El
fin
de
una
era
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Qué
significa
para
el
país
la
no
reelección
del
presidente
Uribe.
Hace
muchos
años
no
había
habido
una
noticia
que
produjera
tanta
conmoción
entre
los
colombianos.
Los
nueve
magistrados
tenían
al
país
en
vilo
y en
sus
manos
la
decisión
más
difícil
que
haya
enfrentado
la
Corte
Constitucional
desde
que
fue
creada
en
1991:
darle
vía
libre
a la
reelección
de
Uribe
o
cerrarle
el
camino
al
presidente
más
popular
de
la
historia
reciente
de
Colombia.
Hasta
el
viernes
en
la
tarde,
cuando
finalmente
hubo
humo
blanco
y la
Corte
declaró
inexequible
el
referendo,
el
país
vivió
momentos
de
expectativa,
tensión
y
nerviosismo.
Las
salas
de
redacción
hervían
en
chismes
y
filtraciones,
los
candidatos
preparaban
diversos
comunicados,
y la
sintonía
de
las
emisoras
de
noticias
se
disparó
en
todo
el
país.
Era
como
la
gran
final
de
la
política
colombiana.
El
resultado:
7-2.
La expectativa y el bullicio se justificaban
plenamente porque el fallo de la Corte tiene profundas consecuencias
políticas. El destino de las próximas décadas habría sido diferente
si la Corte hubiera avalado el referendo. Con Uribe en el ruedo
electoral las campañas de los demás candidatos eran invisibles y la
elección de mayo habría sido un simple trámite para corroborar el
favoritismo del presidente-candidato. Algo así como el gran torero
vitoreado en la plaza salpicada de pañuelos mientras nadie en la
galería daba cuenta de los mozos de espadas.
Ya sin el gran torero, la corrida cambió. Y los colombianos podrán
presenciar la campaña política más emocionante de la historia. Se
inició una competencia inédita entre cinco aspirantes: Juan Manuel
Santos, Sergio Fajardo, Gustavo Petro, Rafael Pardo, Germán Vargas
Lleras, y quienes resulten triunfadores en las consultas del
conservatismo y de los verdes: Uribito y Noemí, quienes encabezan
las encuestas en las toldas azules, y los 'tres tenores' en la
orilla de los verdes: Peñalosa, Mockus y Lucho.
Se inicia, en fin, una campaña inédita por el número de candidatos
con opción de triunfar, por su final impredecible, y por el alto
grado de competencia. En principio, los candidatos uribistas zarpan
con el viento a favor y desde ya se atisba un intenso pulso entre
los aspirantes gobiernistas por ganarse la credibilidad como
sucesores legítimos. Será una lucha nunca antes vista, en la que el
continuismo es rentable y en la que la clave definitiva será la
capacidad del Presidente de endosar su magnetismo -y sus votos- a
alguno de sus más conspicuos mariscales. Pero, en materia de
endosos, en política no hay nada escrito: Uribe se la jugó por el
referendo en 2003, y lo perdió, y se la volvió a jugar por los
candidatos Juan Lozano y Enrique Peñalosa en las elecciones a la
Alcaldía de Bogotá que perdieron con Luis Eduardo Garzón y con
Samuel Moreno, del Polo Democrático. Frente a tanto suspenso, la
campaña que se avecina está como para alquilar balcón.
Un legado profundo
Más allá de la campaña electoral, la política colombiana después de
los ocho años de la presidencia de Álvaro Uribe no volverá a ser
como antes. Uribe ha sido el más popular de los mandatarios y el que
más tiempo ha gobernado en toda la historia del país. Su conexión
con la gente ha sido fluida y ha sido el líder que las mayorías
consideran su mejor vocero y representante. Su estilo de trabajador
incansable, su lenguaje de prócer, su compromiso con el país, su
manipulación de los medios y su calculado manejo de imagen lo
convirtieron en el rey Midas de las encuestas. Los colombianos, que
se habían acostumbrado a vituperar a sus presidentes, sobre todo en
el ocaso de sus gobiernos, perciben a Uribe al final de su segundo
mandato como un líder casi paternal, explicación que no está sólo en
sus resultados sino en sus virtudes caudillistas.
