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Intolerancia
Cada día más, el colombiano soluciona sus conflictos a
bala, a puñal y a pico de botella. ¿Qué nos pasa?
Un hombre coge a balazos una buseta porque obstruye su
paso cuando para a dejar un pasajero. Los hijos de un
exmilitar y de un expolicía tienen un altercado después
de una fiesta, que termina con la muerte a puñaladas de
uno de ellos. Un estudiante acuchilla a otro hasta la
muerte porque le dio un cigarrillo a su novia. Lo que
empieza como una pelea por una toalla termina con un
hombre muerto de cuatro tiros en un sauna. Este es
apenas un puñado del sinnúmero de episodios que han
ocupado los titulares de los medios en Colombia en las
últimas semanas, que empiezan a generar la sensación de
que la intolerancia y la violencia reactiva o fortuita
están creciendo en el país.
No se trata de una sensación. Las cifras son dramáticas.
Hace siete años, un 10 por ciento de los homicidios
registrados por el Observatorio del Delito de la Dijín
de la Policía eran atribuidos a riñas; hoy son casi el
40 por ciento del total. En un lustro, entre 2004 y
2009, la tasa de lesiones por violencia, que compila
Medicina Legal, pasó de 200 a más de 300 por 100.000
habitantes. Nueve de cada diez lesiones personales el
año pasado fueron por riñas (en 2003, eran seis de cada
diez) y los casos de homicidios por "intolerancia
social" -una categoría introducida por el Observatorio
del Delito de la Dijín hace unos años- vienen subiendo
geométricamente desde 2007. Crecen la violencia entre
parejas y entre familiares, el maltrato infantil y
contra adultos mayores: entre 2004 y 2009, los casos de
violencia intrafamiliar saltaron de 60.000, una cifra ya
muy elevada, a cerca de 95.000.
A pesar de que, según el general Óscar Naranjo, director
de la Policía, el año pasado el país tuvo la tasa de
homicidios más baja de las últimas dos décadas, con
15.459 casos, esa medida sigue siendo una de las más
altas del continente, con 34 por 100.000 habitantes.
Aunque es lugar común decir que esto se debe a la guerra
prolongada y sangrienta -cada vez más rural- que ha
vivido el país, en términos reales los asesinatos
atribuibles directamente al conflicto armado rondan el 5
por ciento del total (832 en 2010). El resto se atribuye
al crimen organizado, desbordado en las ciudades y en
amplias regiones del país, y, de manera creciente, a un
fenómeno que, a riesgo de cierta imprecisión, se puede
nombrar con una palabra: intolerancia.
Los ciudadanos de a pie tienden a resolver hasta los más
nimios conflictos a bala, a puñal o a punta de pico de
botella. Aun sin conflicto o razón aparente, reacciones
brutales estallan y terminan con muertos y heridos.
Aunque es difícil establecer cuántos homicidios y
lesiones severas se cometen por este tipo de reacción
instintiva (Medicina Legal tiene información sobre las
circunstancias de los primeros solo en dos de cada diez
casos), la Policía dice que, en los últimos años, en
promedio, 37 por ciento de los asesinatos son producto
de venganzas personales, riñas o hechos ocasionales que
terminan en violencia.
¿Por qué?
Una pregunta que siempre ha gravitado entre los
especialistas es si, además de que los grupos armados y
el narcotráfico han tenido por décadas a medio país en
jaque, Colombia está inmersa en una cultura de la
violencia que permea la vida de toda la sociedad.
Las respuestas no son alentadoras. Si bien el crimen
organizado es una realidad en el mundo y crece
exponencialmente en América Latina, hay muestras de que
en Colombia esa cultura que genera reacciones brutales
en la vida diaria es más generalizada. Carlos Mario
Perea, director del Instituto de Estudios Políticos y
Relaciones Internacionales (Iepri) de la Universidad
Nacional, comparó el caso de ciudades colombianas con
México y Centroamérica, y encontró que mientras en estos
países el crimen organizado es responsable hasta de un
92 por ciento de las muertes, en Colombia hay mayor
participación de la sociedad en los actos de violencia,
y prácticas macabras como las limpiezas sociales han
convertido en rutinario cierto tipo de muertes, como las
de consumidores de drogas o ladronzuelos. La frase "si
lo mataron fue por algo" es un reflejo de cómo la
normalidad del homicidio y la atribución de la culpa a
la víctima -no al asesino- son peculiaridades de esta
sociedad.
"La violencia urbana no se ha estudiado a fondo en el
país", dice Perea. Hay literalmente una batalla de
cifras y un sinnúmero de estudios de percepciones de
seguridad, pero se desconocen muchos detalles sobre la
manera como matan, mueren y se agreden los colombianos.
