Bomba
de
tiempo
semana.com
Cada
vez
se
está
hablando
más
de
una
posible
guerra
con
Venezuela.
¿Cómo
se
llegó
a
semejante
insensatez?
¿Guerra
con
Venezuela?
Hasta
hace
muy
poco
esa
noción
era
totalmente
absurda
para
cualquier
colombiano.
Un
conflicto
armado
con
un
país
hermano
con
el
cual
se
tiene
una
dependencia
comercial
y
vínculos
históricos
que
datan
desde
la
independencia,
no
tiene
ni
pies
ni
cabeza.
Sin
embargo,
al
comenzar
2010
ese
imposible
comienza
a
ser
objeto
de
discusión.
Y
sin
que
nadie
entienda
muy
bien
por
qué,
en
los
últimos
días
se
está
hablando
más
y
más
de
guerra.
El
tema
ha
sido
tratado
por
columnistas
como
Enrique
Santos,
León
Valencia,
Alejandro
Reyes,
Alejandro
Gaviria
y
Saúl
Hernández.
Y
esto
para
no
mencionar
que
Jaime
Bayly
en
su
programa
de
despedida
de
fin
de
año
manifestó
que
no
descartaba
un
episodio
bélico
entre
los
dos
países
este
año,
pronóstico
que
había
hecho,
según
Alejandro
Gaviria,
el
prestigioso
periodista
norteamericano
Jon
Lee
Anderson
como
conclusión
de
una
extensa
charla
que
sostuvo,
hace
algún
tiempo,
con
Hugo
Chávez.
En Colombia hay un desconcierto de cómo se pudo haber
llegado a semejante insensatez. Las interpretaciones sobre el tema
varían. Algunos creen que Hugo Chávez es un paranoico con delirio de
persecución. Otros creen que es un megalómano con delirio de
grandeza. Y una tercera interpretación ha sido que está invocando
una retórica anti colombianista como una cortina de humo para
distraer a los venezolanos de los enormes problemas que está
produciendo la revolución bolivariana.
Este último argumento, por más que muchos lo esgriman en Colombia,
hay que descartarlo de plano. Lo único que no quieren los
venezolanos, ahora que no tienen ni leche, ni huevos, ni luz, ni
agua, ni seguridad en las calles es una guerra externa. Así lo
registra categóricamente el ex canciller venezolano Simón Alberto
Consalvi en una columna publicada en El Espectador el miércoles
pasado. Por el contrario, agrega que las continuas amenazas bélicas
de Chávez de prender los Sukhoi o cosas de esa naturaleza lo único
que hacen es aumentar su desprestigio. Por lo tanto hay que centrar
el debate en los otros dos rasgos que se le atribuyen a la
personalidad del presidente de Venezuela: su paranoia y su delirio
de grandeza.
El primer interrogante es si Chávez está loco o no. Según Néstor
Marchant, presidente de la Asociación Argentina de Siquiatras, en
entrevista con La Noche, el Presidente de Venezuela "no es un
alienado mental. Que se hace el loco, sí, se hace el loco, pero no
entra en la categoría de alienado mental. Donde sí entra es en la
sicopatía de los trastornos suaves o graves de la personalidad".
Uno de estos últimos rasgos sin duda alguna es la paranoia. Esto
significa que efectivamente Chávez cree que Estados Unidos piensa
atacarlo utilizando como plataforma a Colombia, país que sería
cómplice en ese operativo. Este raciocinio evidentemente es absurdo.
En Colombia a nadie se le ha pasado por la imaginación atacar a
Venezuela ni servir como punto de lanza para que lo haga alguna
potencia. Además, como se ha dicho hasta la saciedad, si los Estados
Unidos decidieran actuar militarmente contra Venezuela, no
necesitarían pasar por Colombia. Tienen la cuarta flota en el Caribe
y bases militares más cerca en Curazao y Miami, donde opera el
Comando Sur.
Por otra parte, la guerra verbal de Chávez contra Estados Unidos
tiene más de retórica que de acción. Venezuela no podría sobrevivir
económicamente sin venderle su petróleo a ese país pues es petróleo
de alta densidad, con azufre, que solamente puede ser refinado en
Estados Unidos. Este último, por su parte, necesita el petróleo de
Chávez pues representa el ocho por ciento de su consumo, volumen que
no es nada despreciable para la mayor potencia económica del
planeta. Por lo tanto, a pesar de toda la carreta contra el imperio,
la verdad es que Chávez y Obama no se pisan las mangueras, pues cada
uno necesita del otro.