Para bien o para mal, Uribe cambió el paradigma de la política en el
país. La forma como obtuvo su primera victoria en 2002 y el estilo
con que gobernó desde la Casa de Nariño introdujeron cambios que no
serán fácilmente reversibles. Algunos son positivos y otros han
tenido consecuencias institucionales peligrosas y negativas. Lo
cierto es que dos cuatrienios uribistas terminaron de sepultar la
cultura política de la generación que se educó bajo los parámetros
del Frente Nacional. Uribe volvió pedazos los conciliábulos que
decidían todo en las altas esferas políticas y a puerta cerrada,
agotó a los partidos tradicionales y renovó las formas de
comunicación entre el gobernante y los ciudadanos. Su estilo
frentero volvió rentable la confrontación en las encuestas y enterró
la herencia de la conciliación permanente, de las actitudes de
gobiernos pusilánimes, y de las supuestas bondades de las decisiones
tomadas para quedar bien con todo el mundo. Pero ese carácter
frentero también refleja una visión ideológica maniqueísta, que no
soporta la crítica ni los disensos, y que en muchas ocasiones
terminó estigmatizando a varios sectores de la sociedad, como
políticos de oposición, periodistas o defensores de los derechos
humanos, que tuvieron que padecer su furia y los riegos de la
satanización presidencial.
Uribe ha sido la versión colombiana del caudillismo que está de moda
en América Latina y en especial en los países andinos. Igual que en
otros momentos históricos, el fenómeno a la colombiana fue moderado
y civilista si se le compara con el de otras latitudes. Como, por
ejemplo, el caso de Venezuela, donde el autoritarismo
presidencialista de Hugo Chávez ha erosionado el equilibrio de
poderes, ha ahorcado la libertad de prensa y ha acabado con la
autonomía de instituciones en todas las ramas del poder público.
Uribe, en cambio, ha sido un líder fuerte que se hizo reelegir una
vez -y lo intentó una segunda- pero por la vía de la
institucionalidad.
Sólo ahora se sabrá hasta dónde llegó el daño que vaticinaron los
críticos de la primera reelección sobre la tradicional fortaleza
institucional de Colombia. Entre ellos, que el precedente de
modificar las reglas del juego para quedarse en el poder abriría un
boquete que permitiría en el futuro un gobierno arbitrario y
abusivo. La verdad es que con la decisión de la Corte Constitucional
se debilitaron los argumentos más pesimistas. Hace algunos meses la
mayoría de los columnistas y analistas señalaban que la Corte
-varios de cuyos miembros fueron elegidos bajo la égida del actual
gobierno- no tendría independencia para fallar en contra de la
reelección. Con lo ocurrido el viernes, Colombia les mandó un
mensaje a sus ciudadanos y al mundo: que sus instituciones están por
encima de las aventuras personalistas y del espejismo de las
mayorías pero, sobre todo, que sus instituciones se siguen
fortaleciendo a pesar de la ya larga historia de violencia que ha
tratado de desestabilizar la democracia. El país salió de la lista
de las repúblicas bananeras con reelecciones excesivas e ingresó a
la de los países serios que encabezan Chile y Brasil, cuyos
presidentes aún muy populares como Michelle Bachelet y Luiz Inácio
Lula da Silva, no se aferraron a sus cargos. Los defensores de la
tesis de que Colombia sobresale en América Latina por ser un país de
instituciones sólidas tienen, una vez más, la historia a su favor.
