|
El
juicio
de la
historia
www.semana.com
Álvaro
Uribe
sale
como un
grande.
El paso
del
tiempo
dirá si
quedará
en ese
lugar,
es el
colombiano
que más
tiempo
ha
gobernado
al país
y el
presidente
más
popular
Álvaro
Uribe es
el
colombiano
que
durante
más
tiempo
ha
gobernado
al país
y el
Presidente
más
popular
del
último
medio
siglo.
Esa
doble
condición
le da a
su
Presidencia
una
dimensión
que en
principio
debería
ser
suficiente
para
tener un
lugar en
la
historia.
Más aún
cuando
la
sucesión
del
gobierno
quedó en
manos de
Juan
Manuel
Santos,
quien
ganó las
elecciones
por
haber
sido
identificado
con las
banderas
uribistas.
La gran
pregunta
es si el
paso del
tiempo
será tan
benévolo
con
Uribe y
con su
gobierno
como la
evaluación
que hoy
hace la
opinión
pública.
El
balance
de un
mandatario
cuando
entrega
el poder
no
necesariamente
coincide
con el
veredicto
de la
historia.
En la
República
Liberal,
Enrique
Olaya
Herrera
terminó
su
periodo
en medio
de
manifestaciones
de
aprecio
popular
en las
calles,
mientras
que
Alfonso
López
Pumarejo
renunció
en medio
de
escándalos
y
conflictos
sociales.
En los
libros
de
historia,
sin
embargo,
Olaya
ocupa un
lugar
discreto
y a
López se
le
reconoce
como el
gran
reformador
del
siglo XX.
Hay otro
escenario
que es
el que
seguramente
le
gustaría
a Uribe.
Alberto
Lleras
salió
con un
altísimo
nivel de
popularidad
y lo ha
mantenido
hasta la
fecha.
Es
prematuro,
en
consecuencia,
anticipar
el papel
que
ocupará
Álvaro
Uribe en
la
historia
de
Colombia.
La
principal
razón de
su
popularidad
es que
para el
grueso
de la
opinión
pública
Uribe
cumplió
con lo
que
ofreció
en su
campaña:
darle
duro a
la
guerrilla.
Uribe
ganó las
elecciones
de 2002
porque
se
sintonizó
con el
sentimiento
de
frustración
que
había
generado
el
fracaso
del
experimento
del
Caguán,
que para
muchos
había
convertido
a
Colombia
en un
Estado
fallido.
La
situación
en que
se
encuentra
la
guerrilla
hoy y la
lista de
golpes
militares
de que
esta fue
objeto
en los
últimos
ocho
años son
la
prueba
para los
colombianos
de que
Uribe
hizo lo
que dijo
que iba
a hacer.
No
habría
sido
fácil en
2002
haber
imaginado
el
bombardeo
contra
Raúl
Reyes,
las
operaciones
Jaque y
Camaleón,
la
desmovilización
de miles
de
guerrilleros
y el
arrinconamiento
político
y
militar
de las
Farc. El
resultado
de esto
es que
en la
actualidad
existe
la
sensación
de que
Colombia
ha
vuelto a
ser un
Estado
viable.
Estructuró
una
política
coherente
en que
todos
los
instrumentos
del
Estado
estuvieron
en
función
de la
misma
causa:
derrotar
a las
Farc. En
lo
militar,
lo
político,
lo
económico
y lo
diplomático.
Una
tarea de
24 horas
al día y
siete
días a
la
semana,
mantenida
sin
respiro
durante
ocho
años,
que se
caracterizó
por el
empeño y
la
dedicación
obsesiva
con que
se llevó
a cabo.
Uribe
también
fue
audaz y
desafió
viejos
conceptos.
Descartó,
por
ejemplo,
la idea
de
“dialogar”
con la
guerrilla.
Y, al
contrario
de la
tradición,
su
gobierno
negoció
con los
paramilitares.
La marca
‘seguridad
democrática’
legitimó
para
Colombia
y para
la
comunidad
internacional
lo que
no es
más que
una
guerra
total,
concepto
que no
era
aceptable
sino
para la
extrema
derecha.
El gran
logro de
Álvaro
Uribe
fue
convencer
a sus
compatriotas
de que
era
falsa la
teoría
de que
ni la
guerrilla
podía
derrotar
al
Estado
ni el
Estado
podía
derrotar
a la
guerrilla.