Otro elemento que va en contra de las teorías paranoicas de Chávez
es el reemplazo en Estados Unidos de George W. Bush por Barack Obama.
El primero sí encarnaba el imperialismo yanqui capaz de cualquier
cosa en una supuesta cruzada contra el terrorismo. Esa política
aparentemente fracasó y dejó a Estados Unidos enredado en guerras no
ganables y sin salida tanto en Irak como en Afganistán, lo cual
equivale a dos Vietnams simultáneos. Y como si fuera poco, como esas
invasiones han exacerbado el extremismo islámico, han desembocado en
una guerra santa contra occidente cuyo epicentro se ha desplazado a
Yemen, país donde ahora le tocará a Washington también intervenir
para tratar de neutralizar a Al-Qaeda. Ante esa nueva realidad, que
tiene comprometidas todas las energías y recursos de la
administración Obama, lo único que no le interesa a ésta es abrir un
cuarto frente en su patio trasero de consecuencias imprevisibles.
Además, en el país del Tío Sam, Chávez es considerado más un
caudillo de república bananera con una tuerca suelta que un peligro
para la seguridad nacional de lo que él llama el 'imperio'.
En aras de la verdad, hay que reconocer que si bien una intervención
yanqui en la actualidad es muy improbable, en el pasado esto no era
así. Estados Unidos una y otra vez había actuado política, económica
o militarmente cuando en el continente se presentaban brotes de
rebeldía como los de Chávez. Así sucedió con Bahía de Cochinos, con
el derrocamiento de Arbenz en Guatemala, con el de Allende en Chile,
con la invasión a Granada y con el golpe a Noriega. Sin embargo,
esto sucedía cuando Estados Unidos era de verdad un imperio y estaba
la amenaza del comunismo como telón de fondo.
Hoy el muro de Berlín se cayó, la Guerra Fría se acabó y el
comunismo dejó de ser una opción viable. Por lo tanto, así como la
guerra contra Al-Qaeda está vigente, la guerra contra el socialismo
bolivariano no lo está. Para que se arme un conflicto de verdad
entre Estados Unidos y Venezuela se requeriría que a Chávez le diera
por desarrollar energía nuclear con la ayuda de Irán.
Descartado el ataque de Estados Unidos o Colombia a Venezuela, queda
por definirse si es posible que Venezuela ataque a Colombia. Es en
este aspecto donde entra en juego la megalomanía y el delirio de
grandeza que caracterizan a Hugo Chávez. No hay duda de que su
proyecto de revolución bolivariana es expansionista. Con su chequera
se ha armado hasta los dientes al invertir más de 5.000 millones de
dólares en aviones, submarinos, tanques y cuanto hay, con la teórica
disculpa de que son exclusivamente para la defensa de la revolución
bolivariana. Sin embargo, la historia ha demostrado que con
frecuencia cuando se compra tanto se acaba por usarlo. Y como
invasión yanqui no va a haber, el único blanco posible en esa
eventualidad sería Colombia, pues ni Brasil ni la Guyana están en la
mira.
Con esa misma chequera ya colonizó a Bolivia y a Nicaragua y
neutralizó a muchos países del continente que si bien no lo siguen
abiertamente tampoco están dispuestos a criticarlo. Recientemente
perdió la batalla de Honduras y Ecuador pasó de incondicional a
simpatizante.
Pero estos reveses no significan que el proyecto de imponer el
socialismo del siglo XXI en Latinoamérica haya sido archivado.