La sombra de Uribe
Lo anterior no significa que con el relevo de Uribe, el próximo 7 de
agosto, se superen plenamente los riesgos generados por su
permanencia en el poder durante ocho años y de haber reformado la
Constitución con nombre propio. El primer examen será la campaña
electoral que se llevará a cabo bajo la sombra de Uribe. La
popularidad del Presidente y la simpatía que genera su estilo
incentivarán en los candidatos a sucederlo la necesidad de imitarlo.
No será rentable plantear cambios de rumbo ni actitudes que puedan
ser macartizadas por el mandatario y por sus seguidores como
sinónimos de debilidad o posiciones pusilánimes. Las encuestas
indican que las mayorías quieren continuar la dirección que impuso
el actual gobierno, especialmente en materia de seguridad
democrática, pero en otros aspectos se requieren grandes ajustes e
ideas frescas. La gran pregunta es si la presencia de Uribe tras
bambalinas impedirá una competencia libre y abierta.
En alguna medida, todo dependerá de la respuesta del propio
Presidente. La personalidad avasalladora, el férreo carácter
político y la convicción profunda de que el país necesita continuar
sus estrategias -así como la evidente desconfianza que siente hacia
los otros candidatos- se convertirán en tentaciones permanentes de
influir en la batalla electoral y ayudarles a sus dos alfiles más
cercanos, Juan Manuel Santos y Andrés Felipe Arias. Si la
candidatura del Presidente generaba inquietudes sobre el equilibrio
de las garantías para los representantes de la oposición, su deseo
de ayudarles a sus discípulos con el pretexto de que la no
continuidad de sus ideas provocaría una hecatombe también abre
grandes interrogantes.
Conocido el temperamento político del Presidente, no resulta difícil
prever que le costará trabajo asumir un papel discreto y prudente
durante la campaña. Y sin embargo, su comportamiento en los próximos
días será fundamental para que el fallo de la Corte se pueda
asimilar en forma tranquila y civilizada. Para nadie es un secreto
que la mayoría de los electores quería votar por Uribe, y que ese
fantasma va a afectar a los demás aspirantes pues tendrán que luchar
contra la idea de que al candidato de sus preferencias no le
permitieron participar en la contienda. Un manejo imprudente de esta
realidad podría afectar la legitimidad misma de quien asuma la
Presidencia el 7 de agosto.
Uribe, además, ha personificado durante sus dos mandatos la
derechización del país. Ya cuesta recordar que en elecciones
anteriores a las de 2002 los candidatos luchaban por ganar la
credibilidad del electorado sobre sus posibilidades de lograr
acuerdos con la guerrilla. Desde que asumió Uribe, el mandato de los
gobernantes ya no es firmar la paz sino ganar la guerra. Luego de la
catástrofe del Caguán, el actual Presidente puso el tema de
seguridad en el tope de las prioridades y contagió a la mayoría de
sus gobernados con el discurso de mano dura. La actitud firme hacia
las Farc posiblemente habría sido adoptada por cualquier mandatario
después del fracaso de la negociación en el gobierno de Andrés
Pastrana. Pero Uribe fue más lejos: asumió posiciones doctrinarias
conservadoras en el manejo de la autoridad y el orden, en pro
empresarial de la economía, en la alineación sin matices a Estados
Unidos y a la controvertida agenda de George W. Bush, en la
penalización de la dosis personal, y en la subordinación tácita del
Estado a la religión, entre otros.
Se podría discutir si el gobierno de Álvaro Uribe interpretó un
conservatismo latente y no expresado de la opinión pública, o si
lideró su puesta en vigencia, o si la derechización del país obedece
más a la violencia de las Farc. Pero lo que es un hecho es que la
campaña presidencial se librará en el centro-derecha del campo, y
que no será muy popular para los candidatos presentar opciones muy
audaces ni muy de izquierda. La continuidad que quiere el electorado
está, por el momento, muy ligada a la persona y al estilo de Álvaro
Uribe. Lo paradójico es que varios de los grandes desafíos del país
requieren políticas cuyos postulados están en el liberalismo o en el
centro-izquierda como la lucha contra la pobreza y desigualdad, el
desempleo o la problemática de la tierra. Para no hablar de temas
que no tienen tinte ideológico y que han sido el gran talón de
Aquiles del gobierno de Uribe como la infraestructura o la lucha
contra la corrupción y la politiquería. El desafío para los
candidatos de la oposición es formular nuevas propuestas que vayan a
los problemas de fondo sin proyectar la imagen de que profanaran el
legado uribista.
