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Al primer
damnificado los bancos no lo dejan en paz
Por Eduardo García M.
www.elheraldo.co
Antes de señalar la ruina que le dejó el devastador
invierno en su finca El Milagro, en zona rural de Suan,
Solís Tano descargó en llanto al recordar lo que fue la
empresa agropecuaria familiar, quizás la más tecnificada
del sur del Atlántico.

Un toldillo y una cama
sobre una montaña de lodo acompañan a Solís en la sala
de su casa.
Este campesino fue el
primer damnificado, vecino del boquete que rompió el
canal del Dique el pasado 30 de noviembre e inundó seis
municipios del sur: Campo de la Cruz, Manatí, Santa
Lucía, Repelón, Candelaria y los corregimientos de
Aguada de Pablo y La Peña, en Sabanalarga.
Su respiración es profunda
y mientras camina relata con voz temblosa que los bancos
no lo dejan en paz.
Desde Banagrario lo están
llamando a su celular para que firme convenios de pago
de un crédito de $28 millones que acababa de hacer, días
antes de que su finca quedara sepultada por lodo.
“Quedé con una sola vaca y
sin forma de ganarme la vida. Aquí vivíamos como unos
reyes porque las ventas semanales eran de
aproximadamente $4 millones y quedaban ganancias para
vivir dignamente”, relató el campesino.
Tano fue uno de los 92
medianos productores del Sur excluidos del Plan de
Alivio del Banagrario, toda vez que solo cobija a
quienes en ese momento tenían deudas inferiores a los
$18 millones y la de Tano supera esa cifra.
En su momento, a este
grupo el Gobierno Nacional los apoyaría con el pago del
100% de los intereses durante el primer año y con un 40%
en el segundo.
Por eso, a Solís lo martiriza pensar cómo se las
arreglará para pagar la deuda sin la venta de limones,
tomates, papayas, ajíes, guayabas y bocachicos, que
producía en su granja integral.
“De aquí sacábamos cada
semana cuatro bultos de ají que vendíamos a $200 mil
cada uno. Por teléfono recibíamos pedidos de todos los
productos”, relató.
Su esposa Yolanda Serrano
y sus hijas Sandra y Claudia se encargaban de la
comercialización en Granabastos, Barranquilla, mientras
él y sus hijos Rafael y Daniel hacían el trabajo
agropecuario.
Además le ofrecían trabajo
a otros diez labriegos del pueblo, que como muchos de la
zona rural de Suan, después de la inundación están de
brazos cruzados.
La problemática es
generalizada en la zona rural de Suan, donde, según el
funcionario de la Umata Jaime Serpa, 380 hectáreas, que
antes eran utilizadas para ganadería y pan coger, están
bajo la arena que dejó la avalancha.
La granja El Milagro de
Solís contaba con los sistemas de riego más tecnificados
de la región. Producía las últimas variedades en
semillas de frutales y hortalizas.
Este hombre de rostro
estropeado quizás por la preocupación, desde hace cuatro
meses está durmiendo sobre una montaña de lodo que quedó
en la sala de su vivienda.
Ahora reclama del Gobierno
que lo abandonó y a sus 64 años de edad sólo pide que le
condonen la deuda para volver a empezar.
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