Hoy por
hoy, los
colombianos
creen
que lo
segundo
es
posible.
La
continuidad
de la
seguridad
democrática,
por lo
tanto,
se
convirtió
en
requisito
obligatorio
para
todos
los
candidatos
de la
pasada
campaña
presidencial.
La
opinión
pública
no
pestañeó
para
reconocer
las
victorias
de Uribe
contra
las Farc,
con
resultados
tangibles
que van
desde la
posibilidad
de
volver a
transitar
carreteras
hasta la
reducción
evidente
y
palpable
de
secuestros,
homicidios
y tomas
de
poblaciones.
Estos
éxitos
militares
fueron
posibles
gracias
al
carácter
y al
estilo
de
Álvaro
Uribe:
un
presidente
que no
descansó
y
tampoco
delegó,
y que se
conectó
con las
Fuerzas
Armadas.
Uribe
ejerció
como
mariscal
de
campo.
Mandaba
a las
tropas,
fijaba
estrategias
y pedía
cuentas
en forma
directa,
no solo
a los
comandantes
sino a
los
coroneles
y
capitanes.
Paradójicamente,
esa
forma de
ejercer
el poder
se
extendió
con
menos
éxito a
otras
áreas de
la
agenda
gubernamental,
y así
como fue
un
determinante
de los
logros
en
seguridad
también
contribuyó
a crear
el gran
lunar de
su
gobierno:
la
desinstitucionalización.
El ansia
de
terminar
la tarea
contra
las Farc
–“terminar
de matar
la
culebra”–
y el
entusiasmo
que
produjeron
los
buenos
resultados
militares
en los
primeros
cuatro
años
reforzaron
en Uribe
la
convicción
mesiánica
de que
solo él
podía
comandar
la fase
final de
la
guerra y
lo
embarcaron
en los
dos
intentos
de
reelección:
uno
exitoso
en 2006
y otro
en 2010
que
fracasó.
Un
periodo
de ocho
años es
una
figura
defendible
que
existe
en
varios
países
con
regímenes
presidenciales.
Pero
aprobar
la
reelección
para
beneficiar
a quien
ejerce
el poder
es un
precedente
nefasto.
Una
característica
del país
que lo
diferenciaba
del
resto
del
continente
y le
garantizaba
respeto
en el
plano
internacional
era que
las
instituciones
estaban
por
encima
de las
personas.
El
caudillismo
personal
que
practicó
Uribe
rompió
esta
tradición
y afectó
la
estabilidad
política.
En
Colombia
el
Presidente
siempre
había
tenido
mucho
poder,
pero
nunca
tanto
como
hoy.
En los
últimos
ocho
años
tuvo
lugar un
debilitamiento
de la
rama
legislativa.
El
Congreso
se
convirtió
en un
apéndice
del
Ejecutivo.
La
presidencia
imperial
y la
microgerencia
fueron
el sello
del
gobierno
de
Uribe.
Esto,
sumado a
un
Congreso
golpeado
por el
escándalo
de la
parapolítica,
contribuyó
a
profundizar
el
desequilibrio
en el
sistema
de pesos
y
contrapesos
institucionales.
Uribe
puso en
práctica
un
esquema
de
democracia
directa
para
conectarse
con los
ciudadanos.
Prefirió
los
consejos
comunales
en vez
del
diálogo
con los
partidos
y echó
mano de
los
referendos
para
tramitar
reformas
por
fuera
del
Congreso.
Mediante
esta
figura,
en 2003
intentó
una
reforma
política
contra
la
corrupción
y la
politiquería,
y en
2009
trató de
modificar
la
prohibición
a la
segunda
reelección.
Uribe
contaba
con
amplias
mayorías
parlamentarias
que le
habrían
permitido
aprobar
cualquier
iniciativa.
Aun así,
tuvo que
dar una
batalla
voto a
voto que
incrementó
el
precio
de los
apoyos
individuales
y acabó
teniendo
que
sacar su
reelección
a la
brava,
en forma
poco
ortodoxa
(Yidis y
Teodolindo).
A pesar
de este
antecedente,
o tal
vez por
este, en
la
búsqueda
de la
segunda
reelección
optó por
una
fórmula
diferente:
acudir
al
constituyente
primario,
es
decir,
al voto
popular,
para
legitimar
una
reforma
constitucional
que para
amplios
sectores
de la
clase
dirigente
era un
atropello
contra
la
democracia.
