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Sin acomodos
Por Pedro Fernando Mercado Cepeda
La posición de la Iglesia sobre los debatidos temas del matrimonio y
de la adopción homosexual ha querido
ser
la más respetuosa de la dignidad y de los auténticos derechos de
todos los ciudadanos, sin discriminación alguna. No en vano, en
múltiples oportunidades, los obispos colombianos han condenado todo
eventual acto de maltrato social o de violencia contra las personas
homosexuales y han reafirmado el pleno reconocimiento de su igual
dignidad ante Dios y ante la ley.
Sin embargo, en no pocas ocasiones, estas manifestaciones de sincera
cercanía pastoral han sido amordazadas por el deseo de algunos de
avivar sin razón el ardor de la polémica. La Iglesia no es enemiga
de nadie: no estar de acuerdo con ciertas reivindicaciones jurídicas
no significa querer excluir o discriminar a quienes las demandan.
Como ellos mismos, en una sociedad multicultural y democrática como
la nuestra, respetuosa de la libertad de opinión, la Iglesia y sus
miembros tienen el derecho y el deber de proclamar sus valores como
contribución al bien común.
Y
es que la voz de la Católica, a la que recientemente se han unido
más de 300 líderes religiosos y más de una docena de asociaciones
civiles, no ha hecho más que reafirmar, con claridad y respeto, que
no puede constituir un verdadero matrimonio o una verdadera familia
el vínculo de dos hombres o dos mujeres y mucho menos se puede
pretender atribuir a esa unión el derecho a adoptar menores de edad.
¿Dónde está el escándalo?
Con estas afirmaciones, la Iglesia no ha pretendido imponerse con la
fuerza de sus 'mayorías'; ha querido simplemente participar en el
debate público exponiendo sus razones. Razones que no han sido
exclusivamente de orden religioso y moral: obispos y fieles han
aportado enjundiosos contenidos jurídicos, éticos, psicológicos y
sociales a la discusión.
A
decir verdad, hoy son otros quienes de facto se imponen, utilizando
la omnipotencia de sus políticas y fondos internacionales,
amparándose en el apoyo de importantes conglomerados económicos y
mediáticos, aprovechando al máximo la excesiva concentración de
poder de ciertas instituciones y el disipado criterio ético de
algunos pocos ciudadanos y partidos políticos. El resultado: un
soterrado pero muy diligente proceso de reingeniería social
tendiente a transformar, en profundidad, los valores ciudadanos,
públicos y privados.
En esta nación nuestra, los valores éticos de la mayoría de los
ciudadanos han sido progresivamente transmutados en los valores de
una selecta minoría para la cual casi todo parece ser relativo,
desde la vida humana hasta las matemáticas. Sumando, restando,
multiplicando y dividiendo las cuentas me han parecido siempre
sospechosas: 3 o 4 deciden por 45 millones. ¿Tendrá remedio este
desbarajuste?
Prefiero dejar de lado, ante la inminencia de una decisión
trascendental para el país, los guarismos y los silencios de la
política para unirme a la voz de los obispos y de millones de
compatriotas, reiterando que la naturaleza de la familia exige la
complementaria correlación biológica y afectiva de un hombre y de
una mujer. Me hago así portavoz, in extremis, no solo del Evangelio
sino de la Constitución Nacional, que, en su espíritu como en su
letra, proclama la familia, formada por varón y mujer, como núcleo
fundamental de nuestra sociedad. Portavoz de la veinteañera
Constitución, la misma que todos los colombianos, todos, estamos
llamados a respetar, acatar e interpretar sin acomodos. Oremos por
esta intención.
*
Sacerdote de la Arquidiócesis de Barranquilla
@ceiglesiaestado
http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/otroscolumnistas/sin-acomodos_10003906-4
 
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