Según el Observatorio del Delito, por ejemplo, en 2009
hubo 55.000 lesiones personales; según Medicina Legal,
serían 138.000. Distintas metodologías; diferencias
gigantescas. Se sabe por Medicina Legal que un 81 por
ciento de los crímenes se cometen con armas de fuego,
pero no es posible establecer si se trata de armas
amparadas o ilegales, pues en un 73 por ciento de los
casos se tiene un cadáver pero no se sabe nada del
hecho.
Así, la idea de que una cultura violenta se ha arraigado
entre los colombianos es compartida por muchos. El
sacerdote jesuita Horacio Arango, que estudia desde hace
años la violencia en Antioquia, dice que en Colombia no
se logró construir una ética pública fuerte, de respeto
al otro, en medio de un proceso de modernización y
urbanización acelerado, y que terminaron imponiéndose
los valores del narcotráfico, "del dinero y el poder por
encima de la vida humana".
La antropóloga María Victoria Uribe atribuye el problema
a "un conflicto prolongado con ingredientes como el
narcotráfico y el sicariato. Se ha devaluado la vida
humana". Casi todos los analistas consultados por SEMANA
ven conexiones entre la violencia organizada y
especialmente la que se ejerce con complicidad de
políticos y miembros del Estado, y la que impera entre
los ciudadanos. El mal ejemplo viene desde la cúspide:
"Qué se puede esperar del ciudadano común cuando hemos
visto un proyecto político triunfante montado sobre el
ejercicio sistemático de la muerte", señala Perea
refiriéndose a la parapolítica. El mismo análisis cabría
para los 'falsos positivos', que es tal vez el más
emblemático y brutal ejemplo de desprecio por la vida de
parte de una autoridad uniformada. "El que puede
instaurar una ética de la vida es el Estado, pero si
navega en la corrupción, es muy complicado", dice el
sacerdote Arango.
El semiólogo Armando Silva añade a este quiebre social y
moral el caos de la vida urbana. "Estamos apiñados, no
hay aire, el tráfico es complicado, eso genera rabias.
Son agentes estresantes de la acción violenta", dice.
Tan estresada vive la gente que hay actos de violencia
cotidiana que muestran que cada uno vive a su manera sus
"días de furia", como en la película protagonizada por
Michael Douglas en la que un veterano de la guerra de
Vietnam, ofuscado en un trancón, decide convertirse en
asesino sin freno por un día. Silva pone como ejemplo a
un motociclista en Barranquilla que se enojó tanto
porque un policía le pidió papeles que prefirió quemar
la moto a pagar la multa. Más que hogares, decenas de
miles de familias en Colombia parecen más bien teatros
de guerra, en los que las víctimas son los niños y las
mujeres.
El historiador Jorge Orlando Melo cree, en la línea
conceptual de la cultura ciudadana, que la explicación
reside en una combinación de factores: una sociedad mata
(o se agrede) más o menos dependiendo de las condiciones
sociales, que determinan qué tan favorable es el entorno
para el delito; de las oportunidades de beneficio que
perciben los criminales y de la fuerza de las barreras
éticas, culturales y legales frente al crimen. "La
aceptación de la violación de la ley en casos menores
facilita la aceptación de la violación más grave", dice.
En esto coincide con Mauricio García, quien ha
investigado la transgresión a las normas y ve una línea
común entre dejar caer un papel en la calle y resolver
una disputa a bala. "Hay una relación entre la facilidad
con la que se violan normas de espacio público y las
infracciones más graves. Uno de los problemas de
Colombia es que hay mucha impunidad legal, pero sobre
todo, mucha impunidad social: cuando uno critica al que
incumple la norma, le caen encima. Es tan peligrosa la
impunidad social como la penal. Hay una relación entre
ambas, entre delitos menores que nadie sanciona y que la
gente deja pasar y delitos mayores", sostiene.
Hay que incluir también en el análisis la combinación de
altos costos de acceso a la justicia y bajos costos de
cometer una agresión. Por un lado, la burocracia, la
corrupción y la lentitud en investigaciones y procesos
judiciales desaniman al ciudadano, y el temor a
retaliaciones inhibe la denuncia; por el otro, la alta
probabilidad de salir impune anima al infractor a pegar,
matar o cometer un crimen. Desempeña un papel también la
ausencia del Estado o su falta de eficacia,
especialmente la falta de acceso a la justicia. Muchos
conflictos terminan en violencia porque no hay quien
medie o sancione a tiempo a las partes enfrentadas. Eso
favorece la justicia por mano propia. Según el Centro de
Estudio y Análisis en Convivencia y Seguridad Ciudadana
de la Secretaría de Gobierno de Bogotá, un 35 por ciento
de los crímenes son por venganza, lo cual apunta a un
fracaso de las políticas de convivencia y de la justicia
para pequeñas causas.