Esta
búsqueda
de un
tercer
periodo
fue tal
vez el
mayor
error de
la era
Uribe.
El
intento
de
desinstitucionalizar
el país
nunca
había
llegado
tan
lejos.
Pero el
poder
legislativo
no fue
la única
víctima
del
gobierno
de la
seguridad
democrática.
También
lo fue
el poder
judicial.
Es
probable
que una
lectura
con
cabeza
fría
sobre el
famoso
choque
de
trenes
arroje
la
conclusión
de que
hubo
errores
en ambas
partes y
de que
nadie
puede
tirar la
primera
piedra.
Pero
habrá
que
tener en
cuenta
que la
justicia
jugó un
papel
decisivo
como
contrapeso
a la
concentración
de poder
por
parte de
Uribe:
la Corte
Constitucional
frenó la
segunda
reelección
y la
Suprema
procesó
a
congresistas
y
funcionarios
cercanos
al
gobierno,
en
especial
por sus
vínculos
con
grupos
paramilitares.
Pero
jamás se
había
visto un
conflicto
institucional
tan
profundo
y
prolongado
como el
que
sostuvieron
el
presidente
Uribe y
la Corte
Suprema
de
Justicia.
Fue una
pelea
que
sacudió
a la
democracia.
Se llegó
a
excesos
como el
espionaje
del DAS
a
magistrados
y la
negativa
de la
Corte a
elegir
Fiscal
antes de
que
terminara
este
gobierno.
Una de
las
piezas
de ese
episodio
va a
mortificar
a Uribe
durante
mucho
tiempo:
el del
papel
del DAS
para
espiar y
debilitar
a
magistrados
de la
Corte, a
miembros
de la
oposición
política
y de los
medios
de
comunicación.
Algunos
de los
pecados
que se
le
imputan
a este
gobierno
no son
más que
la
continuidad
de
prácticas
que
existían
de
tiempo
atrás
pero que
nunca
habían
sido
objeto
de
escrutinio
público.
Es una
realidad
de a
puño que
todos
los
gobiernos
han
utilizado
la
inteligencia
para
saber en
qué
andan
sus
contradictores.
Sin
embargo,
a
diferencia
del
pasado,
en esta
ocasión
se fue
más
lejos y
se llegó
a caer
en la
guerra
sucia.
Este
gobierno,
después
de
recibir
la
información
de sus
organismos
de
inteligencia,
diseñó
una
estrategia
para
desprestigiar
a
quienes
consideraba
sus
enemigos.
El
balance
del
gobierno
Uribe en
materia
de
institucionalidad,
en
síntesis,
es
negativo.
Cambiar
la
Constitución
para
quedarse
en el
poder,
debilitar
al
Congreso
y
declararle
la
guerra a
la Corte
son tres
elementos
que en
conjunto
arrojan
un
diagnóstico
grave.
Habría
que
agregar
que las
reglas
de juego
para el
ejercicio
del
gobierno
están
diseñadas
para
periodos
presidenciales
de
cuatro
años y
que con
su
extensión
a ocho,
entidades
como la
Junta
del
Banco de
la
República,
la
Fiscalía
General
de la
Nación y
la
Comisión
Nacional
de
Televisión
pierden
parte de
la
autonomía
frente
al
Ejecutivo
que los
constituyentes
de 1991
quisieron
otorgarles.
La
presidencia
de
Álvaro
Uribe
arroja
varias
paradojas.
La
contradicción
entre
los
éxitos
en
seguridad
y los
lunares
en la
defensa
de la
institucionalidad
no es la
única.
También
llama la
atención
que su
popularidad
registre
cifras
sin
antecedentes,
a pesar
de que
los
resultados
en
varios
campos
han sido
bastante
regulares.
No hay
grandes
reformas,
ni obras
monumentales,
ni
construcción
de
infraestructura,
que
tradicionalmente
eran
obras
que por
su
permanencia
y
visibilidad
movían
los
termómetros
de
aceptación
de los
colombianos
a sus
presidentes.
Las
altas
tasas de
crecimiento
económico
tampoco
se
aprovecharon
–como en
Brasil y
en
Chile–
para
corregir
sustancialmente
los
problemas
de
pobreza,
indigencia
y
desigualdad.
