparación con el promedio de 73 por
ciento- dijeron que la exposición de su empresa a fraude
se está incrementando.
¿Qué está pasando ahora?
¿Qué lo hace distinto a lo que ocurría antes? Tal vez la
gran diferencia es que mientras antes en Colombia se
hablaba de personas o funcionarios corruptos, hoy la
corrupción dejó de ser un asunto de individuos y parece
estar convirtiéndose en una institución endémica y de
cubrimiento nacional. En Colombia descubrieron la
fórmula para saquear de manera sistemática al Estado, y
lo más preocupante es que este no parece haber
encontrado la fórmula para contener el desangre.
La circunstancia de que el escándalo de la contratación
haya tocado a la familia del alcalde de Bogotá ha hecho
que la corrupción tome visos de espectacularidad
mediática. Pero en el fondo, lo que ha permitido también
es sacar a flote unas prácticas que ya se habían tomado
todo el país.
Si el caso de Bogotá se
pudiera poner bajo un microscopio, sería el espécimen
más interesante para entender cómo se ha incrustado en
el Estado esta nueva ola de carteles. De un lado están
contratistas, como los primos Nule, que se han
convertido en el paradigma del descalabro. El país
descubrió estupefacto cómo estos tres jóvenes llegaron a
acumular más de 160 contratos en todo el territorio
nacional, por más de dos billones de pesos, en un
aparente emporio que era, en realidad, apenas una frágil
pirámide. Pero hay de muchos otros estilos, como Julio
Gómez y Emilio Tapia, que pasaron en un abrir y cerrar
de ojos de andar rebuscándose la vida en los barrios de
Bogotá o en pueblos como Sahagún a ser parte del
exclusivo club de los que viajan en jet privado.
De otro lado están las
autoridades, que en teoría son las llamadas a ejercer el
control, pero en la práctica, como lo demostró el
procurador al destituir al contralor distrital, Miguel
Ángel Moralesrussi, no ejercen el control para preservar
los dineros públicos, sino para presionar a los
contratistas a que les paguen la 'mordida'. En cuanto al
personero, Francisco Rojas Birry, está envuelto en un
escándalo desde el día uno de su administración y ahí
sigue.
Y ahora el turno en la
Procuraduría es para Iván Moreno, el hermano del
alcalde. Todos los días se destapa una nueva ficha y se
va armando un perverso rompecabezas.
Por eso no es extraño que
en Bogotá se dé una paradoja que deja cierto sabor de
prácticas mafiosas. Los únicos funcionarios con
credenciales como técnicos de talla internacional en el
gabinete eran los hasta hace unos meses secretarios de
Hacienda, Juan Ricardo Ortega, y de Planeación, María
Camila Uribe, y curiosamente eran ellos los únicos a los
que el Concejo acosaba con debates de control político y
a los que la Personería y la Contraloría amenazaban con
investigaciones.
Y si en lo local llueve,
en lo nacional no escampa. Nunca antes un gobierno había
encontrado tantos escándalos acallados y a punto de
estallar. No se habían completado cien días del gobierno
de Juan Manuel Santos y ya se habían destapado nueve
ollas podridas dejadas por el gobierno de Álvaro Uribe
en el Banco Agrario, en la Dian, en el Incoder, en
Estupefacientes, en la Superintendencia de Notariado y
Registro, entre otros. Las alarmas se dispararon otra
vez la semana pasada. El presidente Santos advirtió que
se entregaron 150.000 hectáreas de tierras en forma
irregular y fue gráfico a la hora de retratar el grado
de corrupción: "Ponemos el dedo en cualquiera de las
oficinas de registro y sale pus".
El Congreso de la
República, por su parte, aún no se sacude del marasmo en
el que quedó por cuenta de que uno de cada tres de sus
senadores fue salpicado por el escándalo de la
parapolítica. Y la justicia también ha sido protagonista
de los casos de desfalco más aberrantes del país. El más
reciente es el de los magistrados de la Sala
Disciplinaria del Consejo de la Judicatura -denunciado
por esta revista hace dos semanas- que dan 'palomitas'
de unos cuantos meses para elevar las mesadas de
pensiones a sumas multimillonarias.