Todos a las armas
Pero si Colombia tiene el infortunio de vivir en
perpetuos ciclos de violencias que se mezclan y crean un
explosivo coctel molotov y que son difíciles de separar
en el análisis, hay otros factores que facilitan que
cualquier malentendido pequeño termine en un homicidio o
una agresión salvaje. Uno, clave, es la proliferación de
armas de fuego. Una cosa es que una persona se salga de
casillas con otra por algo nimio como un incidente de
tránsito; otra, muy diferente, es que tenga un arma en
la guantera y, en un arranque de rabia, decida
dispararla, como ocurrió recientemente en Bogotá cuando
un escolta levantó a tiros una buseta llena de pasajeros
que le obstruía el paso.
El debate sobre si prohibir o no las armas de fuego es
espinoso. Hay experiencias contradictorias para mostrar
si portar armas incide o no en los índices de
homicidios. En Estados Unidos se atribuye a la libertad
constitucional para comprar armas, incluso de largo
alcance, que sus ciudades tengan tan altos índices de
violencia. Se calcula que 250 millones de armas son
responsables de 30.000 muertes violentas al año, entre
ellas, ocho niños cada día. Pero en sociedades
igualmente armadas, como la suiza, a pesar de que hay
más de dos millones de fusiles de asalto en las casas de
los ocho millones de habitantes del país, en promedio
hay 300 asesinatos o suicidios con ellas al año. Las
armas por sí solas no explican la violencia, sino el
tipo de sociedad en que circulan.
En Colombia hay 1,2 millones de armas con salvoconducto,
de las cuales por lo menos la mitad están en manos de la
fuerza pública y el resto, en las de particulares, y se
calcula que circulan 2,5 millones de armas ilegales.
Todas ellas producen unas 12.000 muertes al año, de las
cuales menos de una décima parte son producto del
conflicto armado. Es decir que en este país la violencia
por armas de fuego es cien veces más letal que en
Estados Unidos. Aún así han fracasado los intentos de
regular el porte de armas, con el argumento de que el
problema no son las que tienen salvoconducto, sino las
ilegales.
Los investigadores Jorge Restrepo y Édgar Villa hicieron
un estudio el año pasado para medir el impacto de la
prohibición del uso de armas en la temporada navideña de
2009, que se aplicó en 18 departamentos. La conclusión
es que se evitó un 15 por ciento de las muertes, y que
medidas como esa sí funcionan, pero de manera temporal y
unidas a una fuerte iniciativa de cultura ciudadana.
Lecciones no aprendidas
Policía y Fiscalía se han concentrado en trabajar contra
el crimen organizado. Sin embargo, está probado que una
actuación preventiva de las autoridades sí funciona para
disminuir la violencia en una ciudad. El mejor ejemplo
es la Bogotá de los años noventa. Cuando el alcalde
Antanas Mockus instauró su política de 'vida sagrada' y
su célebre 'hora zanahoria', los homicidios bajaron de
manera dramática y duradera. De 80 homicidios por
100.000 habitantes en 1993, la capital pasó a 19 en 1998
y se ha mantenido por debajo de esa cifra. Para Melo,
esto puede atribuirse a la apuesta por la cultura
ciudadana que lideró Mockus, no solo basada en campañas
simbólicas y de valores, sino en abrir oportunidades de
inclusión social para los sectores más pobres y en
instaurar el ejercicio de la legalidad, también, con
medidas de Policía y justicia.
Paul Bromberg, quien reemplazó a Mockus en la Alcaldía,
dice que un factor muy importante fue el desarme
obligado que se hizo. La combinación de pedagogía
humana, oportunidades, mano dura y cultura de la
legalidad fueron una fórmula cuya alquimia ha dado el
mayor resultado en el país y en el continente. Por eso
es inexplicable que la administración de Bogotá, como
otras y como la propia Policía, haya bajado la guardia
en el diseño de políticas de convivencia.
Un factor de fondo que puede ser parte de la explicación
-y de la solución- es, paradójicamente, la seguridad
democrática. Durante los ocho años anteriores el
gobierno nacional se concentró en el combate a los
grupos que amenazaban la democracia, como los
guerrilleros y paramilitares, pero fracasó en su intento
por contener la reproducción del crimen organizado y,
más aún, la violencia cotidiana. El acento en el combate
a los grupos armados descuidó el flanco de la seguridad
ciudadana. Varias de las cifras de violencia en las
ciudades vienen subiendo desde comienzos o mediados de
la década de 2000 y no se vio una estrategia consistente
para enfrentar el fenómeno. Esta tarea se ha dejado a
las alcaldías, pero, salvo contadas excepciones, no hay
programas fuertes de convivencia.