Chávez se considera la reencarnación de Bolívar y su teatro de
acción no es un país sino un continente. Como afirma el politólogo
Alejandro Reyes "la revolución bolivariana es la guerra personal y
unilateral de Hugo Chávez para liberar a América Latina de la
tiranía de las oligarquías lacayas de Estados Unidos... Su obsesión
es encabezar la segunda independencia de América Latina...". Y el
mayor obstáculo que tiene en la actualidad la realización de ese
sueño es Colombia. Según Fernando Ochoa Antich, ex ministro de
Defensa de Venezuela, controlar a Colombia tendría un "particular
significado para la Revolución Bolivariana, ya que le permitiría
consolidar un espacio geopolítico en América Latina, de vital
importancia para su proyecto ideológico, y fortalecer la capacidad
de acción del régimen chavista en el continente y en el mundo". El
gobierno de centro-derecha de Álvaro Uribe y su alianza con Estados
Unidos constituyen la mayor alternativa al socialismo chavista. Por
eso es que lo tiene en la mira.
Pero detrás de esta actitud hay otras consideraciones. En Venezuela
desde siempre ha existido una gran sensibilidad frente al territorio
y las fronteras. Mientras que Colombia no tiene heridas en el alma y
existe tal indiferencia e ignorancia que el tema es manejado por
especialistas en la cancillería, en Venezuela es objeto de
conciencia nacional y todos los libros de historia con que estudian
los niños de ese país incluyen el concepto de territorios en
disputa.
El argumento también ha sido apropiado por varios personajes, como
Rafael Caldera, que lo han tomado como caballo de batalla para
adelantar su carrera política. A los vecinos les duele profundamente
la pérdida del territorio de Guyana Esequiba y aún no se reponen de
lo acontecido con el Tratado Pombo- Michelena, firmado en 1833. Este
tratado, suscrito después de que se disolvió la Gran Colombia, le
otorgaba pedazos de La Guajira, Arauca y Vichada a Venezuela. Pero
no fue aceptado por el gobierno de Venezuela, que pretendía aún más,
y no tuvo vigencia. Años después, la reina María Cristina de España
resolvió la discusión al establecer nuevos límites, más favorables
para Colombia. Pero sin duda, es un asunto sensible que se evidencia
hasta en la Constitución venezolana donde históricamente se
especifica que los límites del país corresponden a los de la
Capitanía General de Venezuela de 1811, territorio distinto al que
se le reconoce actualmente. Incluso, existe un sentimiento
irredentista en materia territorial.
Que el gobierno venezolano ha contemplado la posibilidad de un
conflicto armado con Colombia, ya sea por razones defensivas o de
conquista territorial, no hay la menor duda. El propio Chávez se la
pasa arengando a sus generales para tal eventualidad. Y existen
entrenamientos militares basados en una posible invasión a Colombia.
El Plan Guaicaipuro, que es uno de estos escenarios preparados por
el ejército bolivariano, contempla un proyecto conjunto para atacar
a Colombia desde tres países simultáneamente: Venezuela, Ecuador y
Nicaragua. El primero entraría por La Guajira, Ecuador por el sur y
Nicaragua por el Caribe con el objetivo de hacer un cerco sobre
Bogotá. Las Farc, por su parte, conformarían un gobierno provisional
y se abriría camino a la revolución continental.
En la simulación no se le ponen nombres concretos a los países, pero
es evidente por los mapas y por la descripción de cuáles se trata.
Hasta hace poco, el Plan Guaicaipuro estaba colgado en Internet pero
dada la delicadeza del asunto fue retirado hace poco. Además las
circunstancias han cambiado, y hoy Ecuador no es considerado un
aliado militar automático de Venezuela.
En todo caso, aunque todos los países tienen entrenamientos
militares con escenarios hipotéticos, este plan es mucho más
concreto, agresivo y preocupante que cualquier juego de guerra que
haya podido ser elaborado por el gobierno colombiano. Sobre todo si
se tiene en cuenta que Hugo Chávez ya en el pasado demostró que es
capaz de recurrir a las vías de hecho, como lo hizo al intentar el
golpe de Estado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, que
desembocó en 50 muertos y en su carcelazo. Ese antecedente es una
clara ilustración de que a Chávez no le tiembla la mano.
Por todo lo anterior el gobierno colombiano, que durante algunos
años creía que perro que ladra no muerde, comenzó a contemplar la
posibilidad de que mordiera. Este nuevo escenario dejaba sólo dos
alternativas: o entrar en una carrera armamentista o fortalecer la
alianza con los Estados Unidos. Teniendo en cuenta que el gobierno
esta librando una guerra interna contra los grupos subversivos, se
optó por lo segundo. Ese es el origen de la decisión de tener
presencia norteamericana en siete bases militares colombianas.