Las
agujas
que
marcan
un alto
apoyo a
Uribe
están
movidas
por
otras
razones.
Una de
ellas es
que el
tema de
la
fortaleza
institucional
inquieta
a un
sector
de la
clase
dirigente
que se
preocupa
por las
consecuencias
a largo
plazo.
Para la
mayoría
de la
gente
los
resultados
pesan
más que
los
procesos.
Y en
algunos
campos,
como el
de la
seguridad,
este ha
sido un
gobierno
de
resultados.
Igualmente,
desconocer
al
Congreso
y
enfrentar
a la
Corte es
sinónimo
de
autoridad,
de
decisión
y de
“actuar
con
pantalones”,
que es
lo que a
muchos
les
gusta. Y
aunque
la
historia
demuestra
que a la
larga es
conveniente
escuchar
los
reparos
de las
minorías,
en el
corto
plazo es
mucho
más
efectista
la
imagen
de que
el país
tuvo,
por fin,
un
Presidente
que no
se dejó
ni de
los
políticos,
ni de
los
periodistas,
ni de
los
críticos,
ni de
los
bandidos.
Más aún
cuando
Uribe es
reconocido
como un
gobernante
que
quiere
servir.
Pocos
conocen
la
geografía,
la
estructura
del
Estado y
el país
real
tanto
como él.
Sabe
cuántos
litros
de leche
da una
vaca,
cuántos
kilómetros
hay
entre
Montería
y
Sahagún
y el
déficit
presupuestal
del
sistema
hospitalario
del
Cauca.
Su lema
de
trabajar,
trabajar
y
trabajar
no es
ficticio.
Las
canas y
las
arrugas
que
estos
ocho
años
dejaron
en su
rostro
son
apenas
una
señal de
su
dedicación,
empeño e
intensa
labor.
Junto a
su
magnetismo
y
carisma,
los
colombianos
sintieron
a un
gobernante
cercano
y
empeñado
en
ayudarles.
Uribe
transmitía
la
impresión
de que
sentía
el dolor
de sus
compatriotas
como si
fuera
propio.
Y estos
a su vez
sentían
que
tenían
un papá
que los
entendía.
Esta
imagen
cala
porque
la
actitud
de Uribe
no es
estratégica
ni
artificial
sino
auténtica
y real.
Muchas
veces,
en los
consejos
comunales
fue más
un
vocero
de las
críticas
de la
gente
común
que un
defensor
de la
obra de
gobierno.
Otras
tantas
actuó
como
intermediario
entre
líderes
comunitarios
y
funcionarios
del
Ejecutivo,
y no
faltaron
ocasiones
en las
que
adoptó
un tono
crítico,
casi de
oposición.
Para
calificar
a Uribe
se han
utilizado
múltiples
epítetos
y
paralelos.
¿Un
caudillo
populista?
¿El
mariscal
de ‘mano
dura’
que
arrinconó
a las
Farc?
¿El
mandatario
más
preocupado
por los
resultados
que por
los
derechos
humanos?
Mientras
unos lo
tildaron
como el
autócrata
que se
pasó por
la faja
las
instituciones,
otros lo
consideraron
como el
salvador
de la
democracia.
Ahora
que está
de moda
hablar
de
centenarios,
nadie
sabe
cuál de
estas
dos
versiones
será la
que se
imponga
en 100
años.
Mientras
la
historia
saca sus
conclusiones,
es justo
reconocer
que es
un
hombre
de una
gran
personalidad
que puso
la vara
muy alta
a sus
sucesores
en tres
aspectos:
seguridad,
capacidad
de
trabajo
y
conocimiento
del
Estado.
Aunque
decir
que
partió
en dos
la
historia
del país
sería
una
frase
trillada
y un
lugar
común,
no hay
duda de
que es
una
realidad
en lo
que se
refiere
al
conflicto
interno.
Acabó
con el
mito de
la
invencibilidad
de las
Farc, y
eso no
es poca
cosa.
Obviamente
no todo
es tan
bueno.
Muchos
de los
grandes
problemas
del país
como la
pobreza,
el
desempleo
y la
desigualdad
aún
subsisten.
Sin
embargo,
se han
sentado
la bases
para el
despegue
económico
que se
anticipa
en esta
década.
Eso es
lo que
hereda
Juan
Manuel
Santos.
|