La otra gran pregunta tiene que ver con el sistema de partidos
políticos. El abanico actual -la U, Cambio Radical, Polo
Democrático, Partido Conservador y liberalismo como actores
principales- es el resultado del tsunami que le introdujo a la
política el triunfo arrasador de Uribe como candidato independiente
en 2002. ¿Se mantendrá el mismo esquema en el futuro? Las señales
son por ahora ambiguas: mientras el éxito de Sergio Fajardo en las
encuestas fortalece la tesis de que los colombianos quieren figuras
carismáticas y atractivas más que proyectos partidistas, en el otro
lado de la moneda el Partido Conservador ha adquirido un inusitado
dinamismo y en el liberalismo hay señales de que su clase política
se podría reunificar, en el mediano plazo, al no existir la división
que produjo Uribe en los últimos años. Finalmente, nadie sabe qué
pasará con la coalición uribista sin la perspectiva de que su gran
jefe ya no va a estar.
Uribismo sin Uribe
Finalmente, el propio presidente Álvaro Uribe tiene la sartén por el
mango en lo que se refiere a la definición del futuro político de
Colombia. Las últimas semanas han sido las más difíciles de su
presidencia. La avalancha de críticas contra la reforma a la salud,
la detención de su primo y senador Mario Uribe y la caída del
referendo han constituido una penosa cadena de malas noticias.
Algunas encuestas concluían que si el referendo se hubiera realizado
su aprobación no estaba asegurada y que si Uribe hubiera podido ser
candidato eventualmente habría tenido que ir a una segunda vuelta.
¿Cómo actuará ahora el Presidente para superar el momento difícil y
hacer viable su innegable intención de asegurar la vigencia de sus
proyectos? ¿Qué estará dispuesto a hacer para darle vida al uribismo
sin Uribe?
Las respuestas serán relevantes durante la campaña, pero también
después del 7 de agosto. ¿Dejará espacios a su sucesor o utilizará
su popularidad para montarle una especie de espada de Damocles? Así
como Uribe ha sido un presidente que rompió paradigmas de la
política e innovó el estilo de gobernar, seguramente será un ex
presidente muy distinto a sus antecesores. A sus 58 años tiene
tiempo, vitalidad y popularidad para mantenerse activo e influir en
la vida pública. Nunca ha dejado de ser un luchador y nunca dejará
de serlo. Su adicción al poder y su vocación política obligan a
descartar que será un "mueble viejo", como definía Alfonso López
Michelsen la función de los ex mandatarios. Y mucho menos será un
Belisario Betancur, que se recluyó en la cultura y la poesía desde
que salió de la Casa de Nariño en 1986. El propio Uribe ha dicho que
le servirá al país "desde cualquier posición y hasta el último día"
y sus amigos más cercanos no descartan que busque algún cargo de
elección. Ya la Corte Constitucional descartó la posibilidad de que
vuelva a la Presidencia, así que tendrá que ser una elección local o
regional.
La gran pregunta ahora es qué será del uribismo sin Uribe. ¿Serán
leales todos sus candidatos? ¿Sacrificarán su propia identidad a
favor de su ex jefe? ¿Seguirán a su líder una vez deje la
Presidencia? Nadie puede saberlo. Lo cierto es que así como Uribe
cambió en Colombia la forma de llegar al poder también puede cambiar
la forma de dejarlo.