El acuerdo, en el fondo, es simbólico y carece de toda importancia
militar. El número total de soldados gringos acordado entre los dos
países en el pasado se sigue manteniendo en 800, pero ni siquiera se
va a llegar a ese tope. Esta cifra es irrisoria si se piensa que
Estados Unidos tiene bases militares en múltiples países como
Grecia, Italia y Alemania, donde el número de soldados
norteamericanos oscila entre 10.000 y 60.000 en este último. En
ninguno de esos países se ha dicho que se ha sacrificado la
soberanía nacional ni que se le ha entregado el territorio al
imperio.
Por mala comunicación de parte del gobierno y por estar el país en
época electoral, el debate sobre este tema se ha distorsionado. Esto
ha dado pie para que se haya interpretado como una invitación al
ejército yanqui lo que no era más que la actualización de un acuerdo
militar ya existente. Obviamente, el gobierno de Uribe señala que
esa actualización era necesaria para combatir la guerrilla y el
narcotráfico. Eso no es mentira, pero la verdad es que sólo es la
mitad de la historia. La otra mitad, la que no se reconoce
públicamente, es que se trata de un mecanismo de disuasión frente a
cualquier locura de Chávez. Eso ya lo sabe éste, y por eso es que
está 'cargado de tigre'.
Sin embargo, disuasión no es agresión. Y esos soldados no tienen
como objetivo ni atacar a Chávez ni servir como punta de lanza para
que el imperio lo haga. Su única función es dejar claro que el que
bombardee esas bases y mate soldados norteamericanos se está
metiendo con el gobierno de Estados Unidos.
Aun así, las posibilidades de una guerra entre Colombia y Venezuela
son remotas. El 80 por ciento de los venezolanos, según las últimas
encuestas, considera esa opción totalmente absurda. Los militares
tampoco la quieren; con Chávez están cogobernando y controlan la
economía del país. Eso ha disparado la corrupción y para cualquier
coronel es mucho mejor enriquecerse que ir a la guerra. Guerra que,
entre otras, podría terminar por tumbar a Chávez, como le sucedió a
Leopoldo Galtieri en Argentina cuando invadió las Malvinas
declarándole la guerra de facto a Inglaterra, o a Saddam Hussein
cuando desafió al Tío Sam.
Otro problema que tendría Chávez si declara la guerra es que no es
muy claro cuál sería su objetivo. Podría invocar una reivindicación
territorial de La Guajira basada en frustraciones históricas, pero
muchos países en el mundo albergan sentimientos de esta naturaleza y
no se les ocurre arreglar el problema a bala. Los mexicanos
perdieron California y Texas con Estados Unidos y aunque no les
gusta, ya es una realidad superada. Lo mismo le sucedió a Ecuador
con las zonas amazónicas que hoy son de Perú, o a Bolivia cuando
perdió su acceso al mar por cuenta de la guerra del Pacífico contra
Chile, a Guatemala con Belice, o sin ir más lejos a Colombia con
Panamá. En cuestiones fronterizas generalmente se aplica el adagio
del mundo de los negocios, que es mejor un mal arreglo que un buen
pleito.
Como la reivindicación territorial es poco probable, el único
objetivo que podría tener Chávez es pensar que el gobierno
colombiano, manejando guerras simultáneas contra las Farc y contra
Venezuela, podría caerse y ser reemplazado por un gobierno de
Alfonso Cano y el 'Mono Jojoy'. No hay duda de que eso es lo que le
gustaría, y su simpatía con las Farc después de la aparición del
computador de 'Raúl Reyes', dejó de ser objeto de duda.
Sin embargo, un triunfo guerrillero como el de Fidel Castro en Cuba
en 1959 sería una fantasía comparable solamente a la película
Avatar. Por lo tanto, si no se va a poder quedar con La Guajira y no
va a poder llevar a las Farc a la Casa de Nariño, no se entiende muy
bien a qué aspira Chávez. No existe ningún argumento racional para
declarar una guerra a Colombia. Lo grave es que muchas de las
guerras que se han declarado en la historia no han sido racionales.
Y eso es lo verdaderamente preocupante.