En muchas ciudades el énfasis se puso, y se mantiene, en
las medidas punitivas y policiales más que en las
culturales. Recientemente ha generado un agrio debate la
medida tomada por la rectora de un colegio de Bogotá,
quien decidió instalar cámaras para vigilar los
alrededores de los planteles -para evitar el
microtráfico y el matoneo, entre otras prácticas- y
monitorear así a los estudiantes (la violencia en los
colegios y entre muchachos muy jóvenes, niños en no
pocos casos, es todo un capítulo en esta historia).
Muchos expertos, como Melo, han cuestionado esta medida,
porque convierte al colegio en un panóptico y porque en
lugar de promover la educación para la libertad se basa
en el control policivo.
La Policía, aunque reconoce la alta incidencia de la
intolerancia en el universo de los crímenes que se
cometen en Colombia, también explica el aumento de
cifras de violencia como un asunto de percepción. Por un
lado, dice que la gente ahora denuncia más y, por otro,
que al bajar la intensidad del conflicto armado las
otras violencias se hacen más visibles y cobran mayor
despliegue en los medios de comunicación. Pero la
realidad es tozuda y los hechos demuestran que,
independientemente de lo que pasa en el imaginario de la
gente, muchos colombianos siguen desangrándose en la
calle por una mirada, una palabra o un error cualquiera.
Qué hacer
Que la ilegalidad y la violencia hayan calado hasta el
tuétano a la sociedad colombiana no significa que el
país esté condenado al destino de 'mataos los unos a los
otros'. El aumento de la violencia cotidiana tiene una
estrecha relación con la falta de políticas públicas
complejas y sostenidas para enfrentarla.
Todos los analistas consultados por SEMANA, desde
distintas disciplinas, coinciden en que urge una
política que apunte a reconstruir el tejido social, la
ética pública y los valores humanitarios. Es decir, que
ahora que la seguridad ciudadana está en el ojo del
huracán no basta con que se multipliquen los recursos de
Policía y Fiscalía, ni que se endurezcan las leyes.
Aunque suene muy abstracto, el ejemplo de Bogotá de
finales de los noventa es un caso paradigmático. Lo que
hizo una secuencia de varios alcaldes de la capital fue
asumir la inseguridad como un problema de toda la
administración y la seguridad como un bien público, con
implicaciones para la educación, la salud pública y la
movilidad, y no solo como un asunto criminal.
Por otra parte, hay que entender que el urbanismo y el
mobiliario también inciden en el comportamiento de la
gente. "Nos dimos cuenta de que la mayor intolerancia se
producía en zonas muy deterioradas o de nuevo
poblamiento donde había mucha precariedad", dice Álvaro
Camacho Guisado, investigador social que trabajó en
aquella época en la estrategia de convivencia de la
ciudad. Estas zonas suelen ser también de baja presencia
institucional. "Lo estético incide. Cuando la gente ve
orden en lo público, ese orden es una especie de
disuasión para conductas que violan las normas", dice
Mauricio García, poniendo como ejemplo los cambios en
ese campo que introdujo el alcalde Giuliani, de Nueva
York, que se acompañaron de una baja notable en la
criminalidad.
Otro gran componente es la cultura ciudadana, construida
no solo desde campañas pedagógicas, sino desde una
funcionalidad de las instituciones que permita reducir
los incentivos perversos para cometer delitos y aumentar
la sensación de que habrá sanciones a los que rompan lo
que Mockus llamó "el tabú de la muerte". Por último,
Bogotá se dotó de una sofisticada información sobre los
delitos que se cometen, dónde, cuándo, cómo y por qué, y
estos datos han sido definitivos para enfrentar el
problema.
La reconciliación, en su sentido más amplio, debe ser un
tema central de la política. Acompañada de medidas
prácticas, como drásticas restricciones al amparo y
porte de armas y el fortalecimiento de la justicia,
mecanismos ágiles de conciliación en conflictos de
pequeña envergadura, que son la mayoría de los que
sufren los ciudadanos del común, pueden ser, a la vez,
educativos y preventivos. La actitud de la gente frente
a la violencia es determinante no solo para evitar que
muchos carguen una pistola en el bolsillo y que la usen
en el primer arrebato de rabia, sino que puede quitar al
menos parte del piso que hoy tienen los grupos de
delincuencia organizada o bandas criminales. Como dice
García, la solución pasa por combinar la solución
moralista, la cual procura enseñar al ciudadano nociones
morales de respeto a la vida y a la ley, con la solución
represiva, que garantiza un castigo para la infracción y
reduce la impunidad.
Si algo está claro es que en lo profundo del
inconsciente colectivo de los colombianos, cada crimen
por aislado que parezca, tiene nexos profundos con una
historia de cinco décadas de degradación, mafias y
guerra. El problema está a la vista y las soluciones,
sobre el tapete. La cuestión es que las autoridades se
decidan a dar el timonazo. Mientras eso no suceda, la
ley de la selva seguirá imperando en la vida cotidiana
de los colombianos. Fuente www.semana.com
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