Pero el de los magistrados
no es el único carrusel de pensiones. Primero fue el
caso de Foncolpuertos, que comenzó en 1991 y le ha
costado al erario 2,3 billones de pesos. Después el de
Cajanal, que empezó con una tutela en 2002 y le costó al
país 600.000 millones de pesos. Y finalmente el de las
pensiones de Telecom, que comenzó con una tutela en 2008
y por el cual el Estado podría llegar a perder 650.000
millones de pesos. Esa plata, con la que se habrían
podido construir tres troncales de TransMilenio en
Bogotá, va a parar al bolsillo de un puñado de
exempleados de las empresas, abogados y funcionarios
judiciales sin escrúpulos.
Ese sistema muy bien
aceitado de corrupción, que recorre las venas de todo el
país, hace que las cifras sean cada día más pavorosas.
Hay 37.000 funcionarios investigados por la Procuraduría
y el 70 por ciento de ellos es por corrupción. El
procurador Alejandro Ordóñez ha dicho que 32
gobernadores están siendo investigados y ya hay varios
destituidos y suspendidos. El auditor Iván Darío Gómez
Lee anota que la Contraloría indaga la pérdida de
recursos de cerca de 42 billones de pesos en procesos de
responsabilidad fiscal, y las cifras de recuperación de
estos recursos no alcanzan el 1 por ciento del monto de
los hallazgos fiscales.
¿Cómo se llegó a este
punto? ¿Cómo pudieron los contratistas hacer esta
captura del Estado?
Hay quienes consideran que todo empezó gracias a dos
cambios en la arquitectura del Estado: la elección
popular de alcaldes y la reforma a las regalías. Por un
lado, se abrió la puerta para crear cientos de feudos
autónomos, en los cuales el alcalde funge como rey, sin
tener que responder a gobernador y presidente como
antes; y por el otro lado, se les llenaron las arcas con
recursos de regalías, salud y educación, por los cuales
tampoco, en la práctica, dan cuentas a nadie.
Pero la elección popular
de alcaldes no es el problema. El detonante de la
corrupción a gran escala está en la manera como operan
las campañas políticas. SEMANA encontró que en esa
conclusión coinciden, curiosamente, dos extremos
opuestos: un contratista especializado en el sistema del
'serrucho' y de las 'mordidas', que habló con esta
revista (vea testimonio en la página 28), y uno de los
más afamados teóricos de la democracia en el mundo, el
italiano Giovanni Sartori.
Mientras el contratista
dice: "Todo empieza en la campaña electoral. Los
contratistas financian a los candidatos y hay
contratistas que terminan sometiendo al elegido",
Sartori, hablando sobre la corrupción en América Latina,
advertía que, "en algunos países, el costo de la
política se ha vuelto demencial", y proponía como
remedio "abaratar la política".
En Colombia, además, hay agravantes: el narcotráfico,
que a punta de terror hizo creer a muchos que era mejor
someterse a un esquema de ilegalidad y corrupción;
grupos armados, como la guerrilla y los paramilitares,
que se inventaron todo tipo de argucias para desfalcar
al Estado y dejaron sembrada esa funesta práctica en
cientos de municipios del país, y bastante culpa le cae
a la reelección, que hipotecó inmensos recursos públicos
y clientelas.
De la era de Uribe, a
manera de ejemplo, quedaron dos herencias terribles en
esta materia. En primer lugar, una reforma que se hizo
en 2007 a la Ley 80 de contratación, que les da gabelas
insólitas a los contratistas -permite, en ciertos casos,
contratación directa y a las concesiones se les puede
dar una prórroga de hasta el 60 por ciento del tiempo-.
Gracias a esa reforma, por ejemplo, en los últimos años
se firmaron concesiones con privados para construir
carreteras por seis billones de pesos y luego se
hicieron escandalosas adiciones por 6,5 billones de
pesos sobre los mismos contratos. El gobierno terminó
entregando a dedo una cifra astronómica.
En segundo lugar, en ese
gobierno se pusieron de moda las vigencias futuras, que
dejan un mal sabor de exceso de entrega de contratos:
Uribe dejó 26,4 billones de pesos amarrados a pagos
futuros, y en los departamentos y municipios hay
vigencias futuras por 14,5 billones de pesos.
En un foro sobre
transparencia en la contratación en una de las ciudades
del Caribe, un señor, ya entrado en años, pidió la
palabra y dijo: "Doctor, es que la corrupción es un mal
que nace, se reproduce, pero no muere… se transforma". Y
el auditor contestó: "Y se sofistica". Aquí la discusión
no es si hay corrupción o no. Es más bien si el país
está dispuesto a seguir tolerando ese tsunami de
podredumbre. O dicho de otra forma, si el anhelo que
tenía el ex presidente Turbay se convierte hoy en un
sueño